Josefa Ortiz de Dominguez fue uno de los personajes claves en el movimiento independentista de México; toda su vida mostró una gran fortaleza y amor por su país.

Una vez consumada la independencia, se negó a recibir cualquier recompensa por su contribución a la causa libertaria y murió en la pobreza en su casa de la calle El Carmen número 5, en pleno centro histórico de la Ciudad de México, un inmueble que hoy permanece en el olvido.

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A pesar de ser un inmueble con valor histórico y estar dentro del catálogo de la Coordinación Nacional de Monumentos Históricos tiene la categoría de Inmueble civil, por lo que tiene uso de casa- habitación o comercial.

Su deteriorada fachada muestra una placa conmemorativa que, además, tiene un error en la fecha de la muerte de Doña Josefa, pues ella murió el 2 de marzo de 1829, y la placa dice 3 de mayo.

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En el marco del Día de la Independencia recordamos la última morada de esta heroína que quizá pocos conozcan, incluso cuando hayan pasado frente a ella o comprado en alguno de los locales que la ocupan.


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De acuerdo con, Ruth Ortíz Ramírez, historiadora y conservadora de Patrimonio Arquitectónico, el Centro Histórico está declarado como zona de monumentos históricos, dentro del cual existe un polígono de resguardo que consiste de 10 kilómetros cuadrados. 

Para que un inmueble pueda convertirse en un monumento histórico debe tener un valor excepcional, y parte de los beneficios es precisamente la conservación del mismo.

El 11 de diciembre de 1987, el Centro Histórico y la zona lacustre de Xochimilco lograron ser aceptadas ante la UNESCO en la lista del patrimonio mundial.

De esta manera, los inmuebles principalmente en el Centro Histórico, tienen una relevancia dentro de nuestra riqueza cultural, por lo que conservarlos es primordial y recordar que las calles y rincones nos revelan e invitan a fortalecer parte de nuestra historia.

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Parte de la historia 

Doña Josefa y su esposo, Miguel Domínguez, más tarde regidor de Querétaro, tomaron parte en las juntas donde se conspiraba a favor de la independencia del país. 

Sin embargo, el corregidor recibió órdenes de aprehender a los conspiradores, así que para "resguardar a su esposa" la encerró en su habitación. Ella se valió de todos los medios para comunicarse con uno de los simpatizantes del movimiento, quien, sin demora, se trasladó a San Miguel el Grande y más tarde a Dolores, para comunicar al cura don Miguel Hidalgo y al Capitán Ignacio Allende, lo que sucedía en Querétaro. Debido a estas noticias, ambos caudillos decidieron iniciar allí mismo la guerra en favor de la independencia.


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El virrey mandó aprehender a doña Josefa y, con grandes precauciones, la encerró, primero en el Convento de Santa Teresa la Antigua, de la Ciudad de México, y después en el de Santa Catalina de Siena. Una vez consumada la independencia, se negó a recibir cualquier recompensa por su contribución a la causa libertaria.

Poco antes de su muerte, la Corregidora había recibido a un lego franciscano en su hogar, el cual tenía la intención de que la corregidora asistiera al acto de confesión, suceso que tomó como presagio de su pronta partida al considerarlo un llamado divino. Por esto, poco antes de la pleuresía que la invadió, decidió visitar a sus más allegados para despedirse. 

Falleció el 2 de marzo en 1829. Sus restos fueron sepultados en el Convento de Santa Catalina, de donde fueron exhumados, con grandes honores, y trasladados a Querétaro, cuyo Gobierno la declaró Benemérita del Estado.



**Con información de Biografías de Mexicanos Distinguidos, Plan Integral de Manejo del Centro Histórico de la Ciudad de México 2017-2022 y SECRETARIA DE CULTURA.- INAH.



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