Personas en situación de calle, en el olvido aun después de la muerte

25 octubre 2017 9:45 pm

Ser una persona en situación de calle significa vivir y morir en el olvido. Las estadísticas señalan que 90% de quienes por necesidad o decisión adoptaron las calles de la Ciudad de México como su última morada, van a dar a la fosa común o a las escuelas de medicina.

De acuerdo con Luis Enrique Hernández, director de la fundación El Caracol –la cual se dedica a ayudar a las personas que habitan las calles–, la principal razón es que estas personas no son identificadas cuando llegan al Ministerio Público (MP),  pues carecen de documentos personales.

El procedimiento del MP es dar un plazo de 21 días para que se reclame el cuerpo, pero pasado ese tiempo, su destino es la fosa común o alguna escuela de medicina, si el fallecido no está involucrado en una investigación judicial.

Es decir, si su deceso no se debe a un homicidio o si fuera provocado por alguna enfermedad infecciosa que pueda poner en riesgo a alumnos o personal de las escuelas de medicina.

Hernández informó que 41% de las personas que murieron de 2014 a 2015 en las calles son objeto de estudio en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), 31% en el Instituto Politécnico Nacional (IPN), 17% a la fosa común y el resto fueron identificados.

Considera que al morir, la población en situación de calle no debe ser objeto de estudio en contra de su voluntad porque ya “fueron maltratados en vida”.

El Caracol ayuda a los jóvenes y adultos que viven en la calle a recuperar los cuerpos de sus amigos cuando así lo solicitan; para ello, le garantizan al Ministerio Público que los restos serán sepultados; aun así, las autoridades pueden negarse.

“De ser así, nos toca pedir apoyo a la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF) para que intervenga. Pero si el cuerpo ya llegó a la fosa, el proceso para sacarlo se complica: nos cuesta alrededor de 16 o 20 mil pesos”, explicó su presidente, Luis Enrique Hernández.

Diego Pineda, encargado del anfiteatro de la Facultad de Medicina de la UNAM, comentó para esta casa editorial que desconocía la cifra exacta de personas en situación de calle que llegan ahí.

Sin embargo, detalló que la Ley General de Salud establece que los cuerpos no reclamados después de 21 días podrán ser llevados a instituciones públicas de educación.

Aclaró que en caso de que el cuerpo sea reconocido cuando ya esté en la UNAM, la familia hace el trámite correspondiente con el Ministerio Público y éste debe entregarlo.

En la página del Programa de Donación de Cuerpos de la Máxima Casa de Estudios se menciona que cuando los cuerpos llegan son congelados durante 10 días, después sometidos a un proceso de preservación y al cumplirse los fines científicos, los cuerpos son llevados a la fosa común.

Miles en la calle

En la Ciudad de México viven alrededor de cuatro mil 354 personas en situación de calle, según el último censo de la Secretaría de Desarrollo Social (Sedeso), y dos mil 400 personas radican en centros de asistencia pública y particular.

Las delegaciones que concentran a este tipo de población son: Cuauhtémoc, Venustiano Carranza y Gustavo A. Madero, siendo el corredor más importante La Villa, Centro y La Merced.

Existen 100 puntos de alta concentración (conformados por más de cinco personas) y 346 puntos de baja concentración. El  87% son hombres y 13% mujeres, 38.6% no son originarias de la capital, mientras que 2.8% son extranjeros de Honduras y El Salvador.

Crean conciencia antes del Chiras pelas

La asociación El Caracol promueve campañas de identificación para las poblaciones callejeras que llegan a sus instalaciones con la finalidad de que puedan acceder a sus derechos como ciudadanos mexicanos.

El personal de la organización, en una labor casi de gestores, ayuda a tramitar actas de nacimiento, CURPS, INE y demás documento oficiales con la finalidad de darles certeza jurídica.

De acuerdo con Hernández, este trabajo no es fácil; las personas que llegan con ellos en muchas ocasiones desconfían o creen que serán juzgadas, por lo cual, dan nombres falsos o sólo sus alias.

Sin embargo, tratan de atenderlos y ayudarlos explicándoles la importancia de tener una identidad.

Otra de las acciones es concientizar de la muerte en personas en situación de calle a través de la campaña Chiras pelas, calacas flacas. Por medio del juego de canicas se trata de sensibilizar a este sector de la población sobre el tema.

Gracias a esa dinámica, logran recabar información acerca de las muertes en las calles: cuántos vieron fallecer; a cuántos subieron en una patrulla y no regresaron o simplemente desaparecieron.

La mayoría de los decesos en las calles son excesivamente prevenibles, esto quiere decir que son causas o padecimientos para los cuales ya hay una infraestructura para atenderos en casos como los de anemia, baja de potasio, atropellamientos, etcétera.

El Caracol  también ayuda a la regeneración, integración y formación de la vida independiente de quienes no cuentan con un hogar.

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La reinserción, proceso difícil

Susana González y La Sin Nombre, como prefirió ser llamada, son dos mujeres de más de 30 años, ambas con cinco hijos, y estuvieron gran parte de su vida sin hogar, por eso ahora se esfuerzan para evitar que sus vástagos padezcan lo mismo.

La Sin Nombre relató que el padre de su hijo de un año “está en su desmadre” y con el apoyo de su nueva pareja trata de sacarlo adelante.

Tiene ganas de trabajar y estudiar, aunque no sabe qué, pero afirma que quiere algo mejor que ofrecerle a su familia.

Ella estuvo cerca de 21 años en las calles y fue hasta hace poco más de un año que decidió ir a  la asociación civil para cambiar su situación.

La ayudaron a dejar de drogarse y también para que saliera del hospital sin que le quitaran a su hijo, pues relató que, cuando dio a luz, en el nosocomio no le querían entregar al niño debido a su aspecto.

Reconoció que a veces quiere regresar a las calles, por costumbre, porque es lo único que hizo desde que era menor: es su entorno, único que conoce.

Quiere volver a vender cosas en el Metro o hacer el faquir (personas que se acuestan en vidrio y se lastiman esperando que los espectadores les den dinero), pues son las actividades con las que obtenía recursos para vivir.

Susana, de 35 años, fue víctima de abuso sexual y maltrato en su núcleo familiar, por lo que desde los 17 ya no regresó a su casa.

Contó que poco a poco aprendió a ganarse la comida: tirando la basura de los locatarios de mercados y charoleando.

Actualmente está superando sus problemas de adicción y quiere regenerarse, encontrar un trabajo; sin embargo, admitió que no es fácil; su pareja aún se droga y eso causa múltiples diferencias entre ambos.

“De por sí en las calles ya existían problemas, por el consumo con otras personas o porque a veces alguien compraba más sustancias que el otro; ahora que lo estoy superando, peor, porque él está ahí y verlo inhalando o fumando me causa ansiedad”, expresó.

A pesar de eso, Susana quiere ser un ejemplo y no perder a sus hijos, incluso, recuperar al menor de 15 años que ya también empezó a drogarse y lleva una vida parecida a la suya en la adolescencia, donde el destino final para la mayoría es la fosa común.

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