Filicidios, crímenes imperdonables

elbigdata, bigdatamx ilustración

10 mayo 2016 7:00 am

Era la noche del 31 de marzo de 2005. Marisol preparó a sus dos hijos para dormir: Israel y Xóchitl… sólo que esta vez jamás despertarían.

Descrita como una mujer amable y de rostro simpático, la joven de 21 años estaba segura de que su relación con el padre de los menores, César, terminaría pronto. Las discusiones y la violencia familiar eran constantes, y ante la amenaza de una ruptura advirtió: “Si me dejas te vas a arrepentir, y quién sabe si volverás a ver a tus hijos”.

Ese jueves cumplió la amenaza. Al filo de la medianoche, César entró a su domicilio, ubicado en la delegación Gustavo A. Madero, y encontró a Israel y Xóchitl –de cuatro años y 18 meses, respectivamente– sin vida.

Marisol Hernández de la Cruz mezcló raticida con la leche para la cena de los menores y después intentó quitarse la vida tomando analgésicos, ya que, según consta en su declaración ministerial, el veneno no alcanzó para ella. 

Algunas líneas de investigación presumieron que al ver la prolongada agonía de los niños, la mujer se arrepintió y no quiso morir de esa manera; decidió tomar pastillas ignorando que ese medicamento no la mataría.

Posteriormente, la policía acudió a la casa de Marisol, donde encontró cinco cartas póstumas en las que la joven eximía a su pareja sentimental de los decesos: “No se culpe a César de nuestra muerte”.

En la actualidad purga una condena de 60 años en el penal de Santa Martha Acatitla, donde trabaja y estudia, y quienes conviven con ella aseguran que no ha perdido esa apariencia simpática. Su actividad de “mesera” dentro del centro penitenciario la ha hecho conocida, y su carácter amable hace que pocas personas imaginen el crimen que cometió.

 Las diferencias

Este tipo de delito no es común; se llama filicidio (asesinato de hijos), y aunque puede ser cometido tanto por hombres como por mujeres, no se castiga con la misma vara, pues las madres reciben penas hasta 28 ó 30% más altas que los padres.

De acuerdo con los especialistas, entre las mujeres filicidas hay un elemento en común: violencia particularmente por parte del hombre con quienes formaron una pareja.

En la mayoría de los casos, la mujer asesina a sus hijos por desesperación, venganza o para salvarlos de esa figura “amenazadora” que es el varón dentro del hogar; casi siempre es un acto instintivo y no razonado.

“Es una secuencia de violencia, una cadena extensa de diversos hechos, todos ellos violentos que trastornan la conducta, actitud o las posibilidades de acción. Incluso algunas madres han acudido a denunciar esa violencia sin que las autoridades las protejan a ellas y a sus hijos”, dice la antropóloga social Elena Azaola Garrido.

La experta en temas penitenciarios e integrante del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (Ciesas) consideró que se trata de casos dramáticos que dejan en evidencia las deficiencias en las instituciones sociales y políticas que no atienden de manera oportuna a las víctimas, madres e hijos, hasta que llegan a consecuencias tan graves como el homicidio.

Otra de las características que se detecta en las filicidas es que a través de la muerte de sus hijos también se “asesina” a una parte del progenitor y a la persona que las victimó; representa una forma de terminar con una vida de violencia y dolor.

Sostiene que la sociedad tiende a ver más grave la conducta de la mujer porque está idealizada la maternidad y piensa que ésta debe de ser amor, ternura, bondad, abnegación y resignación, y por ello castiga más severamente cuando es la madre quien actúa con violencia.

Explica que existe una sobrevaloración de la maternidad en nuestro país; por ello es imperdonable para la sociedad que una mujer se atreva a asesinar a sus hijos, sin conocer cuál es la historia de violencia que hay detrás de ella, y con ello evitar más desgracia a futuro.

“Hay que tomar en cuenta que a pesar de que existe una idea romántica de la maternidad, es natural que todas las especies protejan a sus hijos, pero la verdad es que la especie humana resulta un poco más complicada y no podemos hablar de una actitud solamente natural. La maternidad produce ambivalencias; a final de cuentas constituye una responsabilidad muy grande que exige mucho del padre y de la madre”.

En informes de la Dirección General de Reclusorios del Distrito Federal ha quedado constancia de que un porcentaje importante de mujeres homicidas en reclusión privaron de la vida principalmente a personas de su familia o con lazos afectivos estrechos, como son los hijos, esposos, amantes u otros.

Son personas que sufren un gran sentimiento de culpa y que necesitan terapia para poder entender su crimen y afrontarlo, asimilar que la violencia no es un estado natural de vida; eso no las exime de responsabilidad penal, e inclusive la cárcel es un alivio para sus remordimientos, pues saben que de algún modo están pagando su crimen.

La subsecretaría del Sistema Penitenciario de la Ciudad de México no cuenta con la cifra exacta de mujeres que están recluidas por asesinar a sus hijos, ya que ingresan por el delito de homicidio sin especificar el tipo.

Asesinó a sus cuatro hijos

El 13 de diciembre de 2003, Dulce María García Ortega, de 24 años de edad, asfixió a sus cuatro pequeños, colocándoles una almohada en la cara, luego de una ruptura amorosa con su pareja. La bailarina de table dance permaneció varias horas al lado de los cuerpos de sus hijos de seis, cinco y tres años; y el del más pequeño de solamente seis meses.

Posteriormente salió de su casa y se dirigió a la estación del Metro Chabacano de la Línea 2 del Metro para después arrojarse al paso del convoy.

Luego de varios días de investigación se pudo relacionar el suicidio con la muerte de los cuatro menores que fueron hallados en estado de putrefacción en el domicilio de Tlalpan.

Detrás del crimen se detectó la presencia de uno o varios hombres que le infligían a la mujer castigos de índole moral, sentimental, física y económica. El principal sospechoso era la pareja sentimental de la suicida, sin embargo no se procedió penalmente contra él.

 Hambre y desesperación la llevaron a asesinarlos

En la década de los ochenta, Elvira Luz Cruz, angustiada por la miseria en que vivía y la desesperación de no poder alimentar a sus cuatro hijos, tomó una solución fatal: el 9 de agosto de 1982, la joven de 28 años de edad, que se empleaba como doméstica, intentó ahorcarse, pero no lo consiguió, pues su suegra y vecinas de la calle Jacarandas, en Tlalpan, acudieron para auxiliarla.

La mujer había estrangulado con su ropa a sus hijos Israel, Eduardo, Marbella y María de Jesús Soto Cruz, de seis, tres, dos años y dos meses de edad, respectivamente, dentro de su vivienda.

Elvira Luz Cruz fue sentenciada a 28 años de prisión, y en 1997 alcanzó la libertad gracias a su buen comportamiento.

Algunas pruebas apuntaban a la culpabilidad del marido y la suegra, por lo que se acusó a las autoridades de encarcelarla por ser pobre, analfabeta, mujer y madre.

Otras teorías

Tanto las mujeres como los hombres pueden cometer filicidio por alteraciones psiquiátricas como la esquizofrenia, depresión psicótica o trastorno delirante. Los cambios hormonales como la enfermedad mental en sí son factores de riesgo para el filicidio; éstos se pueden combinar con otros elementos psicosociales o culturales, por lo que se considera un fenómeno multifactorial y multifacético. Entre ellos se mencionan la insatisfacción que los hijos pueden producir al no ser deseados o problemáticos, bien sea porque tienen enfermedades congénitas, retraso mental o situaciones comportamentales; porque nacen durante crisis familiares o son producto de violación o incesto.

Consulta nuestra edición impresa

 

Participa y Comenta