Sila, desde el cargo de dictador, pretendió sepultar a la república romana, mientras que Carlos II buscó gobernar a Inglaterra de espaldas al parlamento.

En ambos casos fracasaron, aunque con resultados diferentes: mientras que el general abrió el camino a los césares, en la isla británica tuvo que rodar la cabeza del monarca previamente a la recuperación de la normalidad institucional.


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En el otro extremo, Hitler y Mussolini arribaron al poder conforme a las reglas de la democracia para después subvertirlas y encabezar regímenes autoritarios. Donald Trump llamó a sus bases a la rebelión el pasado 6 de enero y si bien es cierto, la vida del Congreso fue interrumpida durante varias horas tras la inédita ocupación del Capitolio, cuando la actividad parlamentaria fue recuperada se dio' paso a la certificación de la victoria de Joe Biden, el candidato a la presidencia por el Partido Demócrata, lo que llevará de regreso al ‘hombre anaranjado’ a una de sus muchas propiedades para dedicarse a lo que realmente conoce: hacer negocios sucios y jugar golf.

El resultado inmediato es una derrota para Trump, ya que no sólo fue incapaz de revertir el resultado electoral de noviembre, sino que una buena parte de la cúpula republicana lo abandonó a su suerte, incumpliendo así con su compromiso de impugnar la elección presidencial en una de las tribunas del Capitolio. Asimismo, la tensión provocada por su arenga lo mostró como un tipo desequilibrado e indigno de confianza, aislándolo así de las democracias occidentales, aliadas naturales de Estados Unidos.

A pesar de lo anterior, Trump no ha sembrado en el mar. Su proclividad racista, xenófoba, misógina y proteccionista ha llegado en un momento propicio para la causa nativista y supremacista, justo cuando millones de estadunidenses blancos sienten amenazado su estilo de vida ante la globalización, la robotización y el cambio en los perfiles demográficos, en el momento en que quienes se sienten excluidos por la élite creen que ha llegado la hora de su revancha.

Así, y pese a lo ridículo de su discurso y acciones, el padre de Ivanka Trump aún tiene futuro en la política, el mismo que su edad y salud le permitan, siempre y cuando decida qué es lo que hará con el partido que lo respaldó, el Republicano: insistir en su colonización o formar una nueva agrupación que reivindique para sí al segmento conservador del electorado estadunidense.

Trump ha demostrado su vena actoral detestable para muchos, pero ello no le causa conflicto, máxime si se toma en cuenta que sus dedos podrían llegar a posarse en los botones nucleares, por lo que su derrota debe ser celebrada, pero también entendida por los demócratas liberales.

La vuelta del señor del tupé al gozo de su riqueza mal habida se explica, entre otros elementos, a partir de la fortaleza institucional de los Estados Unidos: el colegio electoral honró el sentido de los votos depositados por la ciudadanía, el Congreso reinició sus labores una vez que se desalojó de su edificio a los amotinados, el vicepresidente se negó a ser comparsa del golpismo trumpiano y las fuerzas del orden recuperaron el Capitolio sin incurrir en violencia desmedida. Del lado de la sociedad, los medios cumplieron con su labor de informar a sus audiencias y los ciudadanos permanecieron en casa pacíficamente, aislando así a la minoría gritona que se manifestó en Washington.

La moraleja de todo esto es que sin institucionalidad las democracias desaparecen y las libertades se pierden; sin una sociedad civil poderosa tiranos como Trump se alzan por encima de sus semejantes para aplastarlos. En la locomotora la ley y en el cabús los déspotas. Quien tenga ojos, que vea.