Difícil, que no imposible, establecer el momento preciso en el que las diferencias entre los mexicanos se ahondaron a un punto tal que nuestras mesas se hallan divididas, que nuestras familias no se hablan, que los amigos han dejado de serlo, que las sobremesas se vuelven campos de batalla sin espacio para la tregua, ya no se diga el acuerdo. Hablamos de una ruta de división que ha fracturado las relaciones sociales y convertido el diálogo en vociferaciones, la diferencia en un motivo de escarnio, en vez de una cualidad propia de una sociedad democrática y plural.


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La grieta recorre de sur a norte, divide aún más a los diversos estratos sociales, convierte al regionalismo en consigna de lucha, hace de la eliminación del adversario un objetivo deseable, pospone la suscripción de acuerdos, transmuta a la empatía en símbolo de debilidad, convierte a las campañas políticas en actividad permanente en vez de cuestión coyuntural. El encono eterno y el debate sin acuerdos no son inocuos. Por el contrario, han generado algunas de las más graves calamidades por las que haya atravesado el país: la pérdida de más de la mitad del territorio nacional frente a los Estados Unidos, la separación de Centroamérica, sesenta y seis años de revueltas a lo largo del siglo XIX y la guerra civil iniciada en 1910. No entendemos, no aprendemos, insistimos en aferrarnos al error con la absurda creencia de que esta vez será diferente.

La economía colapsada, la pandemia cobrando vidas, la criminalidad actuando con sevicia y nosotros que no queremos dejar de pelear. Empeñados en operar a este enfermo que es México con los guantes de box puestos y no con los de cirujano, a la mitad de un ring y no en un quirófano. Al final de la pelea todos seremos noqueados, no habrá pugilista al cual levantarle la mano ni público que festeje el resultado de la contienda. Eso no es negocio, no puede ser forma de vida. Hay que rellenar la grieta pues la viabilidad del país es lo que está en juego. Entre tener la razón o privilegiar los intereses nacionales todos deberíamos optar por lo segundo, sin que ello sea visto como claudicación o causa de vergüenza.

La unión de los mexicanos no es una utopía. Hemos dado muestras sobradas de generosidad cuando de darnos la mano se trata. Una fecha y un puño alzado constituyen la prueba de que esto no sólo es deseable, sino posible: 19 de septiembre. No importa ser millennial o generación X. Algo les dice la fecha a todos y de ella hay que aprender a mirarnos, a estrecharnos las manos.

Reconocer en el diferente a nuestro compatriota sea tal vez en este momento el acto de mayor patriotismo al que podamos aspirar, pues ello equivale a escuchar y a aprender, a avanzar en una misma ruta hacia el desarrollo y la seguridad, en la posibilidad de remontar el dolor dejado por la pandemia y la miseria que ha traído la contracción económica. Juntos, es más fácil que divididos. No parece que sea difícil de entender. En este viaje cabemos todas y todos. La barca es lo suficientemente grande y la pesca promete ser generosa. La salud del país se habrá recuperado cuando echar al agua a quien no piensa como nosotros sea motivo de vergüenza y señalamiento social.

El barco está atracado y la tormenta está en su peor punto, pero el abordaje es inaplazable. Por cuanto a mí hace, la mano está extendida para quien quiera subir. ¿Alguien se apunta?