Escribo estas líneas desde la sala de mi casa; en la medida que mis responsabilidades como representante popular me lo permiten he guardado la sana distancia y el confinamiento indicado por nuestras autoridades. Desde la parte legislativa, en el Congreso de la Ciudad de México nos encontramos en el proceso de definición sobre cuál será la forma más eficiente y segura para desempeñar nuestras actividades durante esta crisis sanitaria y durante el futuro inmediato.

Dentro de los periodos de reflexión que trae consigo de manera implícita el confinamiento, yo me pregunto si a inicios de este año me imaginaba que a estas fechas nuestra sociedad se encontraría en estas condiciones, la respuesta sincera hacia mí misma es: no. La aparición y propagación del virus SARS-CoV2 vino a dar un giro de 180 grados a nuestra sociedad, una nueva normalidad nos espera terminando esta “cuarentena”.

La disminución de nuestras actividades ordinarias cuyo objetivo es la prevención de contagios, también ha traído consigo la disminución de los procesos económicos que se desarrollan de cotidiano en nuestra comunidad, esto a su vez impacta directamente en los ingresos de las familias que dependen de este movimiento para generar ingresos.


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Muchas de las personas están sobrellevando esta crisis sin la posibilidad de decidir entre quedarse en casa para disminuir el riesgo de contagio o salir a las calles a obtener el recurso económico que permita cubrir las necesidades básicas de su familia. El trabajo no asalariado, reconocido ya por nuestra constitución local en su artículo 10 apartado B, se identifica como el sector más vulnerable al momento de disminuir las actividades ordinarias.

Es aquí donde todas y todos tendremos que romper paradigmas, reinventarnos y hacer equipo para reactivar la economía, primero desde lo más cercano, la tiendita de la esquina, la cocina económica, el puesto del tianguis, el marchante del mercado, la papelería, las personas dedicadas a la construcción, el comercio informal, la cafetería del barrio, el voceador, el bolero, los músicos, las pequeñas empresas familiares, en fin, la lista es larga y la necesidad de trabajo que se trasforme en recursos económicos también lo es.

Bajo la premisa de que en una sociedad “Las necesidades son infinitas, pero los recursos son limitados”, los Gobiernos federal y local, junto con las demarcaciones territoriales hacen el esfuerzo de cubrir el mayor número de frentes a través de la puesta en marcha de distintos programas ordinarios y extraordinarios, y como sucede en estos casos, todos desearíamos que los recursos fueran infinitos y que nadie quedase fuera de la ayuda.

Es innegable que en nuestra sociedad existen personas más aventajadas que otras, es una condición natural que algunos cuenten con mejores herramientas para poder desarrollarse incluso desde su nacimiento. Está en nuestras manos modificar la visión individualista que impera sobre la forma de adoptar modelos de actuación asumidos desde la óptica del bienestar de la colectividad.

Un ejemplo de ello es el debate que se generó hace algunas semanas con relación a la prioridad que el Gobierno Federal dará a los programas sociales dirigidos a los grupos de población más vulnerables, dejando claro que de parte del Gobierno no habrá “rescates” a las grandes empresas, de las cuales en vez de dirigir apoyos, se les envió un mensaje teledirigido con remitente a 15 de ellas que adeudan a la hacienda pública alrededor de 50 mil millones de pesos, lo que equivale a un poco más del presupuesto asignado a la UNAM para este 2020, o casi cinco veces el presupuesto etiquetado para el INE en este año.


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Aquí también cabe poner sobre la mesa el nuevo modelo sugerido por la #4T, diferenciar entre el crecimiento y el desarrollo de un país y optar por priorizar el segundo. Así planteado, la medición del crecimiento se inclina por lo cuantitativo, un ejemplo de ello sería los números que nos arroja el PIB, en cambio el desarrollo tiene como base el bienestar y su medición se inclina por lo cualitativo.

Mientras que el crecimiento nos dice cuánto dinero tenemos (o no tenemos), el desarrollo nos enfoca hacia el ¿cómo estamos? Aquí se vuelven importante no si la población tiene dinero, sino si tiene bienestar, visto desde el acceso a servicios de salud de calidad, acceso a la educación, acceso al agua potable, acceso a una buena alimentación, acceso a una vivienda digna, acceso a la seguridad pública y a la impartición de justicia, acceso a la cultura, la recreación y al deporte, acceso a un gobierno eficiente y libre de corrupción, en general que tan bien se encuentra la población y por supuesto que, qué trato se le da a los seres sintientes en nuestra sociedad.

El cambiar hacia este enfoque es un reto no sólo para sociedades como la nuestra, a quienes la pandemia nos tomó con los dedos en la puerta, descritos como una sociedad a lo sumo desigual, con cifras muy discretas en cuanto al crecimiento y peores indicadores en cuanto al desarrollo de la población, será un reto para muchas sociedades de distintas latitudes.

Bajo el viejo adagio de que para algunas otras culturas la palabra crisis significa oportunidad, la nueva normalidad nos da la oportunidad de reinventarnos pensando más en lo colectivo y menos en lo individual, más en el cómo y menos en el cuánto, más en el prójimo y menos en el yo.

“No estamos en el mismo barco, estamos en la misma tempestad”. Por el bien de todos en esta nueva normalidad deben de ir primero los más desaventajados; por el bien de todos, primero los pobres.

*Maestra y Doctora en Administración Pública. Activista por los Derechos de los Animales de compañía. Consejera Contra la Trata de Personas. Diputada local de MORENA y Presidenta de la Comisión de Seguridad Ciudadana en el Congreso de la Ciudad de México