Si el sistema de salud se financia a partir de la rifa de un avión o de la expropiación de los aguinaldos de los burócratas es que algo anda mal. Si encima de eso el Gobierno se queda con las partidas destinadas a ciencia, cultura, salud o la protección de periodistas y defensores de derechos humanos, la cosa se pone peor.

Pero si los gobernadores y alcaldes se quejan por la reducción de las participaciones presupuestales, la explicación sólo puede ser una: se acabó el dinero. Punto. Esto es así ya que en una economía moderna los servicios no se financian a partir de puntadas o voluntarismos, sino de la concurrencia entre el Estado y los particulares, dependiendo de cada país el peso que le corresponde a cada cual en la satisfacción de las necesidades públicas. Suponer que un sistema tan caro como el de salubridad cumplirá con sus fines a partir de la venta de boletos de lotería es una insensatez equiparable a pagar la hipoteca con una venta de garaje. De presumir semejante idea ante el G – 20, mejor ni hablemos.

Una vez que se ha tomado consciencia que metimos el pie en la cubeta, queda por ver la manera de resolver semejante entuerto y entonces se nos presentan varias opciones, unas más dramáticas que las otras: primera, mover la extremidad con cautela hasta extraerla de la cubeta; dos, pedirle a alguien que corte el utensilio de limpieza, pero sin lastimarnos y tercera, amputarnos la parte del cuerpo a que hacemos referencia. A la luz de la experiencia acumulada a lo largo de estos dos últimos años, mucho es de temerse que la solución propuesta por nuestros actuales gobernantes sería la última. Se quedará usted cojo, pero libre. “La culpa es de la corrupción y del neoliberalismo”, le dirán para consolarlo.

Sin embargo, alguien le debería decir a los operadores de la 4T que las soluciones más sensatas suelen ser complejas y de efectos retardados, que es posible superar la actual debacle económica a partir de la aplicación de nuevos modelos construidos a partir de la racionalidad, el respeto a los derechos humanos y el concurso de voluntades. Insistir en ideas cuyo fracaso ha quedado demostrado o recurrir a medidas autoritarias nos hundirá todavía más. México necesita despojarse de atavismos como el capitalismo de cuates, la sobrerregulación, el estatismo, la petrolización, la ausencia de Estado de Derecho, la opacidad, la corrupción y el clientelismo, elementos todos ellos presentes en el actual modelo de desarrollo como vegetales en una ensalada.

A fin de escapar del crecimiento mediocre neoliberal y del hundimiento fomentado por la Cuarta Transformación, requerimos, entre otras cosas, de un modelo fiscal que precise con claridad y justicia quién, cuánto y cómo se debe contribuir a los gastos públicos, un paradigma que ensanche la base de contribuyentes a partir de la creación de estímulos para así allegarnos de más recursos y combatir a la informalidad. Urge la creación de un sistema contributivo sencillo que fomente la actividad económica, pero que también sancione a los morosos. Nos hace falta una política que permita a los gobernantes contar con presupuestos suficientes para cumplir con sus obligaciones, pero bajo reglas de transparencia que faciliten auditar cada peso gastado y aplicar castigos en caso de presentarse desvíos.

La coyuntura se presenta ideal para redefinir nuestro sistema tributario, pero para ello se requiere de una convocatoria amplia que involucre a gobernantes, expertos y sectores productivos, misma que sólo puede provenir del presidente de la República. Previo a esto, sería aconsejable privilegiar el diálogo y el consenso, olvidarnos por un rato del encono. Ojalá y se anime Andrés Manuel, porque el bienestar de los mexicanos así lo exige.