La irrupción del coronavirus ha venido a reiterar que los países más prósperos no lo son por casualidad, sino que su acceso al desarrollo obedece a diversas cualidades, las cuales les han permitido sortear la presente calamidad. La pandemia también ha demostrado que los logros colectivos no son permanentes y que el atraso no es una condición insuperable. 

Según la Universidad Johns Hopkins, Alemania registraba hasta el 16 de junio cerca de 190 mil casos de coronavirus, de los cuales 8 mil 820 eran fatales. Este país presenta una tasa relativamente baja de mortalidad, la cual ronda el 4.5%, a diferencia de sus vecinos como Italia (14), Francia (15), España (11) y el Reino Unido (14), situación que puede obedecer a una serie de medidas que han evitado la propagación de la enfermedad: realización masiva de pruebas, tratamientos médicos oportunos, dotación suficiente de camas, la actividad desplegada por las poderosas industrias química y farmacéutica y un confinamiento social limitado por las instituciones democráticas, todo esto bajo la dirección de una científica cuya formación ha sido fundamental para enfrentar la crisis: Ángela Merkel.

Nueva Zelanda ha aprovechado su condición insular para hacer de su aislamiento una virtud, al tiempo que se ha valido del civismo de su población para asegurar la distancia social. No parece casual que en este país, uno de los que menos niveles de corrupción registra cada año, se comience a clamar victoria ante el Covid–19.

Singapur registra 40 mil casos, demasiados para una población de 6 millones de personas, pero con sólo 26 fallecimientos. ¿Probables causas del éxito? Un eficiente rastreo de casos y restricciones a los viajeros procedentes del extranjero, sin olvidar la imposición de cuantiosas multas a quienes desafíen las restricciones a la movilidad.


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Si algo ha dividido a la sociedad norteamericana, lo es el funcionamiento de su sistema de salud, cuyas capacidades no corresponden al nivel de desarrollo de los Estados Unidos ni a las múltiples contribuciones de este país al campo de la medicina. Con un esquema de salubridad deficiente y un presidente camorrista como Donald Trump, la nación más poderosa del mundo se halla en el primer lugar de contagios, aunque con una tasa de mortalidad apenas superior al 5%. La desaceleración económica estadounidense como resultado del coronavirus será profunda y sus consecuencias planetarias.

Costa Rica y Uruguay comparten brevedad de territorio y población, pero también el éxito ante el virus. Su escasa densidad demográfica se convirtió en una ventaja comparativa, pues al no contar con megalópolis, el contagio se hizo más difícil. Asimismo, estos dos países latinoamericanos coincidieron en la forma oportuna con que atajaron a la pandemia, en contar con sistemas universales de salud, realizar pruebas masivas y apelar a la responsabilidad ciudadana para respetar el confinamiento, apelando para ello a sus robustas instituciones democráticas.

A falta de vacuna para atajar la enfermedad, ningún logro se puede considerar permanente, pero de la experiencia ajena algo se puede extraer: el virus seguirá zarandeando a quienes no cuenten con esquemas de salubridad eficientes o aprovechen sus ventajas; la enfermedad afectará mayormente a los países que carezcan de comunidades científicas robustas, Estado de Derecho, liderazgos confiables o individuos dotados de cultura cívica.

La solución ante el Covid-19 no transita por la permisibilidad frente a quienes atacan a médicos e instalaciones hospitalarias, la tenencia de estampas religiosas, la polarización, la danza de cifras, la redacción de catálogos insulsos o la promoción de falsos remedios como la ingesta de mole con guajolote o el uso de nanopartículas. Es tiempo para la sensatez y la responsabilidad.