Acercándonos al tercer mes de emergencia sanitaria, la Ciudad de México acumula cerca de 37 mil casos confirmados de Covid-19, más de 4 mil lamentables defunciones y apenas una cuarta parte de las camas de hospital disponibles. En ese contexto, esta semana la Jefa de Gobierno hizo dos grandes anuncios que tendrán graves consecuencias para la ciudad.

Por un lado presentó un nuevo "Programa de Detección, Protección y Resguardo de Casos de COVID19 y sus Contactos" y además la "Transición ordenada y gradual hacia el color NARANJA".

El programa desafortunadamente no sólo es deficiente, sino que llega muy tarde. Algunas de las  medidas, propuestas con oportunidad, hubieran salvado vidas, pero seguimos a expensas de ocurrencias presentadas como grandes ideas, pongo algunos ejemplos:

Para empezar, en la peor etapa de la pandemia, se les ocurre lanzar a 5 mil promotores a las calles de la ciudad para recorrer casa por casa llevando información para "protegerse y proteger a la ciudad", con 123 médicos e igual número de enfermeras pese al déficit de personal médico que reportan los hospitales de la ciudad.

Esta medida no sólo pone en riesgo a los promotores sino a la ciudadanía, al ser una fuente de contagio, pero ahora a domicilio. Seguramente llevar un folleto informativo representa más utilidad para las y los capitalinos que los apoyos económicos que por meses han estado esperando.


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La colección de errores continúa. En un principio, cuando aún estábamos a tiempo, se negó al cierre anticipado de escuelas y centros de trabajo, incluso, se permitió el Vive Latino y se negó la aplicación dirigida de pruebas, así como el rastreo de contactos. Es hasta ahora, cuando estamos en la segunda semana del "pico" de la pandemia que se comenzará a aplicar 2 mil 700 pruebas cada día en los 117 centros de salud de la Sedesa y ahora sí, un rastreo de contactos.

Seguimos. La entrega de kits alimentarios han resultado un gran instrumento mediático. Han entregado más de 12 mil y les ha valido un par de apariciones en horario estelar al lado del Subsecretario López Gatell. Ahora ese kit llevará además de termómetro y paracetamol, un oxímetro y un té medicinal. Sí, un remedio herbal para fortalecer el sistema inmunológico al que habrá que ponerle unas gotas de limón, porque las gotas de nanopartículas de cítricos son un bien escaso en estos días.

La última (por ahora), la vuelta a la nueva normalidad. No cabe duda que nos urge regresar a la escuela, al trabajo y a la vida en sociedad. La economía de miles de familias capitalinas ya no aguanta otro mes de encierro sin el apoyo del Gobierno de la ciudad, pero tampoco podemos volver a la calle sin una opción segura para hacerlo. A unas cuantas horas de reiniciadas actividades no esenciales, las aglomeraciones en el transporte público se hicieron presentes, vimos imágenes de las largas filas para abordar autobuses y los ya conocidos ríos de personas en Pantitlán.


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Cuando tan sólo en Iztapalapa se concentran más contagios que en 29 estados de la República y en 118 países, y con defunciones por encima del resto de las entidades del país, la Jefa de Gobierno declara que han logrado "controlar la pandemia en la Ciudad de México" y deciden cambiar el semáforo a naranja.

A todos nos urge regresar a la normalidad, nos urge hablar de las muchas cosas que siguen mal en la ciudad, pero no podemos hacerlo con estos niveles, no podemos hacerlo porque un Gobierno se ha negado sistemáticamente a apoyar económicamente a la población y definitivamente no podemos regresar sólo porque para Claudia Sheinbaum se le acabó la imaginación para librar esta emergencia.

La conclusión no puede ser otra. El nuevo plan de detección llega tarde y la transición al semáforo naranja viene muy temprano, pero paradójicamente, ambos van un paso atrás de la realidad. Hoy las y los capitalinos necesitamos certeza de que podemos volver y hacerlo de manera segura, con un esquema de movilidad que no represente un gran riesgo, un regreso planificado, pensado para la dinámica de la ciudad y la zona metropolitana y enfocado a las personas y no a cálculos políticos.

La tan anunciada transición al semáforo naranja es, en lo sanitario, un mensaje confuso y en lo económico, un grito de desesperación. A casi tres meses del inicio de la pandemia en la ciudad, el Gobierno se sigue debatiendo entre la salud y el bolsillo, en eso se resume su actuación y en eso radica la responsabilidad que tendrá que asumir cuando lleguemos al semáforo verde.