La oposición goza de cabal salud, pues a pesar de estar moralmente derrotada -según el relato escrito en el Palacio Nacional-, cuenta con capacidad para enfrentar a la maquinaria morenista y descarrilarla hasta convertirla en chatarra.

A la derrota del partido en el Gobierno le han seguido las predecibles denuncias de fraude electoral en contra de los gobernadores de Hidalgo y Coahuila, mismas que, en un contexto de estricta legalidad, difícilmente serán atendidas por las autoridades electorales competentes, situación digna de risa si se toma en consideración la vastedad de recursos de las que dispone la Federación, para influir en el ánimo de los electores, sobre todo si nos atenemos a los programas clientelares impulsados por la administración de Andrés Manuel López Obrador.


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La victoria priista en ambas entidades federativas contribuirá a cambiar el estado de ánimo de una oposición hasta ahora carente de imaginación y liderazgos, pero también el del obradorismo, pues queda evidenciado que el partido guinda no es invencible, que sus pleitos internos y la falta de resultados pasan una factura muy cara. Sin embargo, el reposicionamiento tricolor debe tomarse con pinzas pues la recomposición del mapa político resultará infructuosa si los partidos se intercambian los cargos, pero sin renunciar a las prácticas que molestan a los electores: corrupción, chapulineo, mediocridad en la gestión pública y demás transas surtidas.

Tras la derrota de 2006, cuando el Revolucionario Institucional descendió al tercer lugar de las preferencias de los votantes, en Atlacomulco se redactó una historia de ficción que resultó del agrado de muchos ingenuos: la del nuevo PRI, un partido que había aprendido de sus errores para recuperar el poder tras doce años de erráticas administraciones panistas, pretensión que se habría de coronar con éxito en 2012.


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Empero, para sostener con verdad la pretendida renovación, primero tendría que haber habido un ejercicio interno de reflexión que se tradujera en el replanteamiento de las relaciones entre el instituto y su militancia, en el rediseño de los órganos de dirección, en la reformulación de los documentos básicos que rigen la vida interna. Nada de esto pasó y ello trajo como consecuencia que la gestión de Peña fuera una extensión de más de lo mismo, pero en un contexto de intolerancia social hacia el latrocinio gubernamental. Hoy, el PRI vuelve a triunfar, pero sin renunciar a las prácticas que lo alejaron del poder, sin renovarse ni ofrecer algo mejor que lo que tenemos a nivel federal, persiste en aquello que le ha funcionado: administrar su crisis y apelar a su afianzamiento en el imaginario colectivo.


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La ocasión pintaba propicia para el resurgimiento del PAN y el PRD en Hidalgo y Coahuila, pero carecieron de la voluntad para allegarse de los apoyos que gracias a su errática forma de gobernar ha ido perdiendo morena. Contagiados desde hace mucho de las prácticas del priismo, queda claro que también han sido incapaces de reinventarse tras la paliza recibida en 2018. Desprovistos de audacia y de nombres que llamen a seguirlos, comparten con sus rivales tricolores la negativa a profundizar cambios internos, pues los artífices de la derrota de hace un bienio siguen apoderados de sus estructuras y sin ofrecer algo nuevo a cambio. Muertos en vida que no asustan pero que sí engullen a sus víctimas, la versión vernácula de The Walking Dead.

La alternancia sin renovación y las pobres gestiones gubernamentales constituyen el mejor atajo hacia la destrucción de nuestra incipiente democracia, un modelo político que dejará de garantizar nuestras libertades si no lo atesoramos como la joya que es. Cuidado, porque en el camino podría venir el ‘Bolsonaro azteca’, un cadáver sin estar sepultado aún... ¡Terror puro!