El pasado 18 de diciembre la Ciudad de México tuvo que regresar al semáforo rojo después de algunas semanas en las que el Gobierno local había advertido a la ciudadanía de un incremento preocupante, tanto en el número de contagios como en la ocupación hospitalaria.

Definitivamente las medidas que acompañan al semáforo rojo son impopulares y causan afectaciones en materia económica y es por ello que el Gobierno insistió en la importancia de respetar las medidas de cuidado sugeridas desde que inició la pandemia para evitar un aumento de restricción a las actividades.

Lamentablemente los avisos y las advertencias no fueron suficientes, y en diciembre se tomó la decisión de que el área metropolitana reduciría el número y tipo de actividades permitidas.


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Más allá de las apreciaciones particulares sobre lo efectiva o no que resulta esta estrategia, es importante observar que en muchos países que decidieron no volverlas a implementar las consecuencias fueron graves, tal es el caso de los Estados Unidos y Europa quienes transitaron de rojo a verde en poco tiempo sufriendo consecuencias hasta hoy lamentables.

Por desgracia las herramientas disponibles para disminuir el número y cadenas de contagio causan efectos secundarios y daños colaterales. En este caso, uno de los sectores que más ha sentido las repercusiones del retorno al semáforo rojo es el de restaurantes. Una de las industrias más importantes y que más empleos genera en la capital.

Con casi 60 mil unidades económicas dedicadas a este ramo, los restaurantes generan más de medio millón de empleos, lo más significativo es que quienes se dedican a esta industria son pequeñas y medianas empresas. Lo anterior deja constancia de lo importantes que son los restaurantes para la economía local, no sólo por la cantidad de empleos que generan sino porque son, en su mayoría, negocios pequeños que cuentan con 5 y 20 trabajadores.


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Definitivamente la situación que enfrentamos hoy ha ocasionado que paguen justos por pecadores, la falta de solidaridad y empatía de muchos sectores de la sociedad, que lejos de atender las recomendaciones de las autoridades de salud y gubernamentales, han mantenido la práctica de actividades no esenciales e incluso de riesgo. Situación que terminó por afectar a otros e incluso a sus propias familias si pensamos en la cantidad de personas que trabajan en actividades relacionadas con el sector.

En este contexto fue comprensible la preocupación y descontento de los afectados por las restricciones, un tema sin duda complicado, quienes no tardaron en solicitar una excepción para evitar los cierres. No debemos olvidar que la situación es grave y más que insensibilidad de las autoridades la emergencia no permitió en un primer momento aceptar la solicitud tal y como se había planteado. Fue días después entre varios intercambios de ideas que se logró abrir un diálogo constructivo que permitió a las Secretarías de Gobierno y de Desarrollo Económico capitalinas ofrecer una alternativa que el día de hoy ha significado un respiro para los afectados.


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No es para menos que esta experiencia refuerza en mucho dos realidades que no deben pasarse por alto:

La primera es que la pandemia es un tema sumamente complejo respecto al cual ningún país ni gobierno del mundo ha encontrado una solución definitiva tanto para los aspectos económicos como sanitarios.

La segunda es que el Gobierno de la Ciudad de México ha privilegiado el diálogo para encontrar los mejores caminos posibles para salir adelante en esta situación. Que existan en algún momento puntos de vista distintos jamás ha significado un obstáculo y, por el contrario, ha fortalecido la democracia y el derecho de todas y todos a la libre manifestación de las ideas.