Lo siento, no hay calaverita. Lo que sí hay es otra semana en semáforo naranja, que se siente a rojo en cuanto a ocupación hospitalaria, pero es un amarillo verdoso para los ciudadanos que les da comezón estar en sus casas y ahora abarrotan iglesias, manifestaciones, salen a pedir dulces y aprovechan el menor de los pretextos para salir. La metodología de los semáforos ya no se sostiene. Está más torcida que la quijada de Stephen Hawking.

Con casi 100 mil muertos la ausente estrategia pública ya se limita únicamente a lo discursivo. Las tareas sustantivas en materia de prevención del contagio y contención de la pandemia fueron abandonadas hace meses, y es mucho más evidente ahora, con el rebrote, repunte, refuerzo o como le quieran llamar a este nuevo incremento en los contagios y fallecidos por Covid-19.


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Durante marzo, abril y mayo nos preguntamos si habíamos tomado la estrategia correcta para manejar la pandemia. El trade-off se centraba en decidir entre reglas de confinamiento rígidas y restrictivas, con afectaciones severas a la economía; o salir a lo bruto (creo que el término técnico es inmunidad del rebaño), afectando menos a la economía y esperando que las personas generáramos anticuerpos, nos hiciéramos más fuertes y saliéramos del bache solitos, así como a Darwin le hubiera gustado.

Entonces, después de más de medio año en pandemia, ¿qué se ha hecho bien y qué se ha hecho mal?

(Juro que mientras estoy escribiendo esto tuve que hacer una pausa laaaaaaaaaaaaarga tratando de pensar en lo que se ha hecho bien).


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Con toda objetividad, no puedo enumerar un logro que nos permita, con datos duros, poderle dar el lujo de la duda a las autoridades. Solamente puedo pensar en la ofrenda de muertos en el Palacio Nacional en memoria de los fallecidos por Covid, o poner la bandera a media asta y decretar luto nacional, pero en materia de acciones reales, de fondo, que impliquen la implementación de programas de emergencia, un reacomodo del presupuesto público, o política pública seria que permita que la crisis se aminore, mientras la pandemia se controla, no encuentro una sola.


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Ni siquiera porque la jefa de Gobierno resultó contagiada, se ha optado por reconocer la gravedad del problema. Consistentes desde el día uno en intentar minimizar la pandemia, llevamos en la Ciudad de México como mil semanas en semáforo naranja. Son tantas, que ya nos acostumbramos a que todo negocio está abierto, pero con un twist que nos recuerda que debemos cuidarnos, como un cartelito con un cubrebocas o un guardia tomándonos la temperatura en los tenis para que salgan menos de 37 grados. Gimnasios, cines, restaurantes, todo está abierto por igual, ¡y esto no debería ser un problema, si hubiera una estrategia de acompañamiento con resultados visibles!

Tanto autoridades, como ciudadanos, desafortunadamente le hemos perdido el miedo y respeto a la pandemia. Tal pareciera que no hemos aprendido la lección. Mientras en Europa hay una nueva ola de contagios y fallecidos, aquí nunca logramos salir de la primera. Recordemos que para pasar de color en el semáforo epidemiológico lo que las autoridades establecieron como criterios, fue el porcentaje de ocupación hospitalaria, en conjunto con dos semanas a la baja en el mismo indicador. Sin embargo, olvidaron el detallito de determinar los criterios para regresar al nivel anterior. De allí la razón por la que hemos permanecido estáticamente en semáforo naranja, aun cuando otros indicadores relevantes, como el número de contagios y de fallecidos, se encuentra en los niveles que experimentamos en abril, durante el semáforo rojo.


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Económicamente, estamos en una situación más vulnerable que niño legionario de Cristo en campamento de retiro con el Padre Maciel. Los datos del tercer trimestre muestran una contracción del 8.6% con respecto al mismo periodo de 2019. Con todo el descaro del mundo (y sabiendo que sus electores no saben de economía), los voceros de la 4T quieren mostrar esto como una historia de éxito. El argumento es básico as fuck: si en el segundo trimestre la economía decreció en 18%, y ahora sólo en 8.6%, entonces vamos mejor. Incluso leí un par de opiniones de analfabetas funcionales que dicen que crecimos 12% con respecto al segundo trimestre del año, ignorando que la comparación se debe hacer contra el mismo periodo del año anterior. De lo contrario, siempre habría una contracción en el primer trimestre del año. EL trimestre enero-marzo jamás crecería si lo comparamos contra el inmediato anterior, donde todos queman el aguinaldo en 30 segundos, salen de vacaciones y el consumo se dispara. Estacionalidad, le dicen.

Ya, ya. Me estoy desviando del tema. Long story short: el crecimiento de la economía es negativo, el desempleo no ha disminuido (de acuerdo al propio IMSS), la inflación continúa en repunte, quienes siguen el tipo de cambio, el peso cada vez se acostumbra más a moverse en la franja cercana a los 22 MXP/USD. Todo lo anterior podría ser algo inherente a la pandemia que debería preocuparnos y ocuparnos, y tal vez es mi mala lectura de comprensión, pero en el presupuesto federal 2021, no vi ni un renglón que me dé esperanza que durante el próximo año habrá algo que nos permita darle un giro a la inercia negativa. Esta sí es una historia de terror digna de las festividades de Halloween-Día de Muertos.


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En conclusión, nuestro Orange is the New Black no fue una historia divertida de reclusas que venden ropa interior usada por correo, ni historias de amor de lesbianas buena onda. Nuestro semáforo naranja se parece más a la temporada en el que las prisioneras toman la cárcel y su encierro se vuelve sistema Montessori. Así estamos: sin autoridades responsables, con todos medio confinados pero con nuestras propias reglas y esperando que alguien venga a poner orden.