Cuarenta y dos años después  de entrar triunfante a Managua, el Frente Sandinista de Liberación Nacional no es más que un despojo moral de lo que fue alguna vez, un referente libertario que invitaba a la ensoñación de millones de jóvenes que seguían creyendo en las revoluciones violentas como instrumento legítimo para cambiar las condiciones de miseria y represión que privaban en la región.

Dotado de la legitimidad adquirida tras el derrocamiento y huida del tirano Anastasio Somoza, la organización guerrillera se propuso transformar las estructuras políticas y económicas de uno de los países más atrasados del continente, tarea titánica descarrilada por el Gobierno de Ronald Reagan, quien no escatimó recursos para aplastar al experimento emancipador encabezado por Daniel Ortega Saavedra, crimen de lesa humanidad que, a pesar de haber sido juzgado ante instancias internacionales, permanece impune.

Nueve años de una guerra financiada por Washington culminaron con la derrota electoral del sandinismo a manos de Violeta Barrios, hecho que significó el inicio del proceso de pudrición ética en que ahora está sumergido el partido gobernante nicaragüense, pues a partir de entonces la dirección del frente tornó de colegiada y democrática a unipersonal y autoritaria.

Tras varios intentos fallidos por regresar al poder, Ortega Saavedra finalmente reconquistó la presidencia  en coincidencia con otros líderes de izquierda en América, como Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, Néstor Kirchner, Luis Ignacio Da Silva, José Mujica y Michelle Bachelet, lo que hacía suponer un resurgimiento del proyecto sandinista. Arropado por los recursos procedentes de la renta petrolera venezolana, al mandatario nicaragüense poco le interesó la modernización política y económica de su país, sino que lo volvió represivo y dependiente de las fluctuaciones de las materias primas.

Culminada la borrachera del chavismo, la realidad cobró factura y la nación centroamericana entró en una de sus más profundas crisis, lo que no ha obstado para que el viejo comandante se mantenga en el poder mediante recursos y estrategias que traicionan su pasado revolucionario, ya que no sólo reformó la constitución para reelegirse de manera indefinida, sino que procedió a desmantelar al incipiente sistema democrático, gracias a la captura de instituciones.

Necesitado de recursos para financiar a su Gobierno, Daniel Ortega promovió una serie de reformas fiscales y pensionarias que provocaron la ira popular, lo que derivó en una cruenta represión que dejó 300 víctimas fatales.  Siempre acompañado de su cómplice y cónyuge, Rosario Murillo, e indiferente ante el desprestigio que le persigue mundialmente, el comandante, temeroso de ser derrotado nuevamente en las urnas, ha  optado por la opción que más hubiera agradado a los Somoza: encarcelar a todo aquel que pretenda aspirar a la titularidad del poder ejecutivo, pero no sólo eso, ya que al más puro estilo estalinista ha decidido encarcelar a sus viejos compañeros de armas que han se han atrevido a criticarle, siendo el caso más claro el de Dora María Téllez, quien, junto con otros guerrilleros tomara en 1978 la sede del congreso para así lograr la liberación de numerosos presos políticos y demostrar que el Gobierno somocista no era invulnerable.

Resulta difícil prever el desenlace de la actual coyuntura nicaragüense, pero el Frente Sandinista y Daniel Ortega nos recuerdan una vez más la necesidad de construir instituciones capaces de resistir los embates autoritarios de libertadores a quienes sus pueblos no hayan la forma de darles las gracias por sus servicios a la Patria una vez consumadas sus hazañas. La vieja historia del revolucionario convertido en tirano se repite en el subcontinente. Queda por ver si la rebeldía popular también es capaz de recrearse para poner fin a la pesadilla dictatorial, tal y como ha ocurrido múltiples veces en nuestra América.