Estamos en las vísperas de las tradicionales celebraciones del 15 de septiembre; sin embargo, hay muy poco qué celebrar. Tal es la necedad presidencial en llevar a cabo los festejos, en lugar de concentrar la atención de los funcionarios federales en atajar la pandemia de salud y la crisis económica, es más prioritaria la no rifa del avión presidencial que coincide con las celebraciones patrias.

El país tiene fuego abierto por todos lados, con más de 70 mil fallecidos en los números oficial a raíz del Covid-19, con una contracción histórica de la economía y el empleo, la CNDH tomada en protesta a la falta de acciones en pro de las mujeres víctimas de la delincuencia, con manifestaciones campesinas en Chihuahua, y para el presidente es más importante ver de qué forma no cancela el evento en el Zócalo.

Este 15 de septiembre no es un momento para celebrar. Mientras falten integrantes en la cena por miles de familias que perdieron padres, hermanos y amigos desde marzo a la fecha, no hay motivo para festejos. Mientras haya familias preocupadas por la situación de los miles de enfermos que hoy abarrotan los hospitales, o los millones que han visto disminuidos sus ingresos desde el inicio de la pandemia, es insensible e indolente de las autoridades federales seguir con los planes que tienen como único objetivo distraer la atención de lo verdaderamente importante.

Como lo anticipamos en este mismo espacio semanas atrás, la no rifar del avión fue un fiasco. Para evitarse el oso de que los números ganadores no tuvieran dueño, el Gobierno optó por todos los medios posibles deshacerse de los billetes de lotería. A los funcionarios se les invitó voluntariamente a acceder a comprar de manera obligatoria los boletos. Asimismo, el INSABI demostró ser más inútil que la segunda caja del Oxxo durante la pandemia, y su única aportación fue regalar más boletos de la rifa a los hospitales que tratan Covid.

De tal tamaño es la aberración de política pública, que parece que no hay urgencia para inyectar estos recursos a los hospitales. Podemos esperar meses a que el presidente tenga su sorteo, a pesar que las proyecciones ya marcan que llegaremos a más de 100 mil muertos antes de Navidad. De la priorización de las necesidades, ya ni hablamos. ¿Es en serio que en vez de fortalecer los hospitales donde hace más falta la ayuda, tienen que esperar a ser sorteados? El horror.

Mientras el país se cae a pedazos, los ilusionados siguen cayendo ante los poderes de encantador de serpientes de AMLO. Si algo hay que reconocerle al presidente, es el uso del simbolismo para poder llevar la discusión de fondo, a la arena discursiva y demagoga.

Este 15 de septiembre se encenderá “La Llama de la Esperanza”. ¡Cuánto cinismo! A menos que sea la esperanza a que la vacuna contra el Covid llegue pronto, no hay acción gubernamental que hoy nos indique que la pandemia se esté controlando por logros propios. Si bien en agosto hubo una ligera disminución en contagios y fallecidos, seguimos siendo de los países más afectados. A menos que la economía se cure por arte de magia, no hay nada que agradecerle a las autoridades. Lejos de exigir eficiencia en el gasto, o un plan serio de reactivación económica, habrá quienes aplaudan el evento de celebración de nuestra independencia. El próximo año no parece ser muy diferente, al menos en lo que la política pública confiere, ya que el proyecto de presupuesto de egresos 2021 no incluye ningún elemento que nos haga creer que el Gobierno federal busque fortalecer la estructura de salud o darle un empujón adicional al crecimiento económico. Nos quedaremos viendo cómo encienden una antorcha y ese será el único de solidaridad por parte de las autoridades. A López-Gatell ya ni vale la pena mencionarlo. Estamos solos.

El 15 de septiembre debería ser un día de reflexión sobre el rumbo que queremos para nuestro país. Debería ser un día para recordar y agradecer a quienes dieron su vida por darnos una nación, que si bien tiene mucho qué mejorar, es un lugar que nos llena de profundo orgullo. Desafortunadamente este 15 de septiembre no será un festejo, sino será recordado como el día que el gobierno prefirió llevar a cabo un acto de megalomanía, en lugar de un homenaje a los héroes del hoy. Mi mayor reconocimiento y agradecimiento, a los médicos, enfermeras y a sus familiares, que son la primera línea de combate al Covid. También debo expresar toda gratitud a los policías, personal de limpia, repartidores y al personal de las actividades que desde el primer día de la cuarentena se consideraron esenciales y han vivido una pandemia completamente distinta al resto. Al presidente le quedó grande el cargo. A ustedes, no.