Los morenistas se han vuelto más susceptibles de estudio por parte de la psicología que de la ciencia política. Y no podía ser de otra forma, porque tras los resultados de las elecciones en Hidalgo y Coahuila han decidido refugiarse en el victimismo, ese gastado recurso que lo mismo explica la Conquista que la falta de resultados por parte de la actual administración federal.

Lejos de purgar las culpas que los llevaron a la debacle electoral, los guindas han optado por padecer el “Síndrome de Mandibulín”, un desorden conductual al que así bautizaremos en este espacio en honor de un tiburón de caricatura cuya frase de cajón aún es recordada por aquellos quienes lo vieron allá por los años ochenta: “nadie me respeta”.

Nacido de la creatividad de los estudios Hanna – Barbera, este escualo movía a la compasión, ya que, a pesar de sus afilados dientes y tamaño respetable, no era capaz de causar miedo entre la gente, por lo que frecuentemente se lamentaba de su torpeza con voz extremadamente aguda, apelando para ello a la referida muletilla.

Afirmar que la oposición comete los fraudes y el partido gobernante los padece, convierte a los morenistas en una suerte de Mandibulín, pues ello les impide advertir que, a pesar de su abrumadora victoria de 2018, su maquinaria no es infalible, que los pleitos internos cuestan, que la ausencia de institucionalidad deriva en desorganización, que la falta de resultados de la administración federal pesa como un yunque, que los malos candidatos son susceptibles de rechazo y que la ausencia de Obrador en las boletas influye en la voluntad de los votantes.

Semejante escape también autoriza a los guindas a no administrar responsabilidades, a no tomar en consideración los vastos recursos que disponen desde el oficialismo para hacer política tanto a nivel de tierra como en las cúpulas. El nivel de victimismo hasta ahora mostrado, amén de inverosímil, constituye una evidencia del desapego de la realidad, una actitud que se sincroniza con el discurso que cada mañana se hila desde Palacio Nacional, lugar escaso de soluciones para la problemática del país (pandemia, violencia y debacle económica), pero pródigo en la reinterpretación del pasado desde el lente del agravio y el resentimiento.

Las elecciones en Coahuila e Hidalgo cambiaron en algo el ánimo social, pues la oposición priísta, hasta entonces abatida y depresiva, ha redescubierto que puede ganar elecciones apelando para ello a su capacidad organizativa y a la inserción de su marca en el imaginario colectivo, pero ello no ha despertado entre el morenismo el ánimo hacia la reflexión, un ejercicio que lleve al partido del Gobierno a replantearse las relaciones entre sus liderazgos y las de éstos con la militancia, a revisar sus documentos básicos y estrategias de campaña, a institucionalizar su movimiento, a resolver de mejor manera los conflictos internos.

La ocasión se pinta propicia para que el partido hechura del presidente se renueve, pues aún quedan varios meses para la elección intermedia y es un hecho que los comicios no le serán cómodos. Es momento para optar entre la discusión interna que derive en acuerdos, en vez de explicarse el entorno a partir del argumento de fraude electoral, de retomar aquella frase de Juan José Rodríguez Pratts respecto del gobierno foxista: “pudimos hacer tanto y nos atrevimos a tan poco”. Ha llegado la hora de elegir entre la grandeza o el achicamiento mental que los lleva a verse como unos Mandibulines… a los que nadie respeta.