Salvo Andrés Manuel López Obrador, muy pocos dudan que Joe Biden vaya a asumir la presidencia de los Estados Unidos el 20 de enero de 2021. Si bien es cierto aún quedan por agotarse algunas instancias del proceso electoral, no lo es menos que, ante la contundencia, resulta sumamente improbable que éste sea revertido por las argucias legales de Donald Trump, el principal enemigo de México. Más allá de los resquemores del obradorismo para aceptar la derrota de su principal aliado y referente ideológico externo, la llegada al poder del ex vicepresidente abre la posibilidad de replantear la agenda bilateral, a partir del respeto que se deben entre dos naciones aliadas, las cuales comparten una compleja relación comercial, así como retos en materia de seguridad y migración, cuya solución en los cuatro años recientes ha pasado por la amenaza y el sometimiento, antes que por el convencimiento y los estímulos.

El resultado electoral no modifica las bases de una relación terriblemente asimétrica, pero la esperanza de un mejor trato por parte de un gobierno demócrata abre oportunidades que no deben ser desaprovechadas por la diplomacia mexicana, la cual ya no deberá lidiar con una administración abiertamente hostil a nuestros intereses. Dado lo anterior, la coyuntura se pinta propicia para reformular la colaboración en problemas tan diversos como la lucha contra el narcotráfico, sobre todo a partir del modelo más permisivo que empieza a tomar cuerpo en los Estados Unidos.

Por cuanto hace al flujo de personas, México podría plantear a sus homólogos norteamericanos la renuncia al uso de la Guardia Nacional como policía migratoria y a la condición de tercer país de acogida a la que vergonzosamente fuimos orillados por las amenazas de Trump y la timidez de López Obrador. Dada la división partidista en el Congreso estadounidense, se antoja difícil un cambio dramático en el paradigma sobre el control de armas, pero no estaría de más que nuestras autoridades denunciaran vigorosamente la enorme cantidad de armamento proveniente de nuestro vecino del norte, el cual ha redundado en la muerte de miles de mexicanos a lo largo de los últimos años.

La riqueza de la delincuencia organizada puede generarse en naciones como México, pero que ésta adquiere la forma de cuentas bancarias en las instituciones financieras de los Estados Unidos, por lo que sería saludable un mayor intercambio de información entre las autoridades de aquél país y las nuestras, a efecto de detectar y eliminar las redes dedicadas al blanqueo de capitales.

Casos como el de la detención del general Cienfuegos muestran la renuencia norteamericana a compartir información de inteligencia con sus homólogos mexicanos, razón más que suficiente para reencauzar los términos de la relación con agencias como la DEA o la CIA, mismas que realizan labores de espionaje en México ante la complacencia de nuestras autoridades, un fenómeno que no por haberse normalizado, pierde su naturaleza ilícita e intrusiva.

Con la entrada en vigor del TMEC, urge que la Secretaría de Economía explote los nichos de oportunidad y apoye a los sectores vulnerables de nuestro país, una labor en la cual se requiere del concurso de la iniciativa privada. La automatización y sus efectos en la industria maquiladora también deben ser objeto de urgentes definiciones por parte de la oficina de la doctora Graciela Márquez.

El combate al terrorismo, la trata de personas, el intercambio cultural, científico, tecnológico y educativo, la protección al medio ambiente y la cooperación en materia energética podrían ser temas de negociación para el canciller Marcelo Ebrard ante sus pares de la Unión Americana... siempre y cuando López Obrador se lo permita. ¿Será? No lo creo...