No existe una traducción literal al castellano de la palabra “liability”. Se puede definir como una responsabilidad o carga que atenta de forma negativa en contra del mismo portador de los compromisos. Hay de diferentes tipos y magnitudes. Por ejemplo, si una pareja se casa por bienes mancomunados (¿todavía alguien hace esto?), y uno de los contrayentes tiene una gran deuda en su tarjeta de crédito, automáticamente este pasivo es una liability para el futuro de ambos.

En política también hay liabilities. Son esos casos de grandes interrogantes donde no nos explicamos por qué demonios no se corta de tajo el miembro gangrenado para salvar al organismo. En todos los partidos, y en la mayoría de los Gobiernos han existido al menos uno. Uno de los más icónicos es el caso de Martha Sahagún y Vicente Fox. Cuando todo el país ya se había enterado de las corruptelas de los hermanos Briviesca, y era el preciso momento donde lo inteligente era sacar el racimo de ajos y traer a Van Helsing a que le clavara una estaca en el corazón. No. Fox hace lo impensable: casarse con ella a costa de su popularidad.

 La 4T, aunque sus fans y su predicador digan lo contrario, no es la excepción a la regla. Basta leer cualquier diario serio para saber que la gran liability de esta administración se llama Manuel Bartlett (e hijo). Analistas expertos y miembros del círculo rojo han intentado encontrarle cuadratura a la pregunta ¿qué le aporta al Gobierno de Andrés Manuel López Obrador que su participación sea tan indispensable? Si bien su nombramiento fue polémico desde el inicio de la administración, su permanencia en ella después la documentación de sus propiedades, participación en empresas que son proveedoras del Gobierno, y del último escándalo en el que se involucró su Jr., vendiendo ventiladores a sobreprecio en plena crisis del Covid-19, es de caso de estudio para la Harvard Kennedy School.


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No es ningún secreto que el presidente López Obrador se caracteriza por ser un personaje necio, pero nadie duda de su astucia y oficio político. Durante su gestión como Jefe de Gobierno, tuvo crisis similares, cuando hubo escándalos de corrupción conocidos para todos. En ese momento, no dudó en deslindarse de René Bejarano, Gustavo Ponce y Carlos Ímaz. Todos fueron removidos de sus cargos, y con teflón envidiable, AMLO repartió culpas, dijo no estar al tanto de las acciones individuales de sus subalternos, y la gestión continuó con todos felices y contentos (bueno, menos Bejarano y Ponce que vieron todo desde el tambo, e Ímaz que tuvo que pagar una multa de 100 mil pesos para no pagar con 5 años de prisión).

Hoy la credibilidad de la 4T pende de un hilo. Así como Felipe Calderón hizo del combate al narcotráfico su causa política, y así como Enrique Peña Nieto hizo de los bloopers su sello personal, Andrés Manuel busca enrollarse en la bandera anticorrupción. Sin embargo, ya lleva dos strikes.

El primero fue durante agosto del año pasado, cuando un reportaje hizo notar que tan sólo en propiedades, Manuel Bartlett amasa una fortuna cercana a los 800 millones de pesos. Ser rico no es pecado, sin importar cuánto la 4T busque romantizar la pobreza. El problema radica no en su riqueza, sino en su origen, el cual al día de hoy, hasta la ex primera dama dio una explicación más elaborada, atribuyendo la Casa Blanca, a su trabajo como actriz. Aun cuando fue un insulto a la inteligencia de los mexicanos, al menos el esfuerzo se le reconoce. Sin embargo, en este caso, la misma Secretaria de la Función Pública salió a la defensa del funcionario cuestionado. Kafkiano. Contradictorio. Irreal.


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El strike dos se dio hace unas semanas, cuando se filtró a la prensa información relevante a la adquisición de ventiladores para pacientes de Covid-19, por adjudicación directa, con sobreprecio. Conflicto de interés con contratos millonarios, cuando la vida de miles de médicos y pacientes está en peligro es algo que olía mal, nivel de olor tipo el ex pie de Barbosa. Tal fue la presión en redes que se dio por parte de la ciudadanía, que el mismo presidente, denunció una red de ataques en Twitter y Facebook, por parte de la oposición moralmente derrotada. De tal tamaño fue el escándalo, que el día de ayer el IMSS rechazó los ventiladores, argumentando que no cumplían con las características técnicas.

A la 4T le queda un strike para salvaguardar su reputación y credibilidad. No basta con perseguir ex funcionarios de pasadas administraciones. No es suficiente con señalar culpables del pasado y sancionarlos. Eso se da por default. No hay sorpresas. La verdadera sorpresa sería que Irma Eréndira Sandoval sancionara a los funcionarios corruptos de la actual administración. Eso sí sería novedad. Ya sabemos quiénes son y donde están. En un Gobierno de políticos reciclados, no es rocket science sospechar de quién es travieso y quién es bienportado.

Si la 4T no da un golpe de timón y renueva la mentalidad de los funcionarios rancios que forman parte de ella, efectivamente, habrán hecho historia. Las malas historias, también lo son…     

 

*Maestro en Política Pública por el University College London, economista del Tecnológico de Monterrey, rockero, irreverente, con el placer culposo de hacerle bullying a la gente políticamente tibia o de piel blandita. Fan de los datos duros. Si no lo puedes medir, no existe.