Maquiavelo afirmaba que, “en las acciones de los hombres, y particularmente de los príncipes, donde no hay apelación posible, se atiende a los resultados”, verdad que no ha perdido vigencia, salvo en México, donde el juicio ciudadano favorece el esfuerzo de los gobernantes en vez del éxito de sus políticas, actitud que explica la popularidad alcanzada por algunos presidentes, a pesar de su evidente mediocridad.

Esta tendencia a premiar “el echarle ganas” ha generado a una clase política poco imaginativa en lo que toca al desarrollo y menos dispuesta a combatir la corrupción; gobernantes que conviven con la delincuencia porque es más fácil administrarla que enfrentarla; tomadores de decisiones que romantizan la pobreza porque de ella se sirven en el mercado de votos.

Andrés Manuel López Obrador supo leer el hartazgo del votante y convocó a una lucha épica a la que se le conoce como la Cuarta Transformación, un aireamiento de la vida pública que, según el presidente, igualará por sus alcances a epopeyas como la Independencia, la Reforma y la Revolución. El ambicioso llamado movilizó la imaginación de millones quienes optaron por un proceso radical de cambio en vez de apelar a las fórmulas que sólo han acarreado medianía.

Y todo iba bien… hasta que nos empezó a ir mal.

Porque no es lo mismo prometer crecimiento que fomentarlo; porque una cosa es hablar desde el templete y otra tomar decisiones; porque los abrazos nunca sustituirán al Estado de Derecho; porque el avión presidencial y la mudanza a Palacio Nacional son propaganda, no soluciones a los problemas nacionales; porque el “austericidio” provoca la atrofia del aparato gubernamental; porque Trump no respeta a quien no le habla fuerte y de frente; porque el libre comercio puede ser, a diferencia del petróleo, una palanca para el desarrollo.

Inoportuno como zorrillo a mitad de una boda, el coronavirus no sólo dejó expuestas las miserias del actual Gobierno, sino que lanzó a nuestra economía hacia una resbaladilla que presagia el fracaso de una administración que se ha quedado sin dinero, pero con muchas mañas, porque ante la ruina económica y el incremento de la violencia, López Obrador intentará vendernos humo, reiterarnos que lo suyo no es meter las velocidades, sino sacar llamas del asfalto. Esto es lo que explica la radicalización discursiva, la reafirmación del supuesto liberalismo que no se dejará vencer por las fuerzas de la derecha, ello a pesar de que las discusiones ideológicas tienen sin cuidado a la población y de que el presidente no es un liberal.

El liberalismo y el conservadurismo, tal como los presenta Andrés Manuel, son categorías que sirven para explicar al siglo XIX mexicano, no la problemática presente que corresponde a un país consolidado, democrático, urbano, industrializado y globalizado, muy distante de aquel que le tocó vivir a Juárez. El presidente recurre a este discurso porque le resulta rentable, no porque sea vigente. Ahora bien, si hubiéramos de ubicar a López Obrador en uno de estos extremos, entonces le correspondería el bando contrario al cual se adscribe, toda vez que no se puede ser liberal al mismo tiempo que se gobierna con El Yunque y se desprecian las luchas feministas; porque el conservadurismo se actualiza cuando se comparte el poder con las iglesias (hola! cartilla moral) y se ataca a la prensa; porque no hay nada más contrario al liberalismo que socavar los contrapesos institucionales.

A falta de resultados, la 4T venderá humo. Allá quien lo quiera comprar.