Todos en el Gobierno pensaron que el sorteo sería un negocio redondo. Jamás un evento auspiciado por la Lotería Nacional había recibido tanta atención mediática. Hasta me imaginaba a Gibrán y a Attolini peleándose por quién sería el niño gritón que anunciaría los números premiados. Pero al igual que a la economía y la salud de los mexicanos, el coronavirus hizo pomada la venta de boletos de la rifa del no-avión.

De tal tamaño es la tragedia, que si hoy fuera el sorteo, no alcanzaría ni para los premios. Para quienes ya se perdieron en la línea del tiempo, va la cronología de los highlights de la rifa

Febrero me parece algo lejanísimo. Después de tanto encierro, la vida “normal” parece que fue hace mucho más tiempo del que realmente ha sido. Fue precisamente en febrero cuando AMLO anunció con bombo y platillo, que al no haber comprador para el avión presidencial, lo iba a rifar. Cayeron del cielo toneladas de memes y nos pitorreamos de la propuesta en aquellos meses cuando discutíamos si el avión cabría en un cajón de estacionamiento de una casa del Infonavit.

Después hubo una ola de feminicidios (que no se ha detenido) y el presidente se enojó porque el mismo día que el Instituto para Devolverle al Pueblo lo Robado le hiciera entrega del cheque de los 2 mil millones de pesos que serían destinados para los premios, se le cuestionara sobre el tema. Días más tarde, se anunció que el 4 de marzo empezaría la venta de billetes de lotería, acto que nuevamente causó indignación entre las mujeres, al coincidir con el día de su paro nacional.  

Así pasó el tiempo, entre una serie de aclaraciones que detallaban que la rifa del avión no iba a rifar el avión, sino dinero. Y entonces el sorteo pasó a ser una rifa más, normalita, de las que organiza a cada rato la Lotería Nacional. Compras tu cachito, rezas, revisas si ganaste y cobras dinero. Nadie habló de lo que pasaría realmente con el avión, o de cuánto cuesta tenerlo parado, o del costo financiero de la depreciación, la inversión en mantenimiento y una letanía de etcéteras. 

Se dice comúnmente que las loterías son un impuesto a los tontos. Existen múltiples cálculos estadísticos que demuestran que es más probable que una mujer quede embarazada de cuatrillizos idénticos, que a alguien le caiga un rayo, o que un asteroide de proporciones hollywoodenses caiga sobre la tierra, a que alguien común y corriente gane la lotería.


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En lo que considero un insulto a su propio electorado, AMLO confió que en México habría al menos 6 millones de tontos. Era una meta ambiciosa de inicio. Si partimos del hecho que 30 millones de personas votaron por Andrés Manuel en su pico de popularidad, y que el boleto es el más caro en la historia de la Lotería Nacional, con un precio de 500 pesos por cachito, el sold out del sorteo se veía cuesta arriba.

Por supuesto que hubo furor en redes, emoción y porras al presidente. Sin embargo, pocos fueron los AMLOvers que realmente rompieron el cochinito para seguir la corriente de la expectativa. No es para menos, si entendemos que poco más de la mitad de la población está apenas por encima de la línea de pobreza, es evidente que es una minoría quienes pueden sacrificar esa cantidad en una frivolidad presidencial. 

Al corte del 13 de julio, AMLO anunció en la conferencia mañanera que únicamente se habían vendido 22.5% de los cachitos disponibles. Ni siquiera los empresarios que se comprometieron a comprar la mitad de los boletos, le cumplieron al presidente. En números redondos, se han vendido 1.35 millones de boletos de los 6 millones en circulación. Es decir, solamente se han recaudado 675 millones de pesos, cuando se prometieron 2,000 millones en premios. Si hoy fuera el sorteo, el Gobierno tendría que rezar que los posibles ganadores no estén en ese 22.5%. De lo contrario, deberían poner más de 1,300 millones de pesos de recursos propios solamente para hacer frente a los compromisos adquiridos. Es la pifia del año, y eso que han habido muchas en este eterno 2020.

A principios de febrero, cuando se anunció la rifa, no había coronavirus en México. Se discutía sobre el INSABI y la extinción del Seguro Popular. Se nos hablaba de tener en dos años un sistema de salud como el de Suecia o Dinamarca. Incluso, sin saber que eventualmente se volvería en el tema número 1 en la agenda pública, se propuso que lo recaudado en el sorteo se invirtiera en equipo médico. Ironías de la vida. Tendremos que esperar hasta septiembre para poder hacer el corte de cuánto se recaudó por el sorteo, para meter esos recursos en la caja burocrática de las adquisiciones y tener resultados, por muy temprano, en noviembre. Aquí es cuando me doy cuenta que por culpa de diseñadores de política social del tipo que despachan en el Palacio Nacional, es por lo que ponen instrucciones en el shampoo.

Más o menos la lógica chaironómica fue la siguiente:

1)      Tenemos 2,000 millones que aportó el Instituto para Devolverle al Pueblo lo Robado.

2)      En vez de gastar esos recursos en el material médico en plena crisis sanitaria, decidimos reservar los recursos para los premios de la rifa.

3)      Se han recaudado menos de 700 millones de pesos ingresados por el sorteo, y habiendo perdido casi un año para poder llevar a cabo su ejercicio, sin contar el costo financiero por haber tenido los recursos ociosos, la inflación del equipo médico en un momento de alta demanda y diversos factores donde el tiempo sí hace la diferencia.

4)      En vez de cancelar el sorteo, disculparse y regresar el dinero a los pocos ilusos que compraron un cachito, poder invertir 2 mil millones en vez de 675, decidimos jugárnosla hasta el último momento. Desde la Lotería Nacional hasta la SHCP, desde la Secretaría de Salud hasta el Palacio Nacional, se inició una cadena de oración a Huitzilopochtli (no rezaremos a Jesús hasta que el Papa se disculpe por la conquista) para que los mexicanos compren masivamente cachitos de lotería de último momento en plena crisis económica, con alto desempleo y sin certeza del futuro.

En este mismo espacio escribí la semana pasada sobre las apuestas del presidente. Este es otro ejemplo de un riesgoso acto de necedad. Estamos esperando poder remontar un 5-0, metiendo al Kikín Fonseca de cambio en tiempo de compensación. Imposible. No vengo del futuro a decirles “se los dije”.


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Solamente me queda claro que si en 4 meses de venta vamos al 22.5% de la meta, en los 2 meses faltantes, dudo que exista confianza en el presidente para que hordas de pejefans salgan a comprar boletos por millones, cuando su popularidad ha ido en claro descenso. Me suena más factible que a finales de agosto, se anuncie que se invitará a los millones de burócratas del Gobierno federal a voluntariamente comprar de manera espontánea un billete de lotería con cargo automático a su recibo de nómina. También se me ocurre que Santiago Nieto o Raquel Buenrostro la harán de call center, haciendo un recordatorio a los empresarios que solidaria y generosamente se comprometieron a aportar mil 500 millones de pesos, y ahora se hacen más perdedizos que cuando sus primas lejanas les quieren vender Tupperware.

En septiembre tendremos otra cortina de humo con 100 ganadores presumiendo cheques equivalentes al 2.5% de la fortuna de Manuel Bartlett. Habrá sonrisas, un discurso alusivo a los héroes de independencia, mucho romanticismo donde se nos invita a ser resilientes y aceptar la pobreza franciscana que nos tocó vivir, pero nadie hablará que esos 2 mil millones de pesos nos los debimos de haber gastado en abril, cuando era útil, cuando pudieron haber salvado miles de vidas. Y hablando de cortinas de humo, nos leemos la próxima semana a ver si ya hay algo interesante en el Lozoya-gate.