La semana pasada discutimos una parte de la urgente reforma electoral que tanto hace falta en nuestro país. Nos queda claro que nuestra democracia ha sufrido más decepciones amorosas que Gloria Gaynor y que con las reglas vigentes, está más lisiada que Yuliana Peniche.

Sin embargo, mucho se puede hacer con un poco de creatividad. De hecho, uno de mis propósitos de 2020 fue ser menos grinch y ver las cosas más positivamente. Después de largas lecturas de Miguel Ángel Cornejo y Paulo Cohelo (bazinga!), logré abstraer conocimiento y aprendizaje hasta de la mal lograda elección de Presidente Nacional en Morena. En contraposición con el análisis de la semana pasada, ahora enfocaremos la discusión a la forma en la que se elige el poder ejecutivo.

El problema

Uno de los asuntos más discutidos referente a la forma en la que elegimos nuestros gobernantes radica en la unificación de las prioridades y voluntades en torno al voto. Es decir, un elector puede tener más de una necesidad, y solamente tiene un voto. Por ejemplo, yo me considero un elector de centro-derecha, liberal, que prefiere una política social que genere capacidades a una que solamente busca matizar las situaciones de vulnerabilidad mediante transferencias públicas al por mayor.

En palabras más sencillas, comulgo con Acción Nacional en su postura liberal económica, pero no lo hago en los planteamientos antiabortistas, opuestos al matrimonio homosexual o antilegalización de la droga. Tal vez a nuestra tía católica lo único que le importa es evitar abortos y también termina votando por el PAN. Eso no nos hace dos gotas de agua, solamente nos vuelve dos personas que buscaron una agenda reduccionista al extremo. En este orden de ideas, los electores deben mediante un sólo acto, priorizar si la parte que los convence de una plataforma electoral, al mismo tiempo les hace tolerar la parte con la que no están de acuerdo.

Las reglas

Ya las conocemos. Es una carrera del que más votos gane. Difícilmente alguien llega a más del 50% de las preferencias electorales, por lo que el reto es ver quién consigue la minoría más grandota. Para fines del ejecutivo, lo anterior genera que una gran cantidad de votos sean desechados. El voto de alguien que apoyó a Andrés Manuel López Obrador o a Campa en 2006 tuvo el mismo destino al momento de elaborar el plan de Gobierno del sexenio: la basura. Con reglas donde el ganador se lleva todo, y salvo para el caso de los alcaldes, la reelección no existe, los incentivos a tender puentes con la oposición son nulos. Cof, cof, las mañaneras. La política del avasallamiento es mucho más común de ver que una que propicie la inclusión y unidad. Incluso durante las campañas la crispación y polarización política es algo que vemos con frecuencia.

¿Posibles soluciones?

La segunda vuelta presidencial a la francesa, el knock-down de candidatos a la presidencia de Morena, o el sistema de voto australiano. Todos tienen ventajas y desventajas, pero todos los sistemas anteriores propician políticas no radicales, inclusivas y la propuesta sobre los ataques en campaña. Vamos uno por uno.

1.     La segunda vuelta presidencial es útil, ya que siempre habrá un candidato que emerge con más del 50% de las preferencias. Las desventajas clásicas son el sobrecosto de organizar la segunda jornada electoral, aunada a una más baja participación electoral, ya que los votantes de los candidatos que no llegaron a la ronda final pueden elegir no participar en esta fase de la contienda.

En resumen, la segunda vuelta puede ser tan costosa como la primera, pero con menos votantes, por lo que el costo del voto per cápita se incrementa, mientras que la “mayoría” que se genera, es con un universo menor de electores. ¿Se imaginan en 2012 una segunda vuelta presidencial entre AMLO y Peña Nieto?

2.     Ja! El knock-down de Morena. Todos vimos cómo los candidatos a la presidencia de Morena iban pereciendo como en la canción de los perritos. El chistecito nos costó a los mexicanos 21 millones de pesos, y las encuestas no son un método de elección serio.

Pruebas fáciles que refutan su buen uso, son las mediciones que salieron antes del Brexit o durante el proceso de pacificación en Colombia, donde el voto real fue muy diferente a lo que marcaban las encuestas. Sin embargo, lo destacable del proceso, es buscar un candidato que sume a los candidatos perdedores. Aprovechemos que la herida sigue fresca, para recordar que Porfirio Muñoz Ledo fue el candidato con más preferencias durante las dos primeras encuestas. Sin embargo, en un careo directo con Mario Delgado, resultó derrotado. La gran lección, es buscar mecanismos que propicien la elección de los candidatos con menor rechazo, y con mayor inclusión de las propuestas de los no finalistas.

3.     El método australiano. Este es mi favorito. Bajo estas reglas, el elector debe enumerar el orden de preferencia de los candidatos. Por ejemplo, alguien con mis mismas características ideológicas, en 2018 pudo haber seleccionado a José Antonio Meade, como su primera opción, si su prioridad hubiera sido la economía y tener un perfil técnico como presidente. La segunda opción hubiera sido Anaya, luego el Bronco y por último, Andrés Manuel. De esta forma, en el supuesto en el que ningún candidato tenga el 50% de las preferencias, ya sabemos quién hubiera sido su segunda o tercera opción, dando una segunda o tercera vuelta por default, sin necesidad de gastar más recursos o de obligar a los electores a participar en una nueva jornada electoral.

Por parte de los candidatos, el sistema genera que las propuestas sean más publicitadas que los ataques, ya que se busca ser atractivo para su base electoral más cercana, pero también intentar ser la segunda o tercera opción de los electores, por los que es más común encontrar puntos medios y compromisos entre los candidatos para tener un Gobierno incluyente. La crítica más común es que los votantes son idiotas y no pueden enumerar una simple lista de prioridades, que es confuso, difícil y cuasi-inejecutable. Sin importar lo cavernícolas que sean algunos de nuestros legisladores, me rehúso a pensar que la mayoría de los ciudadanos tienen la capacidad craneal de un Neanderthal.    

¿Conclusiones? Necesitamos reglas electorales que propicien que los políticos prioricen la propuesta sobre los ataques en campaña, que amplíen su agenda de Gobierno cuando ya electos, y que incluyan a las minorías en la toma de decisiones. Mientras tengamos reglas simplistas, el sectarismo seguirá siendo la estrategia dominante. Si no me creen, espérense a que se cure de Covid, y pregúntenle a Mario Delgado si evitar el radicalismo no rinde frutos. Digo, al menos se nota que le enseñaron el teorema del votante mediano en el ITAM. Ahora, con esa formación de escuela fifí neoliberal, le toca combatir lo ya mencionado. Pffff!!!