Devastadoras y traumáticas, las epidemias han sido acompañantes de nuestra especie a lo largo de su desarrollo y, a la par de sus saldos trágicos, también han propiciado transformaciones cuyos efectos remodelaron a individuos y sociedades.

Tras la peste bubónica que asoló a Europa en el siglo XIV, la riqueza y las tierras se repartieron entre más personas y el dinero en efectivo circuló generosamente, lo que propició el ascenso de una nueva burguesía deseosa de adquirir bienes suntuarios, tales como orfebrería y objetos de arte. El estrechamiento de las diferencias sociales provocó un aumento en los matrimonios y la incorporación de nuevas familias a la nobleza.

El drástico descenso de la población trajo consigo la ocupación de tierras por parte de campesinos que ya no estaban dispuestos a aceptar la servidumbre impuesta por los señores feudales. Mientras eso ocurría, en las ciudades la falta de mano de obra provocó mejoras salariales. Para el último tercio del siglo XIV fueron reconstruidas obras de infraestructura y aumentó la producción agropecuaria y en los talleres urbanos.

La peste, que había afectado por igual a todos los estratos sociales, llevó consigo un sentimiento de igualdad que se reflejó en un ritual macabro y festivo: “La danza de la muerte”, un baile en el que supuestos esqueletos llevaban al inframundo a papas y a reyes, a nobles y a campesinos, a señores y a siervos. Para finales del siglo XV, Europa se alistaba a realizas nuevas empresas, iniciando la Edad de la Exploración.

De otras calamidades como la guerra han surgido nuevos y mejores contratos sociales. Alemania y Japón, países arrasados por los bombardeos aliados hoy son ejemplo de economías estables y dinámicas, de sociedades democráticas y educadas que apelaron a la innovación y al correcto uso de los recursos existentes para resurgir y enfilarse hacia el progreso.

Israel, país apenas fundado en 1948, es en parte el resultado del trauma del Holocausto, una infame experiencia que moldeó el carácter del estado hebreo, hasta convertirlo en una ínsula de progreso en medio de un territorio poco dotado de recursos naturales, pero que de la escasez hizo una virtud, a tal grado que hoy el sueño de una nave israelí en la superficie lunar no es una quimera, sino un proyecto al alcance de la mano.

Una vez que termine la pandemia originada por el coronavirus, cuando sea que esto ocurra, México se verá en la obligación de repensarse y actuar a fin de revertir la devastación económica y moral provocada por el Covid- 19. Deberemos hallar la forma de reincorporarnos al camino del progreso y la esperanza, asirnos de nuestras fortalezas para sacar del estancamiento a tantos millones de mexicanos que lo han perdido todo y no saben hacia dónde dirigirse. La tarea no es menor y quizá se trate de una de las mayores empresas desde el final de la Revolución.

Es obligada la generación de nuevos liderazgos surgidos desde la sociedad civil; personajes que cuenten con el crédito suficiente para demostrarnos que la ruina es temporal, que poseemos la resiliencia y la capacidad de innovación suficientes para ocupar el lugar que, por nuestros recursos e historia, nos corresponde entre la comunidad internacional. Como Konrad Adenauer en la Alemania de la posguerra, Deng Xiao Ping tras la terrible noche del maoísmo y su Revolución Cultural o Nelson Mandela y su empeño por unificar a una Sudáfrica fracturada por el racismo y la violencia.

La tarea ahí está para quien desee ejecutarla. Los perfiles que se necesitan para enfrentar el reto de la reconstrucción son claros. ¿Quién dice yo?