Huelga decir que la imagen de los legisladores no es la mejor, derivada de la frecuencia con que algunos se encargan de desacreditar el cargo y la profesión. Para muchos resulta imposible entender lo que representan y se asumen liliputienses, tan sólo como mero reflejo de un espejo partidista, sin libre albedrío ni decisión propia.

Los legisladores tienen, por un lado, la obligación moral con sus electores, de representar la oferta política del partido que les postuló; pero por otro lado, defender esa plataforma electoral y oferta política no debe cancelar sus principios y valores para saber disentir cuando se traten temas no considerados de partido, ya sea por la ausencia de una definición partidista sobre los mismos, o por ser inéditos, y por ende ajenos, a la plataforma electoral enarbolada.

En efecto, aquellos electos por la urna de manera directa, deben saber conjugar los aspectos antes señalados con la representación política pura, es decir, lo que sus electores piensan, sienten y opinan de los diversos temas. Si bien quienes les votaron y eligieron, ya conocían los temas y posturas respecto de ellos mismos, subsiste un margen para los matices y ajustes en función del sentir popular.

Y en el caso de los plurinominales, la lógica y la ética obliga a una mayor identidad partidista, pues no tienen una hipoteca moral respecto de promesas políticas a sus electores sobre temas específicos; llegan sí, por voto ciudadano, pero libres de esos candados políticos. Por eso llama poderosamente la atención las vilezas y traiciones que de cara a la renovación de los órganos de Gobierno se han venido dando en Donceles y en San Lázaro.

Sin entender lo que representa una Mesa Directiva, como la instancia crisol del acuerdo parlamentario, se han venido realizando alquimias legislativas propias del mejor mapache electoral del siglo pasado. Los tránsfugas sin contenido ideológico, ni agenda legislativa –más que la de bloquear a la oposición y a perfiles que garanticen la institucionalidad y la pluralidad– son una promiscuidad legislativa denigrante para ambas partes. Quien abandona a los electores que le dieron su voto para representar un proyecto diferente al del Gobierno en turno, para convertirse en la meretriz legislativa del Gobierno, denigran la política, la vida parlamentaria y a sí mismos.


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A los Gobiernos de Morena y a sus legisladores les ha quedado no grande, sino gigantesca la exigencia democrática de pluralidad y de contrapesos. La pretensión de controlar la JUCOPO y la Mesa Directiva en ambas cámaras, es retroceder a la época de los congresos de la mayoría absoluta priista, anteriores al G4 de 1997 (cuando los diputados de oposición, que ya eran mayoría en San Lázaro, se aliaron para quitarle al PRI el control de los órganos de Gobierno).

Y en el caso especifico de la CDMX, es regresar al sabotaje a la pluralidad orquestada por Emilio Chuayfett, quien desde Segob intentase bloquear la instalación de esa primera legislatura sin mayoría priista. Aquella histórica LVII Legislatura de los diputados, a través del consenso estableció las nuevas reglas del parlamentarismo mexicano; entre otras, desapareció a la “Gran Comisión”, que concentraba todo el poder en aquella cámara, y que el PRI jamás antes se hubiese siquiera imaginado eliminar.

El clamor ciudadano del que muchos fuimos parte al levantar la voz en contra de la idea del “Fiscal Carnal”, se reedita ahora por Morena y sus aliados en la encarnación de Fernández Noroña, que es a AMLO lo que es su momento era a Peña Nieto. Al iniciar esta legislatura, Morena eligió bien y la Cámara de Diputados estuvo bien representada por Porfirio Muñoz Ledo, quien supo conducir los trabajos de manera institucional, apoyando a su Gobierno a sacar acuerdos para sus reformas fundamentales, a la vez que supo disentir de su grupo parlamentario respecto del trato a migrantes cuando México, por cobardía de su Gobierno, se volvió “tercer país seguro”.

Ahora Mario Delgado y Morena, obcecados por bloquear la pluralidad y la opción de una representación ajena al proyecto de la 4T, incluyen en las filas del PT a un conjunto de legisladores, sin reparar en lo que éstos representan y cómo es que llegaron a esa curul; legisladores que sólo se guían por sus intereses personales y sus cuentas públicas pendientes, traicionando sus trayectorias políticas y exhibiéndose como lo que son en realidad.

Y lo mismo se ha venido gestando en el Congreso de la CDMX como copia calca, con amagos de dinero y recortes al régimen de honorarios y prerrogativas como “consecuencia” de la donación de los 400 mdp para enfrentar la pandemia (recorte cuyo cálculo no fue bien hecho y representa un déficit institucional de 60 mdp para este ejercicio fiscal). En el juego de las traiciones se suman carpetas de investigación y traiciones a propios y extraños con fines económicos. En cualquier caso, la estatura política de Morena y de la oposición será puesta a prueba esta semana, ya veremos si gana la política o si gana la grilla. Afortunadamente en este tema la Constitución local nos defiende a todos mejor, que en el caso de las cámaras federales.