El 26 de abril de 2007 la diputada Ruth Zavaleta, del PRD, presentó la reforma al artículo 69 constitucional que acabó con el "Día del presidente", el rito del priato que, más que un acto de rendición de cuentas que enalteciera al Congreso de la Unión, se había convertido en el culto a la vanidad y al ego presidencial. Con la alternancia en el poder, el día de los discursos llenos de cifras huecas y caracterizados por anuncios rimbombantes, se tornó en el día de la beligerancia política de la oposición contra el primer mandatario.

Se trataba de transitar a un ejercicio más civilizado y republicano de rendición de cuentas, para dejar atrás un formato en el que el presidente, en vez de informar, hacía un discurso eterno de campaña, la oposición fijaba postura de un informe que aún no había leído, y el presidente del Congreso respondía un informe que tampoco conocía.

Aquella reforma constitucional de 2007 cambió el formato por uno más digno para el Congreso, que eliminara el despliegue propagandístico por un verdadero ejercicio de rendición de cuentas; desde entonces, el Informe se presenta por escrito, y posteriormente las legisladoras y legisladores en ambas cámaras –luego de haber conocido el contenido del mismo– debaten con las personas titulares de las dependencias durante el desarrollo de las comparecencias de la glosa del informe. La reforma también incorporó la figura de las preguntas parlamentarias, a las que el Ejecutivo tiene que responder bajo protesta de decir verdad, y no con retórica propagandística.

En el caso de la Ciudad de México, la Constitución local establece, en su artículo 32, que la persona titular de la Jefatura de Gobierno debe comparecer a la vieja usanza, de tal suerte que el calibre del evento depende del formato que acuerde el Congreso y no de la voluntad de quien gobierne la capital.

A finales del siglo pasado, todavía durante la época del priato, cuando no existía la posibilidad de elegir democráticamente a las autoridades de la Ciudad (antes de 1997), el formato era mucho más republicano, con la comparecencia del Jefe del Departamento del Distrito Federal y un mensaje de hasta veinte minutos de cada Grupo Parlamentario, además de dos rondas de preguntas de cinco minutos cada una.

Desafortunadamente, ahora con Sheinbaum y Morena, el retroceso democrático ha sido terrible. En efecto, usando el chantaje corriente de la pandemia (que su Gobierno no ha sabido combatir) el grupo en el poder amenazó –a través de su mayoría rupestre– con establecer un formato de comparecencia solamente virtual, justo cuando la ciudad vive un romance epidemiológico de actividades ya incluso con conciertos, aficionados en estadios y maratón aprobados. Además, el formato NO aceptó preguntas, limitó las intervenciones de los Grupos Parlamentarios a cinco minutos y puso una mordaza a la libertad de expresión. Como bien lo señaló la diputada Gabriela Salido durante el posicionamiento del PAN, la fragilidad de su Gobierno es directamente proporcional a la rigidez del formato impuesto como condición para que no se escondiera de nuevo en el Palacio del Ayuntamiento.

Del evento sólo vale la pena rescatar las intervenciones del diputado Royfid Torres (de Movimiento Ciudadano) y de la mencionada diputada Gabriela Salido. Pero más allá de la insultante zalamería parlamentaria en los discursos del resto de los diputados que intervinieron en el informe, el saldo positivo es que ya sabemos quienes sí somos oposición y quienes sólo lo simularon en campaña. Entre la Unidad de Inteligencia Financiera, la Fiscalía Carnal y las cuentas públicas de muchos legisladores, la democracia sufrió una gravísima derrota. El formato de terciopelo del informe de Sheinbaum se construyó con la traición de quienes, cometiendo fraude electoral, solicitaron el voto para ser oposición y en los hechos terminaron siendo comparsas dóciles del régimen.

Quien aspira a conducir los destinos de este país, no fue capaz ni siquiera de sostener un diálogo y debatir con legisladores locales. La caja de cristal en la que gobierna explica la miopía de la ciudad que dibujó y que sólo existe en sus discursos. El pánico a ser cuestionada por la tragedia del Metro en Tláhuac, su derrota electoral en las urnas, la vulneración de las facultades de los alcaldes de oposición electos, su papel como accionista en el romance del nuevo boom inmobiliario del cártel que tanto ha dañado la calidad de vida de los capitalinos, el saldo de más de 80 mil muertes confirmadas por Covid-19 y la quiebra de más de 33 mil negocios, la hizo esconderse como lo hizo antes Florencia Serranía después de las 26 muertes en la línea 12.

La científica que se ufana no sólo de ser diferente, sino incluso mejor que la clase política tradicional, optó por la estrategia del avestruz y escondió la cara detrás de un formato ad hoc que resucitó, con costo a la democracia capitalina, los excesos fatuos del extinto "Día del Presidente" de la época del PRI.