México fue derrotado por el coronavirus. No fue un resultado por decisión dividida. Las tarjetas de los tres jueces son coincidentes y no le dan ni un round ganado a los mexicanos. El esfuerzo que han hecho miles de médicos fue estéril. Llevamos dos meses al hilo con 20 mil muertos, aun con cifras subestimadas por un poco confiable modelo centinela. Agosto no parece ser distinto a los meses anteriores. Cada semana hay un nuevo récord de contagiados y seguimos promediando 700 o 750 fallecidos diarios, con cifras oficiales.

Sin embargo, un fenómeno atípico acontece en la esquina mexicana, donde el boxeador, el coach y el staff técnico están tranquilos y no se reconocen derrotados. Para ellos, no haber caído por K.O. sabe a triunfo. Ellos dicen poder seguir otros 12 o 24 rounds más, sin saber que su única oportunidad de triunfo es que otro país encuentre la vacuna, y el Covid-19 sea el nuevo estandarte de la desigualdad. Cuando llegue la vacuna, primero los más adinerados tendrán acceso a ella, mientras los pobres seguirán en situación de riesgo en ocasiones mortal. Poco a poco, la vacuna irá llegando a más rincones del país, y nuestro estoico boxeador se atribuirá el triunfo, sin reconocer la vapuleada que recibió por casi un año.

En la metáfora boxística cualquiera puede ser el pugilista: AMLO, López-Gatell, el IMSS, you name it. Perdimos. Nuestra única esperanza es que alguien más desarrolle una vacuna de bajo costo y distribución masiva, para ponerlo en los nuevos billetes de 500 pesos, que reciba el Nobel y ver la luz al final del túnel. No me gusta ser fatalista, pero el panorama es desalentador. A las autoridades cada vez más se les acaban los pretextos. Pasamos por minimizar el problema, pedir abrazarnos, salir a consumir a las fondas y restaurantes, a cerrar todo, a reabrir casi todo, a culpar a la hipertensión y diabetes, a satanizar a las refresqueras, panificadoras e industria azucarera, a volver a minimizar el problema, a meter la cabeza en la arena y no dar respuestas concretas.

La realidad es que ya no hay forma de seguir tapando el sol con un dedo. López-Gatell ha recibido más desaires por parte de los gobernadores, que Cirilo en Carrusel de Niños. Ya nadie ve la conferencia. Más útil y digno sería twittear el número de contagios y fallecidos y seguir con el día. El contenido del informe diario es más inútil que los infomerciales de Lolita Ayala, donde te dicen que uses cubrebocas, pero que si no lo usas, tampoco pasa nada. Incluso la niña aplicada del salón morenista el viernes decidió ignorar al subsecretario estrella y se rehusó a regresar a la CDMX a semáforo rojo.


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Así, a más de 120 días en contingencia sanitaria y económica, ¿a quién culpamos? Las autoridades federales ya le pasaron la responsabilidad (y una parte de la culpa), a los Gobiernos estatales. Los voceros oficialistas, sin decirlo explícitamente, le atribuyen la culpa a la ciudadanía, que no se puede estar quieta y sin visitar a la familia o amigos. Los más técnicos, ya culparon a la densidad poblacional, a las enfermedades prexistentes y a la necesidad de muchos de salir a casa para buscar un ingreso.

Otros menos articulados se quedan en el limitado argumento de decir que la pandemia y crisis económica es global y nos tocó sufrirla, así que poco podemos culpar a las autoridades por algo que excede sus capacidades. Por último, lo más optimistas dicen que no estamos tan mal, nos comparan con Bélgica en mortalidad por cada 100 mil habitantes y se quedan felices sabiendo que a un país de primer mundo le fue peor que a nosotros.

Como es costumbre, vamos por partes. Algunos tienen razón parcial. Otros realizan generalizaciones a modo queriendo comparar manzanas y naranjas. Y otros tantos defienden a su bando, atribuyendo todo lo bueno o malo a las autoridades, según sea el caso. Antes de desmenuzar los hechos, debemos entender que hacer comparaciones internacionales en cuestión de contagios y mortalidad, para realizar una evaluación concienzuda de los resultados es mucho más difícil de lo creemos. Por ejemplo, quienes se consuelan diciendo que estamos mejor que Bélgica, ignoran que este país contabiliza a los fallecidos muy diferente a México. Desde el inicio de la pandemia, ellos fueron el país más aprensivo y contaron como fallecidos por Covid a todos los confirmados o sospechosos, incluyendo a los que murieron en asilos o casas de retiro. Es claro que su cifra está sobrestimada, ya que fallecidos que pudieron haber muerto por otras causas, fueron contados como muertos por Covid. En México optamos por un modelo de control estadístico y no por una contabilidad lo más precisa posible. Desde los primeros meses de la pandemia, Hugo López-Gatell confirmó que hay más fallecidos que los reportados. Entonces, al comparar a Bélgica con México, no podemos ignorar la metodología de los reportes de contagiados y fallecidos para poder tener una conclusión más sólida.

¿Todo es culpa de la gente o de las autoridades? La respuesta fácil es de ambos. Es probablemente aquí donde el análisis más objetivo se puede realizar, mismo que requiere de una buena dosis de investigación que al día de hoy, no he leído y urge que alguien documente. Si bien la pandemia y la crisis económicas son globales, son las acciones gubernamentales domésticas, las que han contenido o prolongado los efectos de la pandemia.

La primera variable a analizar es cualitativa, y se refiere a lo que ha hecho cada Gobierno como medidas para la contención de la crisis y contingencia. Algunos países otorgaron subsidios en efectivo a los negocios para ayudarlos durante el cierre, otros apoyaron a los trabajadores, otros tuvieron medidas más restrictivas para la movilidad de los ciudadanos. Ejemplos claros son Alemania, que redujo el impuesto al valor agregado para contener la baja en el consumo, y Colombia, que restringió la movilidad al permitir salir a los hombres y mujeres en días alternados.

La segunda variable es cuantitativa. Lejos de comparar muertos y contagiados, considero que debemos contar los días que le ha tomado a cada Gobierno la contención de la crisis sanitaria. Muchos argumentan que si bien tenemos más muertos que Francia, España o Reino Unido, también tenemos más población. Comparar los fallecidos es dar un vistazo parcial de la realidad, es más adecuado saber que aunque la crisis sanitaria llegó antes a Europa que a América, del otro lado del Atlántico han regresado a actividades desde hace más de 60 días y sin vacuna. De este lado del océano ya deberíamos de estar saliendo y, al menos, EUA, México y Brasil no tienen ni para cuando. Qué tan rápido un país cerró fronteras y comercios, entró a confinamiento, salió de él y con qué medidas gubernamentales, debe ser uno de los verdaderos temas de análisis para poder realizar comparativos entre países.

Sin ánimo de sobre generalizar, tenemos una población desordenada e indisciplinada, con montones de enfermedades prexistentes y el mayor consumo de refresco per cápita a nivel mundial, con una población de más de 100 millones de habitantes y con algunas ciudades altamente densas. La gran pregunta es, ¿si ya sabíamos que éramos un caldo de cultivo para morir por decenas de miles, no era necesario tomar medidas más restrictivas en la movilidad, más drásticas en el aislamiento, un refuerzo presupuestal al sector salud, la elaboración de un plan de emergencia de conversión de edificios públicos a hospitales y un ingreso mínimo universal para evitar que la gente saliera de su casa? ¿Realmente las autoridades están haciendo todo lo que está en sus manos para evitar mayores pérdidas humanas o las prioridades gubernamentales están más enfocadas a la construcción de un tren y una refinería en el sureste? ¿con la recomendación de lavarnos las manos y usar cubrebocas cuando se nos diera la gana basta? Cada quien saque sus conclusiones…