La desafortunada decisión del presidente de la República de retomar sus giras en el momento más álgido de la pandemia, tiene rasgos de megalomanía y de esquizofrenia.

Más allá de la irresponsabilidad histórica de salir y mandar con ello una señal que debilita los esfuerzos de distintas autoridades (comenzando por su vocero en el tema, López-Gatell) y de millones de mexicanos que han sobrevivido a una cuarentena por demás agotadora –emocional y económicamente–, los saldos políticos y humanos son aterradores.

En efecto, ya estando en el sureste del país, y sabedor de los efectos que traerían consigo las tormentas "Cristobal" y "Amanda", López Obrador pudo haber cancelado los eventos de culto a su ego y a sus elefantes blancos, para convertir su gira en visitas de apoyo y auxilio para los mexicanos que han sido afectados por estos fenómenos meteorológicos.

Pero eso es mucho pedirle un gobernante cuyas decisiones públicas parten de la búsqueda de la autocomplacencia. Por eso, en Chiapas prefirió anunciar la depredación de la selva y hablar del Tren Maya que ir a visitar a los mexicanos de Ostuacán y Pichucalco, donde la Coordinación Nacional de Protección Civil emitió una Declaratoria de Emergencia en Yucatán también habló del mismo tema y prefirió ignorar que en municipios como Ticul, al sureste del Estado, las autoridades estatales tuvieron que desalojar las viviendas por riesgo de pérdida de vidas. Y en Tabasco celebró el Día Mundial del Medio Ambiente visitando las 704 hectáreas de terreno que habrá de depredar su gobierno en Paraíso, para construir la anegada refinería de Dos Bocas.


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Quien decía que, por el bien de México, primero los pobres, no tuvo ni un segundo para ir a visitarles y echarles una mano. Para él, aquellas inundaciones y el dolor que trajeron consigo para miles de afectados, no existen, o quizá crea que es un tema pasajero, del que nadie hablará en unos días. En el fondo, está la vileza y la mezquindad ególatra y esquizofrénica de no acudir porque, de hacerlo, tendría que legitimar al FONDEN como el instrumento para apoyarles; pero resulta que en su agenda, y en la agenda de su partido, está la desaparición de ese fideicomiso, tal como quedó expresado en la iniciativa presentada por la morenista Dolores Padierna en la Comisión Permanente el pasado 20 de mayo; iniciativa en cuya exposición de motivos no se expresa el más mínimo valor moral para decirle al pueblo de México por qué quieren desaparecer el FONDEN.

Mientras en el sureste no para de llover, y las vidas y el patrimonio de miles de mexicanos siguen en riesgo dada, la precariedad de muchas de estas viviendas, el sedicente "presidente de los pobres de México" ni los vio ni los oyó esta semana, con todo y que se encontraba en la misma zona. ¿Habrase visto algo similar con algún otro presidente?

La de Andrés Manuel pudo haber sido otro tipo de gira, una eminentemente productiva y solidaria en un momento muy difícil para quienes habitan aquella región del país; pero el Presidente no habría tolerado una foto o algún evento legitimando un Fideicomiso que él ya ordenó desaparecer, y ni modo que ahora dé marcha atrás; en su lógica, el Presidente no se equivoca ni puede titubear, aunque ello provoque el sufrimiento de miles de personas. Así la calidad humana de quien hoy nos gobierna.