Tan sólo 48 horas después que la jefa de Gobierno hubiera anunciado con bombo y platillo la reducción de 44% de los delitos de alto impacto, vino el rebote de la pandemia: un atentado en pleno Paseo de la Reforma.

No es ningún secreto que el virus del crimen organizado se ha esparcido por la Ciudad de México, y que ha operado impunemente durante años. En reiteradas ocasiones, integrantes del gremio restaurantero de las colonias Roma y Condesa han denunciado públicamente el cobro de derecho de piso, o la extorsión para permitir la venta de droga en sus establecimientos.

Tampoco es desconocido que con la altísima cifra negra de delitos no denunciados que tenemos, las estadísticas oficiales en materia delincuencial son más imprecisas que las del modelo centinela de López-Gatell. Lo que sí sabemos, es que en ninguna encuesta de percepción ciudadana, los capitalinos se sientan seguros. Las cifras son devastadoras. En 2012, 70% de los capitalinos percibía que la CDMX era un lugar inseguro. Hoy esa cifra asciende a 89%, de acuerdo al INEGI.

El atentado al secretario Omar García Harfuch vino solamente a confirmar lo que ya sabíamos: la estrategia de abrazos, no balazos y acusar a los malosos con sus mamás y abuelitas no ha funcionado. El protocolo hacia la "nueva normalidad" en el semáforo naranja incluirá el uso obligatorio de chaleco antibalas, sin joyas visibles, viajar en un Jetta como el del presidente (dije Jetta, no caravana de Suburbans) y siempre llevar un bolillo pa´l susto.


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Los aplaudidores oficiales comentan que el intento de asesinato es una prueba que el Gobierno no tiene nexos con el narcotráfico y lo están conteniendo. Argumento más falso que el rack de Lyn May. Si realmente se está haciendo la tarea en materia delincuencial, ¿dónde están los detenidos? ¿Dónde están los decomisos? Más allá de romantizar actos heroicos y volver un rockstar a García Harfuch, debemos cuestionar si la estrategia de no hacer absolutamente nada está logrando pacificar al país, reducir los crímenes violentos y generando un entorno de mayor seguridad para los ciudadanos.

Esta historia ya la vimos, pero en versión western chafa, cuando Jaime Rodríguez Calderón, El Bronco, logró repeler dos intentos de asesinato, y con eso se volvió hasta presidenciable. Me da gusto que tanto El Bronco como García Harfuch hayan sobrevivido, sólo tengamos claro que eso no significa haber logrado absolutamente en beneficio de la ciudadanía.  

Sacudirse la soberbia es una de las tareas más difíciles para un gobernante. Reconocer que hace falta un cambio de estrategia requiere de un profundo nivel de introspección y autocrítica. Necesitamos que la jefa de Gobierno actúe con autonomía y cabeza fría. Así como se paró con autoridad, frente a AMLO con el uso del cubrebocas, necesitamos que nuestro Gobierno local se separe del despropósito de estrategia nacional del laissez-faire a los criminales. Hoy no se ve ni por dónde.

En 9 de cada 10 decisiones, AMLO tiene a la Dra. Sheinbaum más amarrada que a la doñita de 50 Sombras de Grey, y en ambos escenarios, doña Clau pierde. Si le hace caso a su patrón y no hace nada, en cualquier momento, la menor chispa iniciará una guerra entre los cárteles y pasaremos a semáforo rojo. Por el otro lado, si toma distancia de AMLO, se debilitan sus aspiraciones de ser la candidata del partido oficial a la Presidencia. 

Solamente nos queda esperar lo mejor, estando preparados para lo peor. Nunca es un buen momento para dejar crecer el crimen. Sin embargo, si hay un momento especial en el que se debe evitar, es precisamente durante una crisis económica. Una ciudad donde reina la impunidad, con autoridades blandengues y con células criminales cada vez más fuertes, mezcladas con un incremento en el desempleo y cierre de empresas, es el equivalente al paciente con coronavirus, diabetes, asma e hipertensión. Comenzarán poco a poco los delitos de pobreza. Habrá cada vez más jóvenes en el desempleo, con pocas opciones y con grupos delincuenciales en crecimiento. Estamos formalmente en los Juegos del Hambre, donde no sabemos qué nos matará primero: la delincuencia, el coronavirus o la pobreza. Mal día para la Ciudad.