El 31 de marzo pasado, la oficina del Primer Ministro de Israel dio a conocer que se ha logrado un progreso significativo en el desarrollo de la vacuna y el anticuerpo para el coronavirus, así como también que se están haciendo preparativos para comenzar la experimentación en animales.

El 22 de febrero de 2019 fue lanzada desde el Centro Espacial Kennedy la nave espacial israelí Beresheet, la cual tenía como propósito alcanzar la superficie lunar a fin de realizar diversos experimentos, lo que convertiría al Estado Hebreo como el tercero en llegar a nuestro satélite natural.

A pesar de la opacidad que existe al respecto, se cree que Israel posee un arsenal compuesto por ochenta cabezas nucleares en el desierto de Néguev, las cuales serían lanzadas en caso de un ataque por parte de sus vecinos árabes, o de algunos países más lejanos como Rusia, Pakistán, India o China.

La investigación acerca del coronavirus ha colocado a la nación del Medio Oriente a la cabeza de la lucha en contra de la pandemia, a la par del Reino Unido, China, Francia y los Estados Unidos. Si bien el alunizaje de Beresheet fracasó, el intento por llegar a la Luna habla del dinamismo que caracteriza a la ciencia y tecnología israelíes.

Disponer de misiles nucleares no sólo requiere de una vocación de poder, sino del uso adecuado de vastos recursos materiales y humanos. Los ejemplos antes citados dan cuenta de la capacidad israelí para fortalecer su posición a partir de la explotación del conocimiento científico y la innovación tecnológica, esto a escasos 72 años de la fundación del Estado judío en medio de condiciones nada favorables.


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Los éxitos de Israel, un país de apenas 22 mil kilómetros cuadrados, una superficie similar a la del Estado de México, se pueden explicar, entre otros factores, a su escasez de recursos naturales, lo que hizo de la necesidad una virtud, pues ante la carencia de riqueza, siempre queda la opción de echar a andar el cacumen, tarea que ha distinguido al Estado judío desde su creación.

Instituciones de educación superior como la Universidad Hebrea de Jerusalén hoy gozan de prestigio internacional y de ellas han egresado algunos premios Nobel de química como Dan Shechtman, Ada Yonath,  Aarón Ciechanover y Avram Hershko. La obtención de tales reconocimientos sería imposible de entender si no fuera por el gasto realizado en investigación y desarrollo, 4.54 % del PIB en 2017, según cifras de la Unesco.

Mientras eso sucede en el Cercano Oriente, en el Centro de Investigaciones y de Estudios Avanzados del IPN, una de las más prestigiadas instituciones científicas mexicanas, el investigador Luis Marat Álvarez, quien desarrolló una prueba para detectar el coronavirus, cuyo costo ascendería a 50 pesos, refiere que las medidas de austeridad implementadas por la administración pública federal podrían llevar a la paralización de actividades en el Centro. 

Se puede establecer en la Ley de Ciencia y Tecnología que el gasto nacional en este rubro no podrá ser menor al 1% del PIB, pero mientras tal imperativo no se haga efectivo, poco cambiarán las cosas. El ataque a la comunidad científica, el desprecio por el desarrollo tecnológico y el discurso anti intelectual, lejos de resolver nuestra dependencia hacia países más desarrollados, provocarán desaliento entre los estudiantes e investigadores, quienes no verán en el conocimiento una opción de vida. Mediocridad y fuga de cerebros serán las consecuencia