Escribo estas líneas sin conocer el resultado de la elección presidencial de los Estados Unidos. Preocupada por el rumbo que tomará nuestro principal socio comercial; angustiada porque la reelección de Trump garantizaría cuatro años más de genuflexión de nuestras autoridades ante un poder imperial arrogante, majadero, ajeno a las buenas formas que deberían existir entre aliados; un cuatrienio adicional de humillaciones frente a una administración que, como dijera Carlos Fuentes, no respeta a quienes no le hablan fuerte y de frente.

A la par de tales emociones, también me siento esperanzada porque a pesar de los ataques a que se ha visto sometida la democracia estadunidense, ésta aún muestra vitalidad y eficacia, lo que podría significar un punto de inflexión en contra de los Gobiernos populistas que se han asentado en países tan diferentes como Hungría, Filipinas, Brasil, Israel, el Reino Unido, Polonia, Turquía, Italia, India… y México.

Estamos a nada de conmemorar 31 años de la caída del Muro de Berlín y no podemos menos que ver con indulgencia las expectativas generadas por el hecho. Tras la derrota del comunismo real se pensaba que el avance de la democracia se tornaría irreversible, que la apertura económica traería consigo mayor bienestar, pero tres décadas después debemos reconocer que las libertades políticas no bastan para asegurar el progreso de la gente, que la generación de riqueza distribuida en pocas manos socava a las instituciones y es fuente de resentimiento social y polarización, que la globalización ha dejado amplias franjas de perdedores.

Estamos ante los saldos dejados por democracias disfuncionales, políticos sobornables y cúpulas desprovistas de compromiso social, cuyas miserias quedaron expuestas durante la crisis global de 2008/09, pero que ahora resultan exacerbadas a la luz de la debacle provocada por la pandemia, elementos que, en su conjunto, han constituido el pienso del que se alimentan gobernantes iliberales, ignorantes, anticientíficos e incultos, como Trump, Duterte, Orban, Netanyahu, Duda, Bolsonaro, Erdogan, Johnson, Conte, Modi… y López Obrador.

Afectada por la polarización, los cambios demográficos, la crisis económica derivada del coronavirus y años de desacuerdos entre la clase política, la democracia norteamericana produjo a unos de sus peores productos, Donald Trump, un sujeto vil que lo mismo ataca a inmigrantes que a mujeres, que hace de la amenaza su garrote de negociación, un riquillo caprichoso carente de empatía hacia las víctimas de la violencia policial, un actorcillo de reality show a quien se le da eso de ofender a México, pero no cumplir con sus obligaciones fiscales.

Carente de escrúpulos y de vocación institucional, el magnate hizo de su Gobierno una extensión de sus resentimientos y fobias, convirtiéndose así en el máximo exponente del populismo que ahora nos afecta, un mensaje poderoso remitido desde una de las democracias más saludables: “todo se vale”.

De confirmarse el triunfo de Biden, los Estados Unidos demostrarán la flexibilidad que poseen la democracia y el capitalismo para corregir sus desperfectos, reiterando así la viabilidad de ambos modelos, ambos a cual más de perfectibles. El pueblo norteamericano demostraría así que es posible castigar en las urnas a un mal presidente, que la gestión pública ejercida a contrapelo de los hechos acarrea consecuencias, que con el resentimiento se ganan elecciones, pero no se gobierna adecuadamente, que es posible superar la polarización, pero para ello se requiere de políticos mesurados que antepongan el interés de la nación por sobre el de sus partidos. Quedará por ver si el candidato demócrata acredita contar con tales credenciales.

Nadie dude que, de consumarse la corrección emprendida por el electorado norteamericano, ésta tendrá repercusiones planetarias, pues con ello quedaría acreditado que es posible el retorno a la institucionalidad y al raciocinio. Las ondas provocadas por esa ola alcanzarán a México. Sólo es cosa de esperar a 2021.