Cada cuatro años, el primer martes de noviembre, los mexicanos presenciamos un evento que podría parecer ajeno, pero que en realidad reviste de gran importancia para nuestro país: las elecciones presidenciales en Estados Unidos.

Este proceso electoral es relevante para nosotros ya que la influencia que ejerce nuestro vecino del norte sobre México es innegable. La intensidad de la relación bilateral en distintas áreas es tal, que ha llegado a ser uno de los elementos que definen nuestra propia política interna, desde la gestión de los flujos migratorios en el territorio nacional hasta los discursos del presidente.

El próximo mes de noviembre, el presidente republicano Donald Trump se juega su continuidad en el cargo por un nuevo periodo de cuatro años. Sin embargo, de acuerdo con los últimos sondeos, el candidato del Partido Demócrata, Joe Biden (vicepresidente de Barack Obama de 2008 a 2016) lleva –hasta la entrega de este texto–, al menos nueve puntos de ventaja sobre el actual mandatario.

Si esta tendencia se mantiene y el candidato demócrata obtiene el triunfo, nuestro Gobierno quizás no tenga la mejor carta de presentación frente a una posible nueva administración en Estados Unidos, a partir de enero del próximo año. Aunque en este momento el cambio es muy probable, no podemos darlo por hecho.

Es importante recordar que el sistema electoral estadounidense es de elección indirecta; es decir, los votos de las y los ciudadanos no se traducen directamente en votos para un candidato, sino que son representantes de cada estado quienes votan por uno de los dos candidatos presidenciales, con base en los resultados de la elección. Estos representantes integran el Colegio Electoral, compuesto por 538 integrantes repartidos entre los 50 estados. Cada estado tiene un número diferente de electores; por ejemplo, California tienen un mayor número de electores (55) en comparación con Texas (38); por ello, en Estados Unidos no gana la elección el candidato que obtenga más votos, sino el que gane en la mayoría de los estados.

Gracias a este sistema, el voto popular no necesariamente se ve reflejado en el resultado final; tal como pasó en 2016, cuando Trump ganó con 306 votos electorales y 62 millones de votos populares, contra los 232 votos electorales y 65 millones de votos para Hillary Clinton, la entonces candidata del Partido Demócrata.


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No obstante, hasta ahora Biden mantiene una constante ventaja sobre Trump; lo cual debería ser motivo de preocupación para más de uno en el actual Gobierno. Sobre todo, a raíz de la entrevista que otorgó Juan González, consultor de campaña del candidato demócrata, en la que afirma que el encuentro entre nuestro presidente y su homólogo estadounidense, el pasado 8 de julio, bajo el pretexto de la entrada en vigor del T-MEC, podría tener un costo político para nuestro país.

Para la revista Proceso, González señaló, entre varias cosas, que “la militarización de las fronteras es inconsistente con el valor de Estados Unidos y […] con los valores que anunció López Obrador en su campaña”, dejando entrever la diferencia política entre las posturas demócratas y republicanas, así como con algunas acciones de nuestro mandatario.

La relación entre los demócratas y el actual Gobierno mexicano ha sido complicada, en gran medida por la complacencia que el presidente López Obrador ha mostrado hacia Donald Trump. No olvidemos que la Guardia Nacional se ha convertido en el “muro fronterizo humano” que detiene el paso de migrantes centroamericanos hacia el país del norte; y que el discurso actual de nuestro mandatario está muy lejos del enérgico rechazo que manifestaba frente a las acciones y declaraciones xenófobas del presidente republicano cuando era candidato presidencial.

El pasado 1 de julio, integrantes de la bancada demócrata en el Congreso de Estados Unidos expresaron, en una misiva dirigida a Trump, su "preocupación y condena" sobre la visita de López Obrador, a la que señalaban de ser tan sólo un intento para distraer la atención de la crisis sanitaria y no una reunión sobre el T-MEC, puesto que, de ser así, carecería de sentido llevarla a cabo sin la presencia del primer ministro canadiense Justin Trudeau.

La expresión de estas molestias alcanzó a nuestro presidente; sin embargo, la reunión se llevó a cabo, causando fuertes críticas por parte de los demócratas en la Cámara de Representantes (el equivalente a la Cámara de Diputados en Estados Unidos).

Entre los mayores señalamientos que se hicieron destaca que, en el discurso de López Obrador, éste comparó al presidente Trump con George Washington (considerado el “padre de la patria”) y afirmó que ha tratado a los mexicanos con respeto; mientras que los demócratas consideran al actual mandatario el más corrupto y condenan su política migratoria como una política racista.

Aún quedan tres meses para unos comicios que definirán el rumbo no sólo de Estados Unidos, sino del mundo. Si el presidente republicano logra reelegirse, el Gobierno mexicano habrá hecho la apuesta correcta; pero si el resultado es distinto, será necesario reconocer los errores y limar asperezas.

Por el bien de nuestro país, de nuestra comunidad migrante en Estados Unidos y del futuro nuestra región, espero que el resultado sea el segundo. Contrario a lo que opina el presidente, considero que su homólogo representa una amenaza a nuestra soberanía, un gran enemigo de nuestros connacionales en su país y un factor de riesgo latente para el delicado equilibrio global.

Independientemente de la decisión que tomen los estadounidenses, nosotros seguiremos exigiéndole resultados a nuestro Gobierno. En este caso, le exigimos congruencia y visión de Estado para velar por los intereses de México y de los mexicanos.

Senador de la República

Presidente de la Comisión Anticorrupción, de Transparencia y de Participación Ciudadana