¿Alguna vez se han puesto a pensar por qué los seres humanos caemos con tan poca gracia? A diferencia de otras especies que la evolución ha dotado de técnicas envidiables para prepararse en caso de una caída (ej. gatos, ardillas), cuando los humanos damos nos damos un guamazo, nuestro primer reflejo es extender los brazos y poner las manos.

Estamos tan acostumbrados a caer de esa forma, que a todos nos resulta normal. Sin embargo, si lo analizamos 30 segundos, nos damos cuenta que es contraintuitivo, y hasta estúpido. Para empezar, los brazos extendidos tienen pocas cualidades amortiguadoras. En segundo lugar, una de las partes más débiles de nuestro cuerpo son las muñecas. Mala idea ponerlas como principal receptor del impacto. Mucho mejor opción sería que en caso de caída, la evolución nos hubiera programado para proteger la cara con los antebrazos, enrollar el hombro, recoger piernas, y hacernos bolita como los dobles de las películas.

Mi ocio de pandemia no quedó allí, y me puse a investigar con un poco más de profundidad y llegué al Reflejo de Moro. Sin mucho choro, Ernst Moro descubrió que cuando la cabeza se mueve hacia abajo en un recién nacido en más de 10 cm, el bebé experimenta una sensación similar al momento de caer, y el acto reflejo es extender las extremidades por completo y llorar. El razonamiento de otros investigadores posteriores, concluye que los bebés han sido programados de esa forma, ya que en caso de caída, al extender brazos y piernas, maximizan sus probabilidades que su madre los alcance a tomar y aumente sus posibilidades de supervivencia. En resumen, cuando nos caemos, extendemos todo el cuerpo porque esperamos que una exógena fuerza superior venga en nuestro rescate, en vez de ver como amortiguamos el impacto nosotros solos.

Cuando leí el presupuesto de egresos federal 2021 que se votó hace unos días, me quedó claro que la neonata 4T está esperando justo eso, que una fuerza exógena la rescate. La caída de la economía no es un zopetón de segundos. Hay señales, indicadores y alternativas de rescate. Es como si la caída fuera en una gran cámara lenta, una que nos da oportunidad de tomar cientos de decisiones en tiempo real para decidir si amortiguamos el impacto, o si extendemos los brazos para pegarnos en un punto frágil. Las primeras señales que recibimos, fue el crecimiento cero de 2019. Durante el primer trimestre de 2020, vino la recesión y finalmente, durante el segundo y tercer trimestre del año, los efectos de la pandemia.

Predecir los efectos que tendría el Covid, era imposible de cuantificar al inicio de la pandemia. Sin embargo, lo que sí resultaba evidente es que nos encontrábamos en una situación vulnerable, en plena caída y el Covid representó el piso jabonoso que terminó por tirarnos estrepitosamente.

En vez de proteger el empleo y la producción, la 4T decidió extender sus extremidades buscando que de manera mística y mágica, el precio del petróleo suba en cuanto esté terminada la refinería y podamos volver a hacer angelitos en billetes a la rico McPato. En vez de combatir la generación de 10 millones de pobres nuevos, se decidió levantar los brazos al cielo para que el Tren Maya resulte en la compensación de la riqueza perdida desde principios del año.  

Se puede ser condescendiente y argumentar que durante 2020, la crisis nos agarró desprevenidos. Fue un mal año para todos y tocó improvisar. Sin embargo, no hay pretexto para malplanear el próximo 2021. Ya sabemos a lo que nos enfrentamos. Ya se hizo frente a los boquetes fiscales a través de la extinción de los fideicomisos públicos.

Sin embargo, en plena pandemia, y con esperanza de que la vacuna para el Covid-19 llegue durante el primer semestre del próximo año, ¿realmente es buena idea no tener una partida presupuestal para ese fin? Sabiendo que miles de mexicanos han perdido sus empleos, o visto disminuidos sus ingresos derivados de la crisis económica, ¿no tendría que haber sido anunciado con bombo y platillo un programa de rescate de la economía mexicana, preservando los trabajos de los mexicanos? Ya con conocimiento de causa, sobre la alza sostenida en los precios, y confirmado por el Banco de México que será muy difícil mantener la meta inflacionaria de este año, ¿no era necesaria una flexibilización de la normatividad fiscal para incentivar al consumo y que el dinero circule?

Tan no hay nada nuevo en este presupuesto, que pocas notas cubrieron su aprobación. Al Gobierno todavía no le queda claro que vivimos tiempos atípicos, y que se necesita de todo el talento, creatividad y disposición para hacerle frente a los problemas que ya experimentamos y seguimos ignorando.

México está cayendo en slow-motion. Nuestra rodilla ya está raspando el suelo y tenemos el cuerpo suspendido a centímetros de la superficie. Tuvimos 9 meses para planear el rumbo del 2021 para intentar amortiguar el impacto. Como buen católico que es, AMLO decidió literalmente poner la otra mejilla en el pavimento. Ni las manos vamos a meter. Va a doler.