Todo empezó como un juego, los lentes de pasta, la búsqueda de productos artesanales, usar madera en vez de plástico para decorar, todo en ánimo muy retro. Y después, se descontroló. Desde el 1 de diciembre de 2018, pareciera que México se introdujo en un capítulo de Stranger Things.

Más ochentero no puede ser el panorama: hay recesión económica, la moneda se ha depreciado aceleradamente, tenemos un gabinete que vivió sus mayores frustraciones en los sexenios de Miguel de la Madrid y Carlos Salinas, y la nueva, hemos puesto nuevamente al petróleo y los combustibles fósiles, como el eje rector de la política energética.

Que no haya confusión. No es un elogio. Lejos que 2020 parezca una aventura divertida dirigida por Robert Zemeckis, nuestro viaje en el tiempo es más comparable a un video de Locomía o al peinado de permanente de Hugo Sánchez jugando con los Pumas de la UNAM. Feo. Ridículo. De pena ajena. Sin embargo, no podemos olvidar que aun cuando nuestro presidente ingresó a la universidad en 1973, pasó prácticamente toda la década de los ochenta intentando graduarse.

Durante este tiempo desarrolló tal amor por lo vintage, que, hace unos días, la Secretaría de Energía emitió un decreto por el que obstaculiza la generación de energías limpias, a costa de producir con combustóleo, como en los años ochenta. Este despropósito no tiene sentido económico, productivo, ni ambiental.

Para empezar, con cifras emitidas por la propia Comisión Federal de Electricidad, la generación de energía eléctrica con combustóleo es mucho más cara que con cualquier otro método, de 138 dólares por megawatt, a 67 dólares en promedio, para las energías renovables.

¿Cuál es el trasfondo de elegir un camino más caro que tendrá un impacto negativo en el precio final del servicio, además de un golpe más a la imagen presidencial? Sencillo. Salvar al hijo moribundo. Si vieron La Decisión Más Difícil, con Cameron Díaz, es igualito. En la película, una niña padece leucemia, así que los padres eligen tener otra bebé que sirva como fábrica de sangre, plaquetas, médula y órganos para intentar salvar a la primera hija.


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En nuestra historia, la primera hija se llama Pemex, la segunda, CFE, y AMLO quiere salvar a su favorita, a costa de la que se encuentra sana. Sin muchos rodeos, a finales del año pasado, la Organización Marítima Internacional anunció que sería obligatorio para los buques, reducir el nivel de azufre en el combustóleo que se utiliza al navegar. De esta forma, el combustóleo que produce Pemex, no se adaptó a las nuevas medidas internacionales, y su precio fue castigado. Hoy tenemos más combustóleo del que podemos vender, en un mundo que cada vez busca mejores vías para transitar hacia las energías verdes. La solución de Javi Noble: que CFE compre el combustóleo para que Pemex viva un día más.

En segundo lugar, hablemos de los impactos en la producción y los precios. Sencillo, todos pierden. El consumidor de a pie pierde doble. En primera instancia, su recibo de luz podría llegar más barato si CFE produjera energía a menores costos. En segunda, todos los productos y servicios que son intensivos en el uso de la energía eléctrica como insumo, también incrementan sus costos, y al final, el consumidor termina pagando al menos una parte de esta pérdida de bienestar.

Para los empresarios el resultado no es muy distinto. Tener energía cara, significa que se incrementan sus costos de producción, y su competitividad internacional disminuye.

Durante 2019, México bajó dos posiciones en el Índice de Competitividad Global, publicado por el Foro Económico Mundial, del lugar 46 al 48 de 141 países analizados. Por otro lado, en la categoría Obtención de Electricidad del Banco Mundial en el Doing Business 2019, México ocupa el deshonroso lugar 99 de 190 países evaluados. ¿Buen momento para producir electricidad más cara y sucia? Díganme pesimista, pero creo que la respuesta es no. No. Fuck no.    


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Por último, y no por eso menos importante, está el medio ambiente. Durante 2015, México aceptó el Acuerdo de París, dentro de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Irónicamente, la aplicación del acuerdo no debía ser después del año 2020. El objetivo planteado fue disminuir entre 40 y 70% las emisiones de dióxido de carbono para el año 2050, y reducirlas en un 100 por ciento para 2100. El documento es explícito y abundante en las recomendaciones para países en desarrollo.

Entre ellas destacan el uso de la biomasa para la generación de energía, así como expandir la capacidad instalada en plantas eólicas e hidroeléctricas. La autogeneración de energía es una opción incluso para los países africanos. México debería transformarse no únicamente con el objetivo de tener energía más barata y ser más competitivo, sino también con la meta que los consumidores de energía doméstica tengan un cambio de paradigma y puedan generar con paneles solares, la mayor parte de la electricidad que consumen.

Abaratar costos es solamente uno de los componentes de lo que debería ser la verdadera transformación. Otro, igualmente importante, es la adopción de tecnologías más eficientes en el uso de la electricidad. Es decir, consumir energía más barata, pero también en menor cantidad.

¿Qué sigue? Lo clásico. Una batalla legal por quienes buscan defender la producción de energías limpias, la cantaleta presidencial que todo es en pro de la lucha anticorrupción, oídos sordos, protestas desde la cuarentena de cuanta organización ambiental exista en el país, pero en el fondo... Nada. No pasará nada. México seguirá los pasos del Doctor Brown y Marty McFly, en un viaje peligroso al pasado, y AMLO seguirá siendo el presidente más hípster de la historia.