Antes de empezar, el lector debe saber que este artículo no lo hará reflexionar sobre el egoísmo, falta de solidaridad o cualquier elemento que tenga como objetivo volverlo mejor persona...

Dicho lo anterior, al punto. Desde épocas de la antigua Grecia, pasando por el renacimiento, la ilustración, la época universitaria de Olga Sánchez Cordero y la etapa moderna del pensamiento filosófico, el ser humano ha disertado sobre el conflicto que implica el actuar individual en contraposición con el bien colectivo. En la teoría económico-política, fue Mancur Olson en 1965 quien mejor describió las complicaciones que conllevan el egoísmo en asuntos que requieren la acción colectiva.

Todo parte de la racionalidad del individuo (o la ausencia de ella). En estricta teoría, los seres humanos deberíamos tomar decisiones en función de nuestra conveniencia. Es decir, si tengo un trabajo, no es necesariamente por hacerle un favor a nadie, sino para mantenerme ; y si compro A o B productos, lo hago porque sus características cumplen mis necesidades y se ajustan a mi presupuesto, no por ayudar al fabricante.


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Sin embargo, ¿qué sucede cuando entre todos los miembros de la sociedad deben aportar para poder tener acceso a bienes públicos, imposibles de obtener de manera individual? Ejemplos hay trillones. Uno de los más frustrantes es el pago de las cuotas de mantenimiento en un edificio, ya que incluso el vecino que no paga, disfruta de la vigilancia, pintura, iluminación y demás servicios que pagan las cuotas de los demás condóminos. La teoría diría que lo estrictamente racional (y gandalla), es no pagar. Si puedo obtener el beneficio a costo cero, entonces no hay razón para hacerlo. Sin embargo, aquí el dilema, ya que si todos pensamos así, el servicio es incosteable y ningún miembro de la comunidad puede disfrutar los beneficios colectivos.

Los tiempos de Covid-19 son un laboratorio en tiempo real para los sociólogos y economistas del comportamiento. Si solamente unos cuantos cumplen con las medidas de confinamiento (que tienen un costo implícito altísimo), y otros no, difícilmente la comunidad en su conjunto, saldrá del aprieto. Excluyamos a los trabajadores del sector salud, actividades esenciales y quienes desafortunadamente viven al día y tienen que arriesgarse para llevar sustento a casa. Me refiero a quienes organizan fiestas clandestinas, visitan familiares, salen sin motivo fundado y rompen las recomendaciones por todos conocidas. Son estas acciones individuales, a costa del bienestar colectivo, las que nos tienen hoy en claro crecimiento exponencial en el número de contagios.  


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Los Reportes de Movilidad Comunitaria de Google nos permiten tener un pequeño vistazo del nivel de disciplina que tienen los países afectados por la pandemia, para quedarse en confinamiento. Al interpretar el informe, es necesario considerar que algunos países tomaron medidas más drásticas y también se debe tener en cuenta que los gobiernos comunican de maneras muy diferentes la gravedad de la situación a sus ciudadanos.

Estudiar el caso mexicano es similar a tratar de hacer análisis de discurso de 'Doña Florinda' o 'Cantinflas'. Los ciudadanos recibimos estímulos en direcciones contrarias prácticamente todos los días. Mientras el presidente nos decía que la pandemia no era grave, las autoridades sanitarias recomendaron el aislamiento, el Subsecretario de Salud por allá de marzo, dijo que una política era más eficiente si se implementaba más tarde en el horizonte de tiempo, se autorizó el Vive Latino, después se recomendaba no usar cubrebocas. Después nos dijeron que sí. Después el Presidente anunció que iría de gira. Pero el resto del país no. Entonces, ¿cómo están las cifras?


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La Universidad John Hopkins (sí, la mismita donde estudió Hugo López-Gatell), publicó un estudio que coloca a México como el país latinoamericano con la tasa más alta de mortalidad. Este documento ya fue refutado por el Presidente de los otros datos. Sin embargo, en la vida real, México tiene una tasa de mortalidad del 11.2%. ¿Eso es mucho o poco? Poco, si lo comparamos con países que ya superaron la crisis, pasaron por su nivel más alto de mortalidad, y regresaron a las actividades, como Francia o Italia (15.2% y 14.3%, respectivamente). Pero si lo comparamos con Suecia (11.8%), que no ejecutó absolutamente ninguna medida de confinamiento, y al igual que México, continúa en claro ascenso en el reporte de casos confirmados, entonces estamos mal. Muy mal. Suecia decidió ser el chico rebelde y no siguió las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, no cerró ninguna actividad, ni emitió mayor alerta a sus ciudadanos. Hoy México y Suecia tienen tasas casi idénticas de mortalidad. Tal pareciera que el esfuerzo que están haciendo millones de mexicanos para quedarse en casa, sacrificar su ingreso, poner en riesgo sus negocios, y su estabilidad psicológica y emocional, no sirve para nada. Como escribiría atinadamente el filósofo norteño Ricardo Javier Muñoz: ¿y todo para qué?


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Es muy temprano para señalar culpables. Eventualmente habrá que hacer análisis cuantitativo que tenga variables de control por predisposición genética, número de pruebas por cada 100 mil habitantes (que no hemos hecho, by the way), severidad de las normas de confinamiento y un largo etcétera que nos permita desmenuzar la causalidad entre aciertos y errores. Pero mientras, intentemos saber si los mexicanos estamos logrando el reto colectivo de aplanar la curva de la pandemia, o si nos falta coordinación, solidaridad, o medidas más drásticas que nos obliguen a estar en casa. Lo que se ve en redes y diversas notas periodísticas, es que nos ha faltado disciplina colectiva para enfrentar la crisis.

AMLO refuta que México sea el país latinoamericano más afectado en cuanto a proporción de casos confirmados contra fallecidos. Por esta razón, me di a la tarea de compararnos contra otros países de la región en materia de confinamiento. No es ninguna sorpresa que no lo estamos haciendo bien. De acuerdo a Google Mobility Reports, México en promedio disminuyó 53% las visitas a centros comerciales y lugares de recreación, 44% en parques y aumentamos 20% más en traslados residenciales que en un día 'normal', prepandémico. Argentina, por ejemplo, disminuyeron en más de 80% los traslados a centros comerciales, lugares de recreación y parques. Chile y Colombia disminuyeron este tipo de traslados recreacionales en más del 60%. Es más, hasta la Nación Plurinacional de Bolivia (ja!, sí...así se llaman) lo hizo mejor.


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¿Existe una correlación entre los países que llevan buenas medidas de confinamiento y su tasa de mortalidad? Meh, habría que hacer estudios con más profundidad, pero de arranque, Chile, Colombia y Argentina tienen tasas de mortalidad de entre el 1.1% y 3.3%. No soy epidemiólogo. No soy nadie para combatir el Modelo Centinela. Lo que sí me queda claro es que los números no cuadran. Hay de dos sopas:

1) nos estamos muriendo a tasas altísimas porque las pruebas se le están haciendo a los enfermos que requieren intubación inmediata.

2) nuestras medidas de confinamiento son tan poco eficientes como las de Suecia.

Ah, miren. Una buena noticia, el presidente cumplió. En menos de 2 años ya tenemos un sistema de salud de país nórdico.