Más de 74 mil muertos a causa de la pandemia, decenas de miles de víctimas de la violencia criminal, la economía hundida hasta el subsuelo, la grieta de la polarización que se expande cada mañana desde la Plaza de la Constitución, un presente tormentoso y un futuro que se pretende resolver a partir de la simple condena al pasado, pero mientras eso ocurre… el presidente sonríe. Jactancioso, seguro de sí mismo, sabedor de su fortaleza, conocedor de las flaquezas de sus adversarios, ajeno al reino de las consecuencias, Andrés Manuel López Obrador se muestra hilarante al dar cuenta de una sombría primera plana de Reforma a través de la cual se consignan cuarenta y cinco masacres ocurridas a lo largo de la actual administración federal.

La nota carece de gracia, ya que detrás de cada muerte hay una historia, una familia, una tragedia, un posible caso de impunidad, un gota más que abona al océano de la descomposición nacional y por ello resulta difícil de entender la sonrisa del ocupante de Palacio Nacional, un hombre que, según su propio relato, es un humanista forjado en los más profundos valores del cristianismo, un gobernante que entiende el sufrimiento del pueblo, que es diferente a los demás, el líder de un movimiento de profunda raigambre moral.

Podría pensarse que la sorna tiene que ver con la obsesión del primer mandatario en contra de la empresa editora del diario, pero ni desde ahí se comprende una reacción tan distante hacia las víctimas, tan carente de racionalidad política, a menos que estemos frente a un versión vernácula del gato de Cheshire, ese felino de cuya sonrisa permanente diera cuenta Lewis Carrol en Alicia en el País de las Maravillas.

Encaramado en su rama, sin importar el interlocutor o el entorno, el gato de Cheshire nunca deja de sonreír. Incluso, es capaz de desaparecer, pero no del todo, pues sus dientes y encías pueden permanecer a la vista, lo que llevó a Alicia a decir que había visto gatos sin sonrisa, pero nunca sonrisas sin gatos. Al igual que el personaje ficticio de la cultura popular británica, López Obrador sonríe mientras la tormenta acecha, se carcajea a la par que los homicidios se multiplican y desaparece cuando amenaza Trump, pero deja su expresión facial para provocar la rabieta de sus detractores. Tal actitud movería a la aprobación si contáramos con la certeza de que el timón se encuentra tomado por manos firmes, pues nada merece mayor confianza que el semblante sereno ante el temporal.

Sin embargo, la sonrisa presidencial mueve a preocupación, pues no existen elementos para suponer que los problemas del país estén por resolverse, ni siquiera que se esté colocando la cimentación para que ello ocurra en un futuro cercano, por lo que resulta pertinente reiterar la pregunta: ¿por qué, para qué, de quién o de qué se ríe el presidente? De la manera en que nos respondamos este cuestionamiento dependerá nuestra posición frente a la actual administración, porque ello podría revelarnos a un gobernante cuya desconexión con la realidad se profundiza día con día, un personaje carente de empatía hacia el sufrimiento de sus compatriotas, un hombre con aspiraciones de heroicidad, pero alejado de las causas sociales que le permitieron acceder al poder, el protagonista de un cambio que, a decir de Javier Sicilia, podría dejarnos al final de “su mandato más ruinas, más fosas, más cadáveres, más mujeres violadas y asesinadas, más venganzas y linchamientos reales y virtuales”.

Bien haría el presidente en abandonar su socarronería y recordar lo que dijera Lewis Carrol de su personaje más afamado: «Alicia se daba por lo general muy buenos consejos, aunque rara vez los seguía».