Bien decía mi abuelita que quien con leche se quema, hasta al jocoque le sopla. México, al igual que la mayor parte de Latinoamérica, experimentó a finales del siglo XIX y principios del XX con una dictadura de corte militar. De niños aprendimos a repudiar a Porfirio Díaz, quien se reeligió como 350 veces en el cargo de presidente de la República, reprimía a los campesinos, nos enseñaron que si alguien tiene mucha tierra está mal visto, sin importar el crecimiento económico o los actos heroicos durante la Batalla de Puebla, los libros de texto gratuitos lo pintaron como el peor malo de malolandia.

Por otro lado, la revolución nos dejó una herencia valiosísima: la idealización de violadores como Pancho Villa y la División del Norte, la destrucción de la hacienda y todos los motores de la economía, la fragmentación de la tierra al borde de la inutilidad del campo y la joya de la corona, al Partido Nacional Revolucionario (después conocido como PRI y finalmente como Morena).

Tanta ñáñara nos daba que se repitiera el pasado que bien ciscados optamos por institucionalizar una norma casi única en una democracia moderna: la no reelección. Esta característica de nuestro sistema político da para una tesis doctoral, pero como el espacio es corto y hay abundante literatura al respecto, seré reduccionista al extremo.

La “ventaja” de la medida se limita a que nadie puede apañar la silla ad infinitum, y por consecuencia, estamos blindados ante una posible dictadura de décadas. Las desventajas son montones. Para empezar, si los legisladores y gobernantes saben que por default es imposible que continúen en el cargo, los incentivos de largo plazo se diluyen a casi cero, y los incentivos a trabajar para ser reelecto van hacia el mismo camino. Asimismo, si cual equipo de hockey, salen todos los diputados y entran otros completamente nuevos, el electorado tiene pocas formas de premiar al productivo y de castigar al perezoso. Por último, una gran cantidad de proyectos gubernamentales y legislativos quedaban inconclusos si estos eran impulsados al final del periodo de Gobierno o trienio legislativo, ya que se perdía el hilo conductor de la política pública junto con el cambio de gobierno. Las consecuencias más visibles fueron el chapulineo entre cámaras legislativas, la dificultad para construir legisladores experimentados, y en general, una percepción de lejanía entre los legisladores y sus distritos, ya que al tener un diputado diferente cada tres años, difícilmente se generan lazos estrechos, como sucede en otras democracias con reelección

Los capitalinos podremos experimentar con la reelección de alcaldes, concejales, diputados locales y federales por primera vez en más de 100 años, y a pesar que la reforma constitucional fue aprobada hace ya casi un trienio, al menos en lo que refiere a la normatividad electoral local, mucho faltó para pulir las reglas con el objetivo de dejar la cancha pareja y darle señales claras al electorado sobre lo que se espera de la ciudadanía en este nuevo ejercicio democrático.

Alcaldes

De los cuatro cargos a elección, éste es sin duda en el que la ciudadanía tiene más elementos para poder calificar el desempeño de su gobernante. El alcalde es el poder ejecutivo con mayor proximidad a los vecinos. Si bien algunas facultades todavía las tienen acotadas y centralizadas por el Gobierno de la ciudad, como la hacienda y seguridad pública, por poner ejemplos, los ciudadanos tienen montones de elementos para juzgar si su alcalde cumplió sus promesas en materia de pavimentación, alumbrado, poda de árboles, reparación de fugas de agua y un sinfín de servicios públicos.También se puede evaluar la percepción de corrupción al momento de abrir un negocio, y el nivel de orden urbano en materia de construcción.

Recordemos también que en estas elecciones intermedias, sin inercia presidencial, el trabajo verdadero será un elemento que tendrá un premio o castigo en las urnas. La teoría dice que si su alcalde fue bueno para la foto y malo para la gestión, o si le ganó la adicción a los videojuegos en vez de cumplirle a los vecinos, debería ir para afuera y tener una helada silla en la congeladora por el próximo trienio, o esperar un salvavidas del gobierno central o federal.


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Hasta aquí muy bonito todo. Lo que faltó legislar fue qué demonios va a pasar con los alcaldes en funciones durante la campaña. Actualmente la ley exige para poder ser candidato a alcalde, no ser mando medio o superior en la administración pública local o federal o separarse del cargo con antelación. Claramente, el alcalde lo es. ¿Entonces qué pasa? ¿El alcalde renuncia? ¿Pide licencia? ¿Se queda en el cargo y es alcalde de 9 a 6 y candidato el resto del día? Los gringos usan este último esquema. El ejemplo más visible es Trump, que es más candidato que presidente, pero al mismo tiempo todo, igual que AMLO, by the way. En la experiencia mexicana, no podemos ser sino desconfiados que no haya algún alcalde que no busque apalancar su campaña desde el propio cargo. Tener a su disposición un presupuesto millonario, con programas sociales y los servicios públicos a libre demanda puede ser una tentación que deje la cancha menos plana que la de los Supercampeones durante un monólogo de Oliver Atom.

Concejales

Son de esos cargos que les dio miedo empoderar en la promulgación de la Constitución de la ciudad. Todo quedó mocho. Por ejemplo, la ley prevé que haya circunscripciones en las demarcaciones, una por cada concejal a elegir. Sin embargo, en la práctica éstas no sirven para nada, ya que el partido ganador mete toda la planilla, y los partidos perdedores tienen una lista ordenada con prioridad de representación proporcional, independiente al origen de los votos por circunscripción. De la misma forma, tienen pocas atribuciones y facultades. En Tlalpan, por ejemplo, el presupuesto que la alcaldía envió a la Secretaría de Finanzas para este año no contó con el voto de la mayoría de los concejales y no pasó na-da. Urge fortalecer esta figura, ya que hasta ahora son como la viejita de la iglesia que suena las campanas cuando alguien se está robando algo, pero más allá del escándalo, no tienen dientes.

Su reelección está todavía más chistosa, ya que la Constitución es explícita en decir que los concejales no llevarán a cabo actividades propias de la administración pública, pero se rigen por las reglas para elegir alcalde. De esta forma, al mismo tiempo entran y no en el supuesto legal que les prohíbe y permite ser candidatos.

Diputados (locales y federales)

Es con el cargo con el que hay más experiencia en materia de reelección, ya que otros estados que renovaron congresos locales ya tuvieron las primeras pruebas de reelección legislativa. Aquí el reto es equilibrar la paridad de género con los criterios de reelección. Recordemos que en 2018, la autoridad electoral para ambos casos, local y federal, impuso bloques de rentabilidad para evitar que las candidaturas más redituables fueran ocupadas por un género. Sin embargo, esos bloques son dinámicos, ya que están en función del resultado electoral de la última elección. Aquí hay un mil y un supuestos para que alguien sienta que su garantía constitucional a la reelección o paridad de género haya sido violada. There will be blood.

En resumen, la normatividad electoral tiene más lagunas que la memoria de corto plazo de los octogenarios integrantes del gabinete presidencial. Mucho margen de adaptar e interpretar la legislación tendrá la autoridad electoral para completar las reglas del juego y cruzar los dedos para que salga bien. El gran reto radica en demostrarle al electorado que la reelección no es mala per sé. Sacudámonos los fantasmas del pasado, modernicemos y fortalezcamos nuestra democracia y sus instituciones, y esperemos que haya la menor cantidad de juicios post electorales posibles, candidatos serios, y campañas limpias y propositivas. Digo, pedir no empobrece. Luego le sigo, que ya se me acabó el espacio y ni pude tocar la pifia del diputado migrante, que también se estrena el próximo año.