La gran mayoría de las decisiones difíciles tomadas por los gobernantes, suelen escudarse en el discurso del interés superior de la población, argumentando que, aunque impopulares, son medidas responsables y por demás necesarias.

Siendo a veces cierto el argumento, el Congreso de la Ciudad de México cometió la semana pasada el más vil e indigno de los actos parlamentarios posibles: se autocastró, y lo que es peor, lo hizo no por una decisión propia, sino por instrucciones de Claudia Sheinbaum, quien ha decidido actuar como los antiguos regentes de la ciudad, empleados del presidente de la República.

En efecto, evocando la memoria de Carlos Hank o de Ramón Aguirre, Sheinbaum propuso reformas legales para el manejo totalmente discrecional de los recursos públicos del 2020, pretextando la necesidad de aplicarlos para hacer frente a la pandemia, por lo que ahora puede decidir, sin preguntarle al Congreso, qué hacer con 238 mil millones de pesos.

La ley ya le daba a la Jefa de Gobierno la posibilidad de reasignar el presupuesto aprobado por el Congreso, pero si excedía el 10% del total, debía pedir una opinión a los  diputados e informar en un apartado específico de los informes trimestrales. Ahora, gracias al contubernio de MORENA, el Congreso sólo será informado de dichos ajustes presupuestales ex post, es decir, a toro pasado, en la cuenta pública de 2020 que se presentará hasta el 30 de abril de 2021, y cuyos resultados finales serán presentados por la Auditoría Superior de la Ciudad de México no a los actuales diputados, sino a los siguientes, en febrero de 2022.


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A manera de ilustración, imagine a las federaciones de fútbol europeo votando a favor de que unos cuantos dirigentes de la UEFA decidan, sin consultarles, cómo, cuándo y en qué condiciones reiniciar actividades y la fecha y sede de la nueva Eurocopa y Final de la Champions League; o imagine a los integrantes de un Consejo de Administración votando a favor de que el CEO decida unilateralmente el manejo de la empresa sin tomar en cuenta a los accionistas durante la pandemia; o imagine a la Comisión de Derechos Humanos y al Poder Judicial de la Ciudad de México votando a favor de que Hazael Ruiz, responsable del Sistema Penitenciario, maneje a su libre y total discreción la pandemia y las preliberaciones por el Covid-19; o imagine a los países miembros de la ONU votando a favor de que el Secretario General de este organismo decida por sí sólo y unilateralmente, qué hacer frente a la actual crisis sanitaria mundial.

Los legisladores de Morena se han declarado oficialmente en estado de interdicción, por cobardía, por abyección y por falta de dignidad; y con ello, han asestado el peor golpe a la democracia de esta Ciudad desde que en 1988 se creó el primer órgano de representación ciudadano, la Asamblea de Representantes; por eso no es exagerado decir que hemos regresado a los tiempos de los regentes capitalinos, empleados del Presidente pero todopoderosos en la Ciudad, sin contrapeso alguno.

Sheinbaum se ha convertido en una regenta más, traicionando todo postulado político de izquierda y de democracia representativa. Cuando a un funcionario público le queda grande la política, por ende, le queda grande el cargo.