Desde que dio inicio, la pandemia ha sido un asunto obligado en cualquier conversación, en cualquier hogar o llamada. Los asuntos relacionados de los que se habla son variados, desde la naturaleza del virus hasta las consecuencias económicas y sociales posibles, pero sobre todo las acciones realizadas por los Gobiernos.

A este respecto no hay términos medios, o estamos a favor o en contra de lo hecho por nuestras autoridades. Especialmente, lo relativo a las medidas de confinamiento. 

Es comprensible de donde surgen algunas de estas opiniones. Imagino a las familias con adultos mayores enfermos en casa, que viven temerosos al contagio. Saben que, si el virus penetra a su entorno, la vida de sus seres queridos estará en riesgo y frente a eso no hay padre o hijo que piense que alguna medida es exagerada. Muchos en esta realidad se suman a las voces que demandan medidas más enérgicas, prohibición penada de salir a las calles, incluso la presencia del ejército en las calles.

Países y ciudades han tomado medidas de esta naturaleza y en algunos casos han sido eficaces. China, por ejemplo, ha utilizado todo el poder del Estado para mantener cerradas ciudades enteras y limitar de manera estricta el contacto entre personas. También ha hecho uso de su avanzada tecnología de reconocimiento facial y geolocalización para monitorear las posibles fuentes de contagio. No es el único ejemplo. Hay países y ciudades que han pugnado por limitar al mínimo la presencia de sus ciudadanos en la calle, so pena de arresto o multas. En nuestro país hay estados que han pugnado por políticas similares.


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Los riesgos de cancelar las libertades en pos de la seguridad, son mayúsculos. Son tierra fértil para las tentaciones autoritarias. Los Gobiernos que implementan estas medidas generalmente abusan de ellas y las prolongan por tiempo indefinido, si no es que llegan para quedarse. En el contexto de esta crisis, hemos visto que los mejores resultados para contener la pandemia, los han dado los países que han respetado los derechos y libertades de sus ciudadanos. 

El reto de los estados modernos no es ser eficaces a secas, sino serlo sin violentar los derechos de los ciudadanos. Vivir en democracia, por lo menos en el caso mexicano, no es una concesión del Gobierno, es el resultado de la lucha de generaciones por conseguirlo. Luchas que costaron muchas vidas que no fueron en vano, hoy vivimos en un régimen de libertades. El ejemplo más relevante a este respecto, es sin duda la CDMX.

Nuestra ciudad es un referente nacional de los movimientos democráticos y a favor de los derechos. Los movimientos sociales de los sesentas, médicos y estudiantes; el empoderamiento de la sociedad civil posterior al terremoto del 85 y la lucha por la democracia a finales de los 80, son los cimientos de nuestra capital. La historia de nuestra ciudad, llena de violencia y represión, es recordatorio permanente de hacia donde no queremos regresar y una guía de qué lugar queremos construir.

El pasado dejó una profunda marca en nuestro ser colectivo, que nos recuerda que la Ciudad ha podido salir adelante de las peores crisis gracias a la solidaridad y compromiso de su gente. El sismo de 2017 es un gran ejemplo de cómo una sociedad democrática debe ser corresponsable en la solución de los problemas comunes y como puede participar de manera eficaz con el gobierno.

Ésta ha sido la convocatoria del Gobierno de la Ciudad a sus habitantes: a juntos respetar las medidas de confinamiento, a juntos apoyar el consumo local, a juntos cuidarnos y protegernos, sin temor a ser castigados o perseguidos. Puede que sea un camino más largo, pero sin duda es el correcto.


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En la CDMX no podemos volver a ver tanquetas recorriendo nuestras calles, vivir con miedo a las redadas o al brutal ejercicio de la fuerza con el pretexto de ser lo mejor para nosotros. La responsabilidad es de todos, como lo ha sido la construcción de esta gran ciudad y será también la construcción de su futuro.

Por más temerosos que estemos, no podemos resolver los problemas de hoy, con prácticas del pasado desterradas en el presente y que sin duda ponen en entre dicho el porvenir. El miedo es comprensible y por ello es terreno virgen para los autoritarios. Cuidado con lo que pedimos, porque en otras latitudes se les ha concedido y parece que no tiene marcha atrás.