A hurtadillas y protegido por el anonimato de la noche, Cristóbal Colón descendió de su pedestal ubicado en Paseo de la Reforma, para emprender un nuevo viaje, aunque ahora no trasatlántico, sino con rumbo hacia un taller del Instituto Nacional de Bellas Artes donde será objeto de reparaciones, según lo reportaron las autoridades de la ciudad de México. Trocó el navegante genovés su carabela por una grúa sin la seguridad del retorno, con tanta incertidumbre como cuando zarpara de Palos de la Frontera en 1492. Esta vez la travesía no tiene que ver con la ambición o la aventura, sino con la necesidad de resguardar al monumento ante la posibilidad de su derribo por parte de una turba cuando se cumpliesen 528 años del arribo de un grupo de europeos al Caribe.

Afectado por el proceso de revisión histórica de los monumentos que en algunos países de occidente se viene haciendo, sobre todo a partir del asesinato de George Floyd, al conjunto escultórico ubicado desde 1877 en la avenida más cara y hermosa del país le tocó el momento del escrutinio, lo que le coloca a la par de otros similares donde se hace apología de figuras relacionadas con el racismo o el esclavismo, como Edward Colston, Sebastián de Belalcázar o Leopoldo II de Bégica, las cuales han sido vandalizadas o derribadas. Aunque incierto el resultado de este ejercicio, lo único que sabemos es que el índice del marino ya no seguirá apuntando durante un buen rato hacia el centro de la urbe azteca.


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La afición por el derribo de estatuas no es nueva en México, aunque sus motivaciones han sido de lo más variadas. Entre los indígenas existía un ritual que debía celebrarse cada 52 años, el cual consistía en destruir imágenes sagradas y templos para crear otros nuevos que los sustituyeran. Desde su llegada a Campeche, Cortés dedicó buena parte de sus esfuerzos a pulverizar deidades de piedra a las que relacionaba con demonios. Durante la Guerra de Reforma y tras la restauración de la República, a los liberales se les dio bien eso de destruir templos y saquear capillas. A partir del porfiriato y a lo largo de la hegemonía priista, numerosas joyas del virreinato fueron demolidas bajo la cuestionable necesidad de modernizar al país. Nuestra relación con los cadáveres de personajes históricos merece mención aparte, pero el saldo de tales acciones se ha traducido en una pérdida incalculable del patrimonio cultural.

Cierto es que cada generación tiene su propio juicio de la historia y que a partir de ello se devalúan o aprecian hechos y personajes, pero transformar el paisaje urbano sin una discusión previa o ceder a las presiones de grupos determinados tal vez no sea la mejor opción, sobre todo cuando existen tantos pendientes en materia de restauración tras los sismos ocurridos en 2017 y los recortes al gasto cultural son escalofriantes. Pero no sólo eso, a los monumentos de Reforma les urge un profundo proceso de restauración pues todos ellos han sido vandalizados sin que hasta ahora haya tenido lugar una intervención del INBA o del Gobierno capitalino.

No existe un momento propicio para la revisión de nuestro pasado, pero hacer de esto una prioridad cuando estamos en medio de una pandemia, una crisis económica y una espiral de violencia nos pone a la altura de los sabios de Constantinopla quienes, a pesar de los bombardeos de la artillería turca, persistían en su intento de averiguar misterios tan grandes como si los ángeles poseen obligo o cuántos de estos caben en la cabeza de un alfiler.