Cuenta la mitología griega que Casandra, sacerdotisa de Apolo, trabó un extraño acuerdo con el Dios al que rendía culto: sexo a cambio del don de la profecía.

La deidad cumplió con su parte, más la también hija de los reyes de Troya se negó a celebrar el encuentro carnal prometido. Indignado, el patrón de la salud y la música preservó la facultad ofrecida, pero le añadió una maldición: nadie creería en los vaticinios de la pitonisa y fue por ello que no hubo quien otorgara crédito a su advertencia sobre el peligro que representaba el caballo de madera.  

El mito de Casandra pervive porque explora una de las partes más fascinantes de la naturaleza humana: la proclividad a desoír las malas noticias, a pesar de la evidencia existente. Es por esto que no resulta raro escuchar a personas que se resisten a aceptar la existencia del coronavirus o del cambio climático, ya que es más cómodo vivir en la feliz negación que en la desesperación de la consciencia. Tal es el origen de la agresividad de muchos partidarios de la Cuarta Transformación cuando es puesta en duda la capacidad de ésta y de su líder para promover los cambios que necesita el país, la génesis de los insultos y linchamientos en redes sociales, el distanciamiento entre amigos y familiares colocados en extremos ideológicos opuestos; no es otra cosa que la oposición a aceptar que la ópera ofrecida por Andrés Manuel López Obrador devino en una representación del género chico.

A estas alturas de la administración obradorista se requiere de fe ciega para no admitir que las grandes promesas del morenismo no se van a cumplir, sea por causas internas o por la incapacidad para gobernar. El país no crecerá al 6% anual, la pobreza no va a disminuir, el sistema de salud no igualará en calidad a sus pares escandinavos, el petróleo no será una palanca para el desarrollo, no tendremos una verdadera democracia, los criminales seguirán gobernando de manera paralela y la corrupción no será erradicada.

Por el contrario, la información de que se dispone permite asegurar que la desigualdad se acentuará, los negocios seguirán floreciendo al amparo del poder, Pemex colgará del cuello del presupuesto como una piedra, el autoritarismo nos devolverá a los años sesenta y la gente morirá sin recibir atención médica digna o acribillada en las calles.

El país transformado para peor, encallado en las arenas del conformismo, hundido por los intereses creados, pero optimista gracias a un discurso oficial que llama a vislumbrar la tierra firme, a pesar de que la tormenta ha rasgado las velas, averiado el casco y tirado los palos del barco.


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Ante esta negativa a aceptar la realidad, sólo queda insistir en el contraste entre las promesas y los hechos, para así evidenciar la incompetencia y la simulación, el carácter mendaz de un gobierno que, en vez de resultados exhibe símbolos huecos. La tarea no es sencilla pues implica desmarcarse de los distractores diarios del oficialismo, así como también expresar verdades amargas que muchos no quieren escuchar.

Remar río arriba, navegar a contracorriente, pelear a la contra, como Casandra cuando previno a Agamenón sobre su asesinato a manos de Clitemnestra y Egisto. La diferencia es que la desgracia de México no es ineludible ni depende de divinidades, sino que es evitable en la medida en que los ciudadanos decidan trocar la ficción por los hechos, en que apelen menos a los dioses y más a sus infinitas capacidades.