La revaloración de la arquitectura y el urbanismo

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8 enero 2018 4:30 pm

Después de un muy intenso inicio de siglo XX en la Ciudad de México, en términos de producción arquitectónica, pareciera que hacia la década de los años setenta la arquitectura como tal cedió su importancia a la producción en masa, a la autoconstrucción, al funcionalismo subordinado a la economía de manera absoluta.

Es momento de retomar la importancia de los conceptos básicos, por siglos atribuidos a Vitrubio: Utilitas, Venustas y Firmitas, “utilidad, belleza y firmeza”.

La arquitectura es, por su naturaleza, una actividad y un producto destinado a satisfacer necesidades humanas tanto en la escala individual como en la colectividad social que acaba formando ciudad.

Ante todo, debe privilegiar la seguridad física de sus usuarios, garantizando la estabilidad estructural ante cualquier contingencia, pero también debe optimizarse el valor de los recursos invertidos en cualquier edificación haciendo de ella algo útil y deseable, que forme y constituya el patrimonio personal y familiar de quienes la generan y habitan.

En la actualidad nuestras ciudades están deformes, irregulares, en un desorden urbano, jurídico y funcional,  eso nos ha costado muertes de seres humanos, recursos económicos cuantiosos y disminución en la calidad de vida.   

Hoy es cuando debemos tomar la oportunidad brindada por la naturaleza para reflexionar sobre lo “caro” que resulta encargar el diseño y construcción de un edificio a un arquitecto y lo CARO que resulta no hacerlo.

Estamos acostumbrados y arraigados a la vida en familia, las viviendas crecen conforme aumenta la parentela y sus necesidades. Si ese extraordinario estilo de ahorro, financiamiento y vida pudiese hacerse de manera profesional, tendríamos, como las tuvimos en tiempos pasados, ciudades hermosas y ordenadas.

Actualmente, la ciudad popular crece en terrenos que no cuentan con todos los requisitos legales, con un sistema de autoconstrucción peligroso e irregular que no permite la constitución de condominios formales donde se privilegie la seguridad jurídica y la posibilidad de obtener crédito, heredar y vender, amén de la seguridad estructural, la funcionalidad y utilidad óptima,  y,  ¿por qué no?, la estética arquitectónica.

Los arquitectos activos hoy, jóvenes y experimentados, debemos darnos a la tarea de “vender” las bondades de nuestro trabajo a la sociedad y revalorar nuestro quehacer y por lo tanto nuestras ciudades.

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