La historia de cómo los mexicanos nos volvimos adictos al agua purificada

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En otros países es normal que los habitantes tomen agua directamente de la llave, en México no es así por una serie de sucesos históricos que a la larga han beneficiado a las corporaciones del agua purificada y los gobiernos

Mientras que en otros países es común tomar agua directamente de la llave, en México la gente opta por comprar una inconmensurable cantidad de garrafones y botellas de agua purificada. Esto se debe a la creencia generalizada de que el agua que llega a nuestros hogares no es apta para consumo humano.

En consecuencia, México ocupa el primer lugar a nivel mundial en ingesta per cápita de agua embotellada según un estudio realizado por el investigador Raúl Pacheco-Vega, del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), quien reveló que cada persona consume entre 215 y 234 litros anualmente. Lo anterior a pesar de que la cobertura de agua potable a nivel nacional es un servicio público garantizado por la Constitución y hasta 2015 alcanzaba el 92.5% de la población, según datos de la Comisión Nacional del Agua (Conagua).

Tres momentos clave en la historia de México provocaron que nuestro país se convirtiera en el máximo consumidor de agua purificada en todo el mundo: el terremoto de 1985, la epidemia del cólera en 1991 y finalmente la masificación de la industria del agua embotellada a principios de siglo. Cada uno de estos sucesos marcaron un antes y un después en las dinámicas de consumo de millones de mexicanos, quienes cada vez más recurren a la compra de estos productos, al grado de considerarlos artículos de primera necesidad.

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El terremoto que lo cambió todo

Los sismos del 85 no sólo terminaron con la vida y los hogares de cientos de mexicanos, sino que también acabaron con la confianza que había en la calidad del agua potable. Antes de los trágicos sucesos, la gente solía beber directamente del grifo sin necesidad de utilizar filtros o hervir el agua, pues su distribución y pureza estaban garantizadas gracias a su tratamiento en las plantas de esterilización. No obstante, después de aquel movimiento que sacudió a los capitalinos, sobrevino una crisis por falta de agua.

Durante semanas, los ciudadanos experimentaron una grave escasez de líquido debido a que el sismo afectó la red de abastecimiento y no había personal suficiente para repararlo, además de que la poca agua que llegaba estaba sucia. Quienes vivieron aquellos años relatan que la gente caminaba por las calles, con tambos y cubetas en mano, en busca de agua para llevar a sus hogares. Las pipas que repartía el gobierno no alcanzaban para todos y las empresas «hacían su agosto» vendiendo a sobreprecio garrafones y filtros para el agua.

Fue así como comenzó la compra masiva de agua purificada, pues pese a que más tarde repararon las tuberías y cañerías dañadas, la gente continuó extendiendo la creencia de que el agua estaba contaminada y que por lo tanto su consumo representaba un peligro para la salud.

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Adiós agua de la llave, hola agua purificada 

Poco después, en el año 1991, varios países de América Latina experimentaron una de las peores epidemias de cólera en su historia, entre ellos México. El 13 de junio de aquel año un mensaje gubernamental alertaba a los mexicanos sobre el peligro de tomar agua directamente de la llave y que, en caso de hacerlo, debían hervir el agua para evitar una posible infección.

Y no era para menos. De acuerdo con un artículo publicado por la Cepal titulado ‘El cólera en Las Américas en 1991’, los primeros casos detectados por la Organización Panamericana de Salud (OPS) se registraron en comunidades de Chiapas cercanas a la frontera de Guatemala, así como en gran parte del Estado de México, Puebla e Hidalgo. Pese a los esfuerzos por contenerla, ésta finalmente se extendió al entonces Distrito Federal y a 16 estados más.

A raíz de este suceso y ante el temor de contraer la enfermedad, miles de familias optaron por comprar el agua. Algunas empresas, como Electropura, comenzaron a comercializar los primeros garrafones de vidrio con agua ‘purificada’ y con el tiempo esta tendencia se volvió costumbre y casi ley en las familias mexicanas. El agua del grifo nunca más volvería a ser una opción para beber.

Agua embotellada, un negocio millonario 

Los mexicanos gastan en promedio 52 pesos semanales en la compra de botellas de agua, once pesos más que el gasto que realizan por recibir el líquido de la red pública. Así lo revelaron datos del Módulo de Hogares y Medio Ambiente (Mohoma) del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) en 2018. Dicho organismo también reportó que el porcentaje de hogares que compran este producto aumentó más de cinco puntos porcentuales en los últimos años; pasó del 70.8% en 2015 al 76.3% en 2017.

Según el estudio titulado «Agua embotellada en México: de la privatización del suministro a la mercantilización de los recursos hídricos» de Pacheco-Vega, el fenómeno del agua embotellada tuvo su auge en el periodo de 2006 a 2012, cuando comenzó lo que él llama «un incremento sostenido» del gasto promedio en este producto y en bebidas gaseosas (refrescos). A partir de ese momento las empresas implementaron un sin fin de campañas publicitarias para posicionarse como uno de los negocios millonarios más exitosos del mundo.

En entrevista para la revista Forbes, Fernando González Villarreal, director del Programa de manejo, uso y reuso del agua (Pumagua) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), aseguró que las compañías de agua embotellada aprovecharon este mito y «convirtieron un asunto de salud en un elemento de venta». Indicó que el negocio del agua embotellada amasa una fortuna de 66,500 millones de pesos cada año.

Las empresas con mayor presencia en nuestro país son: la francesa Danone y las estadounidenses Coca-Cola y PepsiCo, que juntas concentran el 82% de este mercado.

Corrupción de purificadoras

Recientemente, una investigación de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) reveló que la corrupción está presente en cientos de purificadoras que abastecen a los mexicanos, pues muchas de ellas tienen malos manejos y no cuentan con permisos o verificaciones, aún así la población gasta alrededor de 4 millones de pesos en agua embotellada al año.

“Representa un gasto millonario para los hogares de todo el país, principalmente si consideramos que representa sólo 0.22% del consumo total del agua en los domicilios”, sin descuidar las compras que se hacen en el sector gubernamental, oficinas privadas o escuelas, resulta “por demás escandaloso”, consideró Delia Montero Contreras, investigadora del Departamento de Economía de la Unidad Iztapalapa. 

En su estudio la especialista pide no incluir el agua embotellada en la canasta básica, pues asegura que algunas embotelladoras y purificadoras operan en la clandestinidad y no están debidamente reguladas.

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