La historia de amor entre el feminicida de Ecatepec y su esposa


Con imágenes de Miguel Soria

Juan Carlos y su esposa Patricia eran un matrimonio feliz, lo demostraban diciéndose amor o corazón en cada oportunidad, así los escuchaban expresarse sus vecinos en el edificio marcado con el 530 de la calle Playa de Tijuana.

Podría pensarse lo que fuera de ellos, pero no que eran asesinos, mucho menos que eran feminicidas seriales en Ecatepec.

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Cada día, alrededor de las 10:00 horas, la pareja salía de los cuartos que ocupaban en el tercer piso, dejando encerrados a sus tres hijos, y sacaban con cuidado una carreola negra que usaban como vehículo de trabajo.

Vendían perfumes y quesos que ellos mismos elaboraban, al menos es lo que pensaban los habitantes de Jardines de Morelos, Ecatepec, Estado de México. La gente que pasa frente al edificio no puede evitar barrer con la mirada el inmueble.

En la planta baja hay una estética, misma que atiende Yessenia Cruz Rodríguez, quien sostiene tener dos meses residiendo ahí, tiempo en el que dice jamás escuchó nada fuera de lo común.

La pareja de feminicidas fue discreta; nadie sospechaba que el pequeño departamento, por el que pagaba mil pesos mensuales, ocultaba los cuerpos destazados de sus víctimas.

Arleth, de 25 años; Evelyn, de 29, y Nancy fueron unas de ellas. Las tres eran jóvenes madres solteras y ninguna tenía la intención de abandonar a su familia, por el contrario, buscaban darles una mejor calidad de vida.

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Juan Carlos y Patricia comenzaron con los crímenes a partir de 2012 y aunque sabían que sus atroces actos dejaba en la orfandad a varios pequeños, nunca se tentaron el corazón para perdonar a sus víctimas, ni porque ellos también son padres de dos niños de aproximadamente siete y un año de edad, y una niña de cerca de cuatro años.

Era raro ver a sus hijos, incluso se dice nunca han pisado la escuela; contadas veces vieron a los mayores bajar los tres pisos para vaciar restos de comida junto al tronco seco que hay en la entrada.

A veces pareja salía con el más pequeño, mientras que los otros dos se guardaban dentro de su habitación con la estricta orden de no abrir el refrigerador en el que sus padres almacenaban los restos humanos.

Juan Carlos y Patricia se convirtieron en los inquilinos con mayor antigüedad; vieron ir y llegar nuevas familias, siempre amables con todos. Por la tarde salían a vender sus elotes y esquites de 10 y 12 pesos, Patricia era la más atenta con la clientela.

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Los vecinos coinciden en que era una pareja respetuosa. Se conocieron durante una noche de juerga, en un bar donde la mujer ‘alivianó’ a Juan Carlos y lo hizo reír.

Ese encuentro bastó para que el hoy llamado monstruo de Ecatepec decidiera pasar su vida junta a su compañera fiel, quien calló los feminicidios que dejaron al descubierto la ineficacia de las autoridades mexiquenses para atender los cientos de casos de personas desaparecidas.

V.B.S

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