[VIDEO] El perro gordito adicto a la pizza que alegra a peatones de Insurgentes

¿En la CDMX quién no es adicto a la pizza? Prueba de ello es que hasta un perro que vive cerca del Metrobús Nuevo León hace lo que sea por conseguir este alimento italiano, aquí su historia

 

Vato está echado panza abajo a fuera de una Sex Shop cercana a la estación Nuevo León del Metrobús. La razón de su pereza vespertina es el sopor provocado por comer una gruesa rebanada de pizza y quizá algunas alitas de pollo picantes que un comensal del Little Caesars de junto le regaló, es casi seguro que el cliente se conmovió por la cara de perro callejero hambriento que el rechoncho can le puso, pero todo fue una treta, una artimaña, un ardid de este perro para satisfacer su ansiedad de pan, queso, carne y especias.

Porque como todo adicto Vato hace lo que sea para conseguir lo que quiere: maromas, da la pata, juega con los niños, se deja acariciar o pone ojos de mascota sin hogar, lo que sea para que los comensales de la pizzería le den un trozo del manjar que él tanto anhela, porque nadie se puede resistir a la ternura que genera.  Pero su gusto por el alimento de origen italiano ha generado estragos en él, sobre todo sobrepeso.

Todo empezó hace tres años. En aquel tiempo Vato únicamente solía caminar entre los aparadores repletos de consoladores, lencería y condones que colgaban de los aparadores de la Sex Shop propiedad de su amo, un sexólogo originario de Sinaloa que lo rescató de un perrera cuando apenas era un cachorro, para luego salir a la banqueta a tomar el sol, pero su rutina cambió cuando llegó Little Caesars a pocos metros de su mundo.

Grecia, trabajadora de la Sex Shop y que conoce a Vato desde cachorro, cuenta que el perro enloqueció con las pizzas, le bastaba ponerse afuera del establecimiento para que los comensales le dieran una rebanada, unos palitos de pan, alitas picantes y quizá hasta refresco, pero el can tiene un metabolismo parecido a las miles de mexicanos en México: es lento y almacena grasas.

 

Al poco tiempo Vato alcanzó un peso superior a los 50 kilos y lo que en un principio fue algo gracioso para sus amos y peatones de Insurgentes que se alegraban de ver al perro, empezó a tornarse un poco más grave, pues en el invierno de ese año la mascota del sexólogo presentó una ligera cojera, producto de una artritis catalizada por una combinación de frío y sobrepeso.

Fue así como decidieron colocarle una placa metálica atada al cuello con la leyenda «no me des pizza gracias» y así más o menos ha logrado mantenerse en un peso aceptable que no ponga en riesgo su salud.

A alguien en redes sociales se le ocurrió contar un fragmento de la historia de este perrito que tiene restringida la pizza. Pero la mejor experiencia es conocerlo en vivo, saludarlo, ver que haga una gracia, regocijarse con él, pero sobre todo nunca nunca nunca darle una rebanada de pizza.

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