Con tristeza, inseguridad y miedo, así viven los damnificados en Xochimilco a una semana del sismo

«El mexicano tiene la cualidad de sonreír en la desgracia», dice Heidi una de las afectadas por el sismo que duerme en las afueras del mercado de San Gregorio, Xochimilco.

Llegar a San Gregorio Atlapulco, Xochimilco, no es fácil, algunos caminos están cerrados y los callejones que quedan como alternativa son muy estrechos.

A la medianoche, el pueblo está casi vacío; sólo se observan algunos niños que juegan en la oscuridad a lado de los escombros.

«Aquí sólo vienen los militares a tomarse la foto, como muñecos de aparador. Los estudiantes y brigadistas removieron todos los escombros y ayudaron con el rescate», dice Víctor Suárez, trabajador del mercado de San Gregorio Atlalpulco, Xochimilco, quien duerme en la calle junto con otras ocho familias que perdieron todo con el terremoto que azotó la Ciudad de México (CDMX).

Ya casi no hay albergues, pero eso no quiere decir que no haya personas afectadas. En la explanada principal del pueblo están elementos de la Secretaría de Marina, Policía Federal y de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) de la Ciudad de México y ahí hay un refugio para damnificados; sin embargo, nadie se resguarda ahí.

Uno de los uniformados de la Marina refiere que las casas están dañadas, que son inhabitables, pero la gente prefiere acampar cerca de sus propiedades para evitar la rapiña o simplemente se alojaron con algún familiar cercano.

En el mercado permanecen algunas personas acampando a la luz de la fogata, con fraternidad, aceptan que nos sentemos a su lado y empiezan a relatar lo que les sucedió.

«Todas las casas que están aquí en la cerrada las van a derrumbar. Ve ahí, están los polines, por eso preferimos dormir aquí, porque al rato empiezan los robos», comenta el joven Alejandro Xalpacoya González, hijo de un locatario del mercado.

Las autoridades les dijeron que no podían habitar sus casas, pero ellos no saben qué hacer al respecto, sólo esperan la bondad de otros ciudadanos que vienen de Morelos o del centro de la ciudad.

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Apoyo que se ve mermado por cuestiones políticas

«Los primeros días venían camiones grandes de ayuda, pero dicen vecinos que la gente de Avelino Méndez los detuvo allá abajo y se los llevó. Desde entonces sólo vienen camionetas tipo Windstar a dejar despensa, nos traen una torta o café», así refiere Martín González, microbusero de la ruta Tulyehualco-Xochimilco que también está en las afueras del mercado junto con su familia.

González explica que Avelino Méndez, el delegado de la demarcación, no los quiere y que se está vengando porque lo corrieron del barrio la semana pasada.

«¿Cómo viene a decir que saldo blanco? En el Don Neto se quedaron atrapadas varias personas, mínimo ocho sacamos y como a las seis de la mañana del otro día, los militares dieron por concluidas las labores de rescate, pero imagínate, los niños acababan de salir de la escuela y las mamás iban a hacer el mandado».

Él cree que se quedaron varios pobladores y trabajadores en los escombros; «por eso pusieron el baño ahí, algo tienen en la conciencia y lo quieren ocultar».

Eran las 02:00 horas, muy pocos duermen, los jóvenes ríen. Los adultos los ven y se sonríen con gusto, porque a pesar de todo sus hijos son felices.

González recuerda el día del sismo, ese día en el que cree, Dios nos castigó por nuestros pecados:

«Los sentimos fuerte, la alerta sísmica sonó 15 segundos después, veías a las señoras y señores grandes cayéndose y levantándose, se caían y se volvían a levantar».

Ahonda:

«Cuando vi la avenida y toda la destrucción –no te miento, cada siete metros había escombros–, me fui a ver a mi esposa. Agarré la bici y me fui para Huipulco. En la noche regresé y ayudamos a sacar a los atrapados del Neto».

A una semana del movimiento telúrico, nadie puede olvidarlo y menos porque las pequeñas réplicas son perceptibles en San Gregorio debido a su terreno fangoso.

Una de las lámparas del mercado se mueve con las réplicas y avisa de los movimientos telúricos a quienes siguen despiertos y hacen guardias.

«Aquí hasta cuando pasa un camión se siente un temblorcito», dice Joel, hijo de Martín.

Son 02:30 horas, la mayoría están dormidos. Víctor Suárez no y quiere platicar:

«Aquí no llegó mucha ayuda, toda al centro, ¿por qué? Porque es la vitrina, donde se vende, acá no; nos olvidó el Gobierno».

El trabajador del mercado arremetió contra los militares:

«¿La caja fuerte del Neto? Los soldados sacaban a uno o dos de los escombros y posaban para la foto. Pero los estudiantes y voluntarios hicieron todo, ellos sí se chingaron. De no ser por ellos, seguiríamos entre ruinas.»

Nadie puede sacar de su cabeza el día del sismo:

«Estábamos aquí, lo sentí, pero no imaginé la magnitud. Creí que era un temblor como cualquiera: ‘tembló y ya’. Pero no, quise bajar a hacer una recarga para hablarle a mi esposa, pero no había luz y tampoco línea. Después vi lo que pasó en el Neto y mejor me quedé a ayudar porque tampoco se podía salir del pueblo en coche”.

A las 02:50 horas llega una familia en dos camionetas; preguntan a quienes siguen despiertos y a la luz de la fogata si quieren algo de comer.

Martín González contesta que sí y los tripulantes de los vehículos comienzan a bajar bolsas de comida. Agradecen; la familia da ánimos y se va.

«Tenemos miedo, la verdad, no dormimos. Aquí estamos y nos gustaría que se resolviera, pero va para largo. Van a demoler, pero no dicen cuándo», mencionó la señora Heidi, locataria del mercado.

Al respecto de su situación económica:

«Mal, la verdad, no podemos vender y las cosas están muy caras. Ayer daban el huevo a 60 pesos, el kilo de tortillas a 18 y uno no trabaja, si no fuera por las donaciones y la gente que se toma su tiempo y nos viene a ayudar, no sé qué haríamos».

Son las 03:30 horas, una camioneta se para enfrente del campamento improvisado. Es un alumno de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), su primera pregunta:

«¿Por qué no van a un albergue?».

Le vuelven a explicar que no se van por los robos y porque la policía no da rondines continuos.

El joven refiere que unos compañeros y él se están organizando en brigadas para ayudar; pregunta qué quieren y qué necesitan.

Contestan que verduras, pañales y despensa en general.

«Ve, es lo que decimos, los estudiantes son los primeros que se aventaron. Al otro día ya estaban aquí», dice Heidi.

A pesar de todo, se saben afortunados, saben que nadie murió y a pesar de que perdieron su patrimonio, tienen la seguridad de que van a seguir adelante los meses que sean necesarios.

Heidi dice:

«El mexicano tiene la cualidad de sonreír en la desgracia, eso nos mantiene».

Son las 04:40 horas, Martín ya se fue a dormir en una colchoneta, Heidi hace lo mismo pero sentada en una silla y Víctor mantiene vivo el fuego. Nosotros sólo lo vemos.

A las 07:00 horas tienen que levantar su campamento porque se van a poner los comerciantes, irse al callejón, ver si pueden entrar rápido a sus casas a bañarse y quedarse en la cerrada soportando los estragos del sismo hasta que llegue la noche otra vez y tengan que volver a salir a la entrada del mercado con sus casas de campaña.

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