Cuando ‘el sueño’ termina en la CDMX: albergues se convierten en sitios de formación para migrantes

Algunos migrantes que llegaron a la CDMX encontraron en albergues no sólo sitios de acogida temporal, sino escuelas para aprender oficios.

Además de un refugio para los migrantes mexicanos y centroamericanos, los albergues en la Ciudad de México se han convertido en escuelas donde aprenden panadería, computación, fotografía, artes plásticas y estilismo.

Uno de ellos es la Casa de Acogida, Formación y Empoderamiento para la Mujer Migrante Refugiada (CAFEMIN), institución que recibió 500 mil pesos del Gobierno de la Ciudad de México como apoyo para financiar su operación.

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CAFEMIN fue una de las cinco organizaciones que recibió este apoyo económico y lo emplea para dar asilo, alimento, vestido y organizar actividades para que los migrantes se capaciten para buscar trabajo.

Foto: CAFEMIN.

El albergue pertenece a la congregación de las Hermanas Josefinas de la iglesia católica, se ubica en Constantino 251, colonia Vallejo, y está a cargo de la madre María Soledad Morales.

En la casa de acogida se recibe personas direccionadas por la Secretaría de Inclusión y Bienestar Social (SIBISO), también si llegan de cuenta propia; las hermanas evalúan su perfil para permitirles el acceso.

-Apoyan la formación de migrantes-

Las monjas que lideran la casa encaminan la formación de los migrantes con talleres en un espacio que antes era una escuela de la iglesia y sus salones se han convertido en habitaciones, cocina, enfermería, oficinas, bodega y biblioteca.

Foto: CAFEMIN.

Hay una cancha y un patio recién ampliado, alrededor del mismo están los dormitorios de las familias, en el segundo piso los dormitorios de las mujeres y en el último piso el de los adolescentes.

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CAFEMIN se sostiene con la ayuda del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), de donaciones y actualmente del apoyo de SIBISO; sin embargo, también reciben donativos en especie y económicos.

La madre María Soledad Morales recuerda que muchos de los migrantes que han pasado por la casa aún tienen contacto con ella y en algunos casos consiguieron un trabajo con ayuda de la capacitación que recibieron en los talleres que en esta institución se imparte.

Un ejemplo es una joven hondureña, quien tomó un curso de computación y ahora tiene un empleo de capturista en una empresa al sur de la ciudad.

“Este es el rédito, no hay rédito material, sino este, sentirse agradecida de ver lo que pudiste ofrecer y que en un momento eso se vuelve para la joven o el joven algo que le puede servir para adelante, CAFEMIN es la suma de mucha de muchas voluntades”, relató Morales.

Las monjas aprovechan cada centavo que obtienen, pues son las responsables de dar desayuno, comida y cena a 80 personas.

El personal del CAFEMIN lo integran cinco hermanas, en ocasiones han estado hasta 11 de ellas y no reciben ningún sueldo, su trabajo es totalmente altruista.

Foto: CAFEMIN.

El encargado de los procedimientos de ingreso y registro en CAFEMIN es Omar Ortega, explicó que la institución se centra en el desarrollo de habilidades sociales y talleres de preparación para el ámbito laboral, entre ellos imparten cursos de tejido, creación de lámparas, panadería e informática.

En cuanto a las actividades, indicó, se organizan pláticas, talleres y la participación de actores externos, voluntarios y personas de servicio social cada semana.

El tiempo de estancia para los migrantes se determina según cada caso y conforme a la conducta de cada persona, pues firman una carta responsiva.

-Sueña con ser fotógrafo-

A la edad de 17 años y sin compañía alguna, Javier partió de su país natal Honduras para llegar a Estados Unidos.

Decidió abandonar a su familia para formar parte de 59 mil 537 migrantes centroamericanos que ha registrado el Boletín de Estadísticas Migratorias de Mujeres y Hombres de la Secretaría de Gobernación 2018 (SEGOB).

Hace cinco meses llegó a CAFEMIN y ahora planea quedarse a vivir en la Ciudad de México.

Javier se ha dedicado a aprender y practicar en talleres de panadería, haciendo rocas, donas, pizzas, bolillos.

Además del taller de pan, las madres le consiguieron una cámara fotográfica con la que toma clases y aspira a ser un gran fotógrafo.

Aunque ha sido bien recibido por los mexicanos, Javier recuerda diariamente a su familia, con quienes no ha tenido mucha comunicación.

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