Convivimos y nos acostumbramos rutinariamente a la muerte en el tránsito. Una nota en los medios, imágenes en las redes traducidas en familias rotas, pero la sociedad en general y los Gobiernos, indolentes.

Gente que no debía morir le es arrebatada la vida, la gran mayoría, a temprana edad y de manera violenta. Cada año por miles. Cada año en los mismos lugares.

Usualmente caemos en la trampa de culparnos unos usuarios a otros. Personas odiando a personas. Señalamos imprudencia, negligencia, inconsciencia y un montón de pecados viales.

Juzgamos desde el dolor y desde el volante; combinación que hemos hecho nuestra trinchera normal pues vivir varias horas en el coche es lo normal. Así se mueve una parte de la población. Y la que no, la asume como normal, también.

Vemos en ésos que un día decidieron correr, beber, jugar o a hacer algo que no era compatible con conducir, como asesinos que no merecen vivir...

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No nos hemos dado cuenta que estamos apuntando la flecha a nosotros mismos mientras que el riesgo se mantiene ahí. Estamos en medio de un terreno minado donde si alguien se equivoca, mata o muere. Toleramos la existencia del terreno minado y pedimos que se castigue a quien no entienda cómo evitar detonar las minas.

Las experiencias, evidencias y documentación reciente nos insisten en que hay que ver más allá y entender que todos somos víctimas de un sistema de movilidad que no funciona. Un sistema ineficiente, sucio, inseguro... Un sistema basado en el abuso en el uso del automóvil.

Como círculo vicioso, al existir el auto, crecemos las ciudades y al crecerlas es más fácil usar y depender del auto.

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En las pláticas que recién he dado de seguridad vial, repito un sondeo y siempre me arroja el mismo resultado. Aproximadamente 20% del público conformado por adultos mayormente conductores en cualquier ciudad del país ha chocado en los últimos dos años.

No me parece normal ni aceptable que la gente común esté tan expuesta a los riesgos de manera tan alta. Es absolutamente absurdo. Sería necio señalar que la gente choca por su culpa si comprendemos el concepto de un sistema que genera riesgos. Desde luego que en todo choque hay responsables. Ése no es el punto.

Podemos y debemos cambiar la manera en que la gente se mueve. Es necesario que no se individualice-motorice el transporte, que se favorezca a los más vulnerables para que se garanticen sus desplazamientos, que la vida no dependa de frágiles decisiones.

En nuestro país, al menos, estoy seguro, los cambios vendrán desde lo local. Uno tras otro, los Gobiernos federales quedan cortos ante los retos. Pero eso no importa mucho, porque si resolvemos un riesgo local, quitamos una mina. Si hacemos una calle peatonal, quitamos otra. Si mejoramos un sendero para niños que van a la escuela, si tiramos un puente antipeatonal, si regulamos, mejoramos y fortalecemos el transporte púbico, si mejoramos la infraestructura ciclista, si bajamos velocidades, entonces estaremos quitando muchos riesgos -minas- y salvando muchas vidas.

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En mis años de dedicarme al tema, he convivido con no pocas víctimas. Deseo expresar mi empatía con todas ellas. Que sepan que sus historias viven aquí cerca del corazón y que su dolor nos mueve a los especialistas para que no haya más pérdidas que lamentar. Y que no, nunca debemos normalizar estos eventos.

Invito a ser amplios de vista y dejar de ver al usuario como culpable. Todos somos víctimas de este deficiente sistema de movilidad. Pongámonos del mismo lado para impulsar una movilidad sin riesgos, una movilidad más humana. Ninguna muerte por tránsito es aceptable.