El pulque era una de las bebidas favoritas de los sacerdotes y uno que otro poblador del México prehispánico, de donde es originario, pero su embriagante sabor también sedujo a personajes de la nobleza como la emperatriz Carlota.

Luciano Pérez, periodista e investigador, describe en su libro ‘Cuentos fantásticos de la Ciudad de México o aventuras en Mexicópolis’, el carácter firme y también fiestero, de la esposa de Maximiliano de Habsburgo, pues disfrutaba de los bailes y del buen ambiente.


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El 28 de mayo de 1864, el también Archiduque de Austria arribó al puerto de Veracruz bajo el título de Emperador en el territorio recién independizado de España, junto a su consorte. La pareja se instaló más tarde en el Castillo de Chapultepec, al sur de la Ciudad de México.

De acuerdo a Pérez, Carlota ayudaba a Maximiliano, con recorridos en las calles de la ahora capital del país, a fin de establecer un vínculo con la cultura mexicana y sus lugares.

La emperatriz llegó al ‘Barrio Bravo’ de Tepito, tras percatarse que en esa zona había un ambiente peculiar y por ello decidió visitarlo y probar el arte culinario de los pobladores.


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En compañía de sus cortesanas, entró a una pulquería, eligió mesa y degustó de la bebida elaborada a partir de la fermentación del maguey. En medio de bailes y ambiente festivo, Carlota entró en confianza y continuó extasiada con el nuevo sabor  descubierto.

En el relato se cuenta que luego de varias jarras de pulque, el séquito real se retiró del establecimiento, intentaron pagar, pero el encargado se negó, al argumentar que era un honor atender y servir a tan noble figura, Sin embargo, Carlota rechazó esta respuesta, pues resaltó que el trabajo de las personas debe ser recompensado.

 

ARM



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