El artista plástico oaxaqueño Filogonio Naxín se ha destacado por plasmar la cosmovisión de su cultura a través de seres fantásticos que aparecen en las narraciones orales de las comunidades mazatecas.


El Big Data platicó con él sobre su vida y lo que lo llevó a crear sus obras, que se han vuelto referente de la cultura indígena.


Naxín ha participado en más de 30 exposiciones individuales y colectivas en varios estados de la República y destaca por sus coloridos.


Infancia / Yaa tusee kindíaa


Filogonio creció en Mazatlán Villa de Flores, Oaxaca, dentro de una familia de bajos recursos. Cuando ingresó a la primaria no hablaba ni entendía el castellano y eso le daba pena, pero fue lo que le cambió la vida para siempre.


“No entendía nada del español, pensaba que la única lengua que se hablaba era el mazateco, entonces para que no me preguntaran y nadie se burlara de mí me escondía en mi escritorio y comencé a rayar mis libretas, pero agachado para que vieran que yo estaba escribiendo y así comencé a pintar, como un refugio y desde entonces ya no hice caso a mis compañeros”, narró el pintor.


Su obra habla de su pueblo, de sus ancestros, de la tierra y de los problemas sociales y económicos que han marcado su vida.


“Mi papá era campesino, era soñador pero alcohólico, era el borracho del pueblo, trabajaba mucho, pero ya cuando le pagaban recibía el 50 por ciento; decía el patrón que pedía para su aguardiente y su cigarro, así que siempre le pagaban menos”. 


Mazatlán Villa de Flores es uno de los municipios más marginados de la República Mexicana. Cuando Filogonio era niño, no había centro de salud, ni biblioteca y mucho menos una casa de cultura, pero él pintaba y lo hacía bien. En quinto año de primaria ganó su primer concurso; pintó una bandera para las fiestas patrias.


En secundaria Filogonio seguía siendo muy tímido. Su vida transcurría entre la escuela, cosechar café, limpiar milpa, cuidar a los chivos y dibujar, siempre dibujar.  


“Yo soy el segundo, somos cinco (hermanos) en total. Nosotros trabajamos desde los 7 años, a limpiar milpa, a cosechar café. El fin de semana trabajaba o a veces iba a cuidar los chivos y me llevaba mi libreta”. 


Tradición / Kjuabitsién xí timanguiyaña


En el monte usaba su lápiz y colores, pero descubrió que podía utilizar las hojas de las plantas para dibujar. En secundaria comenzó a elaborar sus lienzos y trabajaba con pinturas Vinci. En su pueblo no había preparatoria, así que su papá lo acompañó a Teotitlán de Flores Magón, a dos horas de camino en autobús, donde logró entrar al Colegio de Bachilleres de Oaxaca.


“Para pagarme mis estudios trabajaba como mesero en un restaurante y los fines de semana en las fiestas, donde me iba mejor. En la prepa comencé a dibujar con pluma BIC de color negro, rojo y verde y encontré una técnica muy fina de raya. Vendía dibujos que me pedían; encontré que la gente quería dar algo el día de la mamá, el día del amor, hacía rosas y le ponía palabras que decían te quiero mucho, con amor y yo les ponía nombres”, recordó Filogonio.


Fue ahí cuando se reencontró con Antonino, un amigo de la secundaria que también tenía interés por la pintura y fue él quien lo introdujo al óleo. 

“Mi amigo tenía un maestro que estudió con Toledo y entonces sabía de arte y técnicas, y nos encontramos en Teotitlán cuando estábamos buscando la casa de cultura”


Sangre / Jin


Antonino le enseñó a hacer bastidores y pintar en óleo. En ese momento Filogonio trabajaba y como no tenía televisión pintaba en sus tiempos libres hasta la madrugada, costumbre que sigue manteniendo actualmente. 


Filogonio ingresó a la licenciatura de Artes Plásticas y Visuales de la Facultad de Bellas Artes en Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca a los 22 años.


En esa etapa descubrió técnicas y pintores, pero también trabajó a marchas forzadas y no dormía. Estudiaba de día y trabajaba de noche en una carnicería. Ahí experimentó con sangre y huesos. 


“Trabajaba sobre cartón, la sangre le daba carácter a mi trabajo y también me llevaba los huesos y monté una instalación en el último piso de la vecindad donde vivía”, narró.


En ese tiempo comenzó a visitar las comunidades oaxaqueñas para impartir talleres gratuitos. Él llevaba los materiales y acudía viernes, sábados y domingos. Pero Filogonio es inquieto. Terminó la carrera de Artes Plásticas y decidió venir a la ciudad.  Se quedaba en casa de su tío en la alcaldía La Magdalena Contreras. 


Trabajó de cajero, pero no le salían las cuentas, después fue guardia de seguridad en un fraccionamiento exclusivo en Polanco. Ahí llevaba su libreta para dibujar. Ganaba buenas propinas y comía bien, ya comenzaba a acomodarse hasta que nuevamente apareció en su vida Antonino. 


Le mandó un saludo por correo y lo invitó a regresar a Oaxaca donde él estudiaba arte. Filogonio no lo pensó dos veces, renunció y se fue y comenzó a estudiar nuevamente en la Casa de la Cultura.


Amor / Nikju tjokiera


Cristal es Mixe también de Oaxaca. Ella llegó a la Ciudad de México cuando era niña y trabajaba en el Gobierno federal atendiendo asuntos indígenas. Conoció a Filogonio en un seminario. Hoy son pareja y tienen dos hijos. Ella es la encargada de las redes sociales y las relaciones públicas para dar a conocer el trabajo de Naxín. 


Juntos quieren traer niños oaxaqueños a la alcaldía Álvaro Obregón, donde viven para que aprendan arte, además terminando la pandemia convocarán a los niños de la colonia, muchos de ellos indígenas migrantes de diferentes etnias. 

La obra de Filogonio ha sido exhibida en distintas partes de México, en sitios como el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, en el Centro Cultural Casa Talavera, el Museo Nacional de las Culturas del Mundo del Instituto Nacional de Antropología e Historia y el Museo Nacional de Culturas Populares.

Texto de Filiberto Cruz

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