Siria, la manzana de la discordia

29 junio 2017 6:00 am

Sin ser un país rico en oro o petróleo, sin tener una economía importante ni nada atractivo para las potencias mundiales, Siria se convirtió en el objeto más codiciado de la Unión Americana y Rusia.

El interés de estas dos naciones tampoco es por las 465 mil muertes y 4.8 millones de personas que huyeron debido al terror de la guerra (según cifras del Observatorio Sirio de Derechos Humanos y de la ONU).

La intervención del Gobierno de Donald Trump y el de Vladimir Putin en un conflicto interno –dentro de un país con una economía desastrosa– es en realidad un asunto de seguridad nacional.

De acuerdo con los especialistas, el territorio que gobierna Bashar al-Assad es importante sólo por su situación geopolítica.

Es decir, que para los norteamericanos, Siria requiere atención especial debido a que es, desde hace algunos años, semillero de grupos terroristas del Estado Islámico.

Mientras que para los rusos, la protección de dicha nación y la gobernabilidad de su Presidente (Al-Assad) resultan vitales para su poder bélico, pues ahí se acentúa una de sus bases navales.

La base de Rusia en Siria se llama Tartus, y a pesar de que es pequeña, representa la única entrada que tiene el Gobierno de Putin al mar Mediterráneo, punto estratégico de reparación y abastecimiento.

Por ende, permitir que los norteamericanos derroquen al régimen de Al-Assad significaría poner en riesgo esta estación militar, que, según los especialistas, es una expresión de poder frente a Estados Unidos y otras potencias mundiales.

Por eso, la Unión Americana aprovechó el ataque químico en contra de 86 ciudadanos en Idlib el 4 de abril pasado, para realizar una intervención en contra del Gobierno de Siria.

La respuesta de Rusia a favor de la presidencia de Bashar no se hizo esperar.

De esta forma, Rusia y Estados Unidos, como sus aliados de la zona, buscan el control absoluto de la región.

Por esa razón, el conflicto, que comenzó con dos fracciones sirias, claramente representadas por el régimen y civiles agrupados en el Ejército de Liberación Sirio (FSA, por sus siglas en inglés), tuvo una escala mundial.

La lucha territorial

Un grupo paramilitar, liderado por ex oficiales de Al-Assad, fue poco a poco fragmentándose en grupos civiles, islamistas y yihadistas que luchan unos contra otros y ante el poder gubernamental.

Del FSA se desprendieron decenas de grupos militares rebeldes, que en algunos casos fueron radicalizados por guerreros que llegaron a Siria provenientes de Irak y Afganistán para sumarse al combate.

De éstos destacan el frente Ahrar al-Sham, que integra hasta 20 mil milicianos islamistas y salafistas; el Jaysh al-Islam, que controla la periferia de Damasco, y el Jaish al Fatah, que se extiende en la provincia de Idlib y ha contado con el apoyo armamentístico de Turquía, Qatar y Arabia Saudita.

El movimiento civil que despertó en marzo de 2011 en las calles de la ciudad de Darra, en la frontera sur con Jordania, ha evolucionado con, por lo menos, 11 actores que se disputan el territorio e influencia regional en decenas de frentes que permanecen abiertos a lo largo del territorio sirio.

La complejidad en las relaciones de estos actores mezcla Gobiernos soberanos, grupos yihadistas, civiles y separatistas, cuyos vínculos y alianzas se transforman, fortalecen o diluyen conforme a los intereses de Estados Unidos y Rusia, y de las potencias regionales: Irán, Arabia Saudita y Turquía.

La mano de Washington

Hasta 2013, la influencia de la Unión Americana, aún bajo la presidencia de Barack Obama, se había limitado a pronunciamientos vagos en relación al conflicto y a la actuación militar del presidente Al-Assad, aunque autorizó un programa para que la CIA equipara y entrenara a rebeldes sirios en abril de ese mismo año.

En tanto, la disputa siria acentuaba la división en Medio Oriente entre las naciones de corte sunita, encabezadas por Arabia Saudita, Qatar y Jordania, que apoyaban la lucha rebelde, y la rama chiita, principalmente representada por Irán, como potencia regional que ofrecía apoyo militar y financiero a Damasco.

Mientras tanto, Turquía jugaba un papel ambivalente, pues su interés no se enfocaba directamente en lo que ocurría entre la rebelión y el régimen; sólo aprovechaba el conflicto para combatir a los kurdos.

Lucha de gigantes

Para el verano de 2013, la ayuda indirecta estadounidense tardaba en llegar mientras el régimen se fortalecía con el apoyo aéreo y terrestre de Irán y de las milicias de Hezbollah, que cruzaron desde Líbano.

En agosto de ese mismo año, Al-Assad ordenó al Ejército atacar con armas químicas la ciudad de Ghouta, un suburbio de Damasco, en donde murieron más de mil 400 civiles, de acuerdo a reportes del FSA; este hecho metió de lleno a la administración de Obama en la disputa.

A partir de ese momento, la relación entre Washington y Moscú respecto a Siria estuvo marcada por claroscuros.

Después del ataque químico, el mandatario Vladimir Putin pareció aliarse momentáneamente con Obama, al apoyar la petición que la Casa Blanca hizo al presidente Al-Assad para que entregara su arsenal químico.

No obstante, el gesto del Kremlin fue fugaz, pues Rusia respaldaba al régimen sirio de forma subrepticia para recuperar su influencia en Medio Oriente, fortalecer la imagen de Putin ante el pueblo ruso y probar su capacidad militar.

Adicional a esto, Putin contempló otro riesgo para la seguridad interna rusa con el surgimiento del Estado Islámico (ISIS) en febrero de 2014, como una fracción escindida de Al-Qaeda en Siria.

ISIS, una lucha internacional

El surgimiento de ISIS en amplias zonas de Siria e Irak reveló que el interés primordial de Washington en la región no era el de apoyar la rebelión siria, sino acabar con el extremismo yihadista que había demostrado su potencial con los ataques de París (2015) y Bélgica (2016).

Hacia finales de 2014, Washington encabezó la creación de una Coalición Internacional en la que participan Francia, Reino Unido, Alemania, Bélgica, Jordania e Irak; Rusia incrementó su presencia con bombardeos en Siria.

Los blancos de la intervención rusa no eran los bastiones yihadistas, sino ciudades controladas por los rebeldes.

Al igual que ocurría en Irán, el interés de Rusia no era sostener el gobierno de Al-Assad, sino demostrar su liderazgo político y militar en la región.

Para Putin, la caída de Bashar al-Assad no fue opción, ya que podría terminar el Gobierno en manos de grupos radicales que ven en Rusia a otro adversario.

El poder del Kremlin

Según un análisis publicado por la BBC, el Jefe de Estado ruso busca consolidar tres objetivos al participar en la guerra siria: estratégico, político y militar.

Después de haber sido aislado por la comunidad internacional debido a la anexión de Crimea en 2014, Moscú encontró en Siria una posibilidad real de regresar como un actor influyente en la región.

Su retorno como elemento determinante en Medio Oriente posicionó a Moscú entre los países con peso específico en dicha zona.

Para fortalecer su poderío militar, lanza misiles de largo alcance y entrena a sus tropas en un conflicto real y que no le exige una intervención plena.

Las estrategias de las potencias

Estados Unidos ha reforzado su presencia en el conflicto desde que acusó al régimen de Al-Assad de haber atacado, nuevamente, a civiles con gas sarín, provocando la muerte de más de 80 personas en Idlib el 4 de abril pasado.

Por su parte, Rusia convocó a una reunión en Teherán, la capital iraní, cuyo régimen es aliado de Al-Assad, para discutir este caso y el bombardeo estadounidense en la base aérea de Shayrat, el 6 de abril de este año.

La llegada de Trump a la Casa Blanca modificó nuevamente el mapa geoestratégico en Siria y urgió a Putin a fortalecer una mayor presencia y liderazgo en la región.

El Ejército de Al-Assad recibió un tanque de oxígeno con la suma de las milicias de Hezbollah, en el verano de 2012.

Para el régimen chiita iraní del líder supremo Ali Khamenei, la prevalencia de Al-Assad en el poder es relevante, ya que Siria constituye la ruta natural del armamento que Teherán envía a la milicia libanesa.

Hacia finales de 2012, oficiales de Estados Unidos y de Israel recibieron un reporte de inteligencia que detallaba el riesgo de la derrota del Ejército sirio frente a grupos rebeldes y el impacto negativo de su “caída definitiva”.

Mientras el apoyo de los estados del Golfo Pérsico también contribuyó a fracturar a los grupos sirios que pugnaban por recibir fondos multimillonarios.

Por una parte, Arabia Saudita enviaba respaldo financiero a los rebeldes y a grupos islamistas a través de Jordania, mientras que Qatar, según un reporte de Financial Times, mandó, en mayo, tres billones de dólares a Al-Qaeda.

Con la guerra en marcha, grupos extremistas, tanto islamistas como yihadistas, vieron en Siria un escenario propicio para reclutar adeptos, obtener fondos y aprovechar el flujo de armas que inundaba cada rincón del país.

Bajo un proceso de reorganización, Al-Qaeda halló en la guerra siria un caldo de cultivo ideal para regenerarse y propiciar un procedimiento de sectorización, impulsado por grupos radicales contrarios al régimen de la familia Al-Assad.

Por todo ello, la guerra en Siria no parece tener final. Por el contrario, amenaza con subir de nivel.

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