[OPINIÓN] De inculto a enemigo de la cultura

La actitud anticultural de Andrés Manuel López Obrador ha empezado a dejar saldos.

El presidente habla mucho, todo el tiempo y de todo. Está enamorado del timbre de su voz, cree en la firmeza de sus palabras y en la profundidad de sus ideas. Para Andrés Manuel López Obrador, hablar y gobernar son sinónimos. Si la eficacia de un gobierno se midiera a partir de la forma en que se acapara la discusión pública, entonces la 4T sería virtuosísima, pero es el caso que en una sociedad democrática y moderna la gestión pública se mide a partir de parámetros muy diferentes, como el crecimiento del PIB, el índice de desarrollo humano, las tasas de interés y la incidencia delictiva, todos ellos distantes de la irracionalidad de los ´otros datos´.

Llevamos dos años de Gobierno y el primer mandatario no entiende que su permanente exposición lo arriesga a incurrir en disparates y desatinos, los cuales evidencian sus limitaciones. Dislates como el uso de amuletos para combatir a la pandemia o afirmaciones extravagantes como aquella en el sentido de que México se fundó hace diez mil años desnudan a un presidente poco dotado de una cultura general, prenda que debería vestir todo aquel que aspire a una responsabilidad tan grave como lo es la de dirigir el destino de un país como el nuestro. Las faltas  en este rubro son tales, que ni siquiera es capaz de citar con acierto los detalles de una película como El Padrino.


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Ser inculto es una cosa, pero ir en contra de la cultura es otra mucho más grave y esto es en lo que ha incurrido al atacar a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, al afirmar que éste es un evento organizado para denostar al actual Gobierno, toda vez que al mismo han asistido recurrentemente autores como Enrique Krauze, Mario Vargas Llosa y Héctor Aguilar Camín, a quienes identifica como sus detractores.

Mueve a preocupación que el presidente piense que el mayor evento literario de Iberoamérica no tiene otro propósito que el de criticarlo, pues cualquiera que haya acudido a éste sabrá que el mismo se distingue por su pluralidad de autores y géneros, que la figura presidencial se vuelve insignificante cuando se recorren los pasillos de la Expo Guadalajara en busca de la libertad que ofrece la lectura. Razonar de la forma en que lo hace Andrés Manuel revela un talante autoritario, pues cada escritor tiene derecho a opinar como le venga en gana sobre el actual gobierno, pero también evidencia la propensión presidencial a ubicarse como el centro de todos los temas, como si la realidad orbitara en torno a su figura.


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Si el presidente aspira a ser el ajonjolí de todos los moles es cosa suya, pero que vea en cada opinión una conspiración es un delirio que incide negativamente en el ejercicio de la libre expresión. Por lo pronto, la actitud anticultural del primer mandatario ha empezado a dejar saldos: reducción en los presupuestos destinados a la cultura, designaciones poco afortunadas en cargos públicos, desaparición de fideicomisos dedicados a la creación artística, falta de atención a museos y galerías, omisión en el cuidado al patrimonio artístico, arqueológico e histórico, peticiones de intercambio absurdas a gobiernos extranjeros y pérdida de documentos en el Archivo General de la Nación, entre otros.

La voz presidencial debiera ser constante, pero no atosigante; poderosa más no avasalladora; guía para la acción conjunta y no fuente de rencores. Cuidar su tono, cadencia y ritmo debiera ser una permanente preocupación para quien nos gobierna. Sobreexponerla al grado de mostrar las carencias y fobias de su emisor a pocos ayuda. Ojalá y pronto se recuperara la mesura. Lo dudo.