Racismo: identidad chilanga

18 julio 2016 6:00 am

Jessica Castillejos

Por:

Jessica Castillejos, reportera chilanga hecha en la UNAM; trabajé en Milenio, Excélsor, Grupo Imagen y fui la editora de Noticias en Publimetro. Me enfoco en temas sociales, de movilidad y política.

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23%

de los habitantes del país no estarían dispuestos a vivir con alguien “de otra raza” o “con una cultura distinta”.

1er

grupo más discriminado en la Ciudad de México es el de los indígenas, según una encuesta del Copred.

2.da

causa de discriminación en la capital del país es el color de piel.

55%

de los mexicanos admiten que en el país se insulta a los demás por su color de piel (Conapred).

11%

justifica el rechazo o está de acuerdo con que los indígenas son pobres “porque no trabajan lo suficiente”.[/vc_column_text][/vc_column][vc_column width=”3/4″][vc_column_text]“¡India tonta, habla bien!” fue la reprenda que Gilberta Mendoza recibió una y otra vez desde que estudiaba la primaria en su natal Tempexquixtla, municipio de Huatlatlauca, Puebla.

No comprender el español que le exigían los profesores de su comunidad, donde el náhuatl es la lengua materna, era razón de castigo.

Para Gilberta, su origen indígena es motivo de orgullo, pero también el causante de los recuerdos más dolorosos de su vida.

Huyendo de la pobreza de su pueblo y con las ganas de superarse, arribó a la Ciudad de México a los 15 años de edad, sumándose a la estadística de los siete mil indígenas que migran anualmente a la capital del país.

Aunque no sabía español, yo era lista. Me las arreglaba como podía para llegar a los lugares y pronto encontré trabajo”, cuenta.

Sin embargo, en la mayoría de los empleos fue objeto de burlas, humillaciones e incluso sufrió el acoso de hombres que al verla “vulnerable” querían aprovecharse de ella.

Los trabajos en casas constituyeron su única opción y aunque encontró a algunas personas amables, el maltrato fue su compañero fiel.

“Me daban de comer las sobras, y un día una señora me acusó de robarme una manzana; me insultó y me echó. Lloré mucho; me sentí tan humillada”, recuerda.

Pero el trago más amargo de Gilberta tuvo lugar en la sala de espera de la Clínica 47 del Instituto Mexicano del Seguro Social.

Era el año 1994 y su mamá –a quien describe como la persona más importante de su vida– se encontraba grave. Un cáncer no diagnosticado la aquejaba.

En Tempexquixtla no hay médicos, así que decidió traerla a la ciudad para que la atendieran, pero sólo recibió vejaciones e insultos.

“¿Qué tienes? ¡Explícate bien, india! ¡No te entiendo!”, le gritaba la doctora a su mamá, quien no hablaba español.

Gilberta no recuerda el nombre de la mujer, pero sí el dolor e impotencia que sus palabras le causaban.

“Yo comprendía lo que decía, pero no sabía cómo explicarle, y me daba tanto coraje que le hablara así a mi mamá. No entendía por qué era tan cruel”, narra con lágrimas en los ojos.

A pesar de todos los obstáculos que representa tener origen indígena, su madre logró acceder a la atención médica, pero fue demasiado tarde, ya que la enfermedad había avanzado y terminó por cobrarle la vida.

Mal de todos

En México nadie se asume como racista, incluso este tipo de discriminación parece haberse erradicado, principalmente en la capital del país.

Sin embargo, es un padecimiento vigente que se define como: “Cualquier distinción, exclusión,  restricción o preferencia basada en la raza, color, descendencia u origen étnico o nacional”, según el Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación (Copred).

¿Quién no ha sido testigo de la segregación de personas por su origen étnico o color de piel?

De acuerdo a la última encuesta sobre discriminación en la Ciudad de México, el grupo más marginado fue el de los indígenas, y el color de piel es la segunda causa de exclusión.

Esto contrasta con la multiculturalidad que existe en la capital del país, pues hay al menos 55 de las 68 agrupaciones lingüísticas que se congregan en la República Mexicana, entre las que predominan el náhuatl, mixteco, otomí y mazateco.

Cada año migran a la ciudad indígenas provenientes de Oaxaca, Puebla, Estado de México, Hidalgo, Veracruz, Guerrero, Querétaro y Guanajuato, de acuerdo a datos de la Comisión de Derechos Humanos local.

La mayoría se concentra en las delegaciones Iztapalapa, Gustavo A. Madero, Cuauhtémoc y Tlalpan.

“Hay personas que se sienten superiores a otras y que, por tal hecho, asumen que tienen derecho a maltratar, ofender, injuriar, golpear y hasta a matar”, opina la titular del Copred, Jacqueline L’Hoist.

Considera que los principales obstáculos son los estigmas y prejuicios que se han arraigado en un gran porcentaje de la población.

“La sociedad no te perdona dos cosas: ser pobre y el color de piel. Puedes ser lo que quieras, pero si eres pobre, la gente no te perdona; y el color de piel va asociado. Esto detona el racismo”, agrega.

Indica que uno de los primeros pasos para modificar nuestro pensamiento es cambiar nuestra forma de hablar.

Y es que a pesar de que todos los mexicanos tenemos un origen indígena, la palabra “indio” es asociada con un insulto.

Frases como: “Cásate con un güero para mejorar la raza” o “pareces indio” muestran los prejuicios y rechazo a nuestra propia cultura.

“Es un problema de reconocimiento. Alabamos a culturas prehispánicas como los mayas, por ejemplo, pero rechazamos a un indígena; incluso se pone en duda su capacidad intelectual por hablar un dialecto”, manifiesta L’Hoist.

Reconoce que es una cuestión aspiracional: si eres blanco o de ojos claros, eres mejor, más bonito. Lo rubio da confianza.

En 2011, el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) realizó un ejercicio en el que se le dio a niños mexicanos dos muñecos: uno blanco y uno moreno oscuro. Todos eligieron al blanco como el bonito y bueno, mientras que el otro recibió calificativos como “feo” y “malo” sólo por su color.

Federico Navarrete, del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, en su libro México racista, una denuncia, asegura que esto refleja lo arraigado que tenemos el racismo.

Y es que incluso cuando se les pregunta a los menores que a cuál muñeco se parecen, intentaron encontrar alguna similitud con el de color claro.

“El racismo está en todos los ámbitos, desde el interior de la casa, en la calle, en la publicidad, en la televisión y en los ambientes profesionales”, añade.

Los publicistas, por ejemplo, se niegan a incluir modelos morenas con rasgos indígenas argumentando que “eso no vende”.

Mario Arriagada Cuadriello realizó en 2013 un recuento de racismo en la prensa de sociales mexicana, donde, en su mayoría, se retrata a personas rubias; los fotógrafos dijeron que ya ni toman a gente morena porque los editores no la publican.

Un ejemplo de vida

Gilberta asegura que el lugar de origen y tu color de piel no representan un impedimento para salir adelante.

El camino no ha sido fácil, pues, además del rechazo social, tuvo que enfrentar el maltrato de su propio esposo.

Ahora, a sus 44 años, es una mujer independiente, madre y forma parte de la lista de emprendedores al poner una panadería junto con otras mujeres indígenas.

Para evitar que otras personas padezcan lo que ella padeció, desde hace cuatro años es intérprete en la Organización Mexicana de Intérpretes y Traductores (OMIT) de lenguas indígenas.

Esto le ha permitido convertirse en un “ángel” para otros indígenas y que enfrenten proceso penal.

“He aprendido mucho. A algunos los ayudo para avisarles a sus familias; hay historias muy tristes. Siempre pienso que ojalá yo hubiera tenido a alguien que me apoyara, por eso hacer esto me da mucha satisfacción”, cuenta.

Gilberta ahora está por graduarse de la preparatoria y su objetivo es estudiar la Licenciatura en Derecho.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]CONSULTA NUESTRA EDICIÓN IMPRESA

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